“Cuando el pasado guarda sus secretos, dos destinos chocan entre el odio, el poder y una promesa que cambiará todo.”
NovelToon tiene autorización de Marion Cecilia Coloma Aguirre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 8
—Isabella Ferrer Valmont
Nunca imaginé que una niña que conocí por casualidad cambiaría tanto el aire de nuestra casa.
Desde que Adriella llegó, los pasillos ya no están vacíos.
Hay una muñeca sobre el sofá.
Un abrigo pequeño olvidado en una silla.
Una vocecita dulce preguntando por todo lo que ve.
Esa mañana bajé al comedor y vi a mamá mirarla con ternura.
Adriella estaba sentada junto a Adrián, comiendo y hablando sin parar de su nueva habitación.
—¿Tendrá una cama muy grande? —preguntó con los ojos brillantes.
—La más grande que quieras —respondió mamá.
—¿Y puedo poner todos mis juguetes?
—Todos.
Luego mamá miró a Adrián.
—Hoy saldremos a comprar todo lo que falte.
Él levantó la mirada serio.
—No quiero ser una carga.
—Nunca lo serás —dijo mamá con firmeza—.
Adriella no debe sentirse de visita en su propia casa.
Todos guardamos silencio.
Era verdad.
Ella necesitaba saber que tenía un lugar seguro.
—¿Podemos ir, papá? —pidió la niña tomándole la mano.
Adrián suspiró.
—Está bien, princesa.
Y yo sentí que algo bueno empezaba para ella.
—Adrián Montenegro
No sé aceptar ayuda.
Nadie me regaló nada en la vida.
Pero ella no entiende de orgullos ni de rencores.
Solo entiende que quiere un rincón donde estar tranquila.
La veo tan feliz y por un segundo casi olvido por qué estoy aquí.
Pero no.
No vine a Chile para que me traten bien.
Vine a cobrar.
Vine por Antonella.
Mientras caminamos, ella va en el medio:
Isabella de un lado, yo del otro.
Parecemos una familia.
Una mentira perfecta.
Y esa falsa calma me quema por dentro.
No estoy aquí para tener una vida tranquila.
Estoy aquí para ti, Isabella.
—Isabella Ferrer Valmont
En el centro comercial ella lo mira todo como si fuera un sueño.
—¡Mira estas sábanas de princesas!
—Son hermosas.
Si te gustan, son tuyas.
Elegimos lámparas, cojines, ropa, muñecas… ella lo hace con cuidado, como si no quisiera abusar.
—¿Le parecerá bien a mi papá?
—Claro que sí.
Él solo quiere que seas feliz.
Ella me miró y dijo bajito:
—Él siempre piensa primero en mí.
Y entendí que él era todo lo que tenía en el mundo.
—Adrián Montenegro
Las observo desde lejos.
La veo a ti reír con mi hija.
La veo a ti tratarla con una dulzura que no mereces.
Y por un instante cierro los ojos y te veo solo como una chica amable.
Pero luego recuerdo el rostro de mi hermana.
Recuerdo sus lágrimas empapando el suelo.
Recuerdo su voz rota, ahogada en llanto, suplicando desesperada que no la lastimaran, rogando clemencia que nunca le dieron.
Y el odio explota en mí con una furia que no puedo contener.
No eres buena.
No eres inocente.
Llevas la sangre de quienes lo hicieron.
Y esa cercanía… esa falsa ternura… solo alimenta mi sed de venganza.
—Isabella Ferrer Valmont
Al volver, Adriella va cansada, pero sonríe sin parar.
Apoya su cabecita en mi brazo.
—Gracias por todo.
—Fue un gusto, pequeña.
Ella me mira, inocente y sincera, y lo dice sin pensar:
—Gracias, mamá.
Me quedo quieta un segundo.
—No te preocupes —le digo suavemente—.
No tienes que pedir perdón.
La abrazo.
Y siento que ese nombre salió de lo más profundo de su corazón.
—Adrián Montenegro
Escuché esa palabra.
"Mamá".
Y algo se me removió por dentro… pero no por ti.
Por ella.
Por mi niña.
Pero luego te miré a ti.
Y toda la compasión se apagó de golpe.
Te gusta jugar a ser la buena, ¿verdad? Te gusta sentirte querida, segura, intocable.
Pues disfrútalo ahora.
Porque muy pronto estarás bajo mi cuerpo, inmovilizada, y haré que revivas cada segundo de aquel infierno.
Te haré sentir cada golpe, cada mordisco, cada grito de aquella niña de doce años que se arrastró suplicando que pararan.
Tu dolor será el doble, tu terror será mil veces mayor.
Cuando te tenga a mi merced, gritarás igual que ella, rogarás igual que ella, y yo no tendré piedad.
Te devolveré cada gota de sufrimiento, cada segundo de angustia, y te haré entender que tu apellido se paga con tu propia sangre , hasta que no quede nada de esa dulce niña que todos creen conocer.