Ester Villaseñor es una joven soñadora, llena de ilusiones y protegida por el poder de su familia. Pero su mundo perfecto se desmorona cuando se cruza en el camino de Vincent Vane, un hombre enigmático consumido por el dolor y la sed de venganza. Diez años atrás, un trágico accidente le arrebató al amor de su vida... y el culpable lleva el mismo apellido que Ester. Decidido a hacer pagar a la familia del responsable, Vincent utilizará a Ester como la pieza clave de su cobro. Lo que ninguno anticipó es que, en medio del odio y el engaño, nacerá una atracción prohibida que amenazará con destruirlos a ambos.
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Capítulo XIX Declaración de guerra
El silencio en el despacho de Vincet Vane no era el vacío pacífico al que estaba acostumbrado; era una presión sofocante que le oprimía el pecho como una losa de concreto. Tras regresar de la sede de Astraea Group, Vincet se había encerrado en su oficina, rechazando llamadas, cancelando reuniones de junta y prohibiendo el paso a cualquier persona, incluido Elías.
Frente al gran ventanal que dominaba el horizonte de la ciudad, Vincet sostenía un vaso de whisky intacto. El hielo se había derretido horas atrás, diluyendo el licor, pero él no había dado un solo trago. Sus ojos, fijados en un punto indefinido del cristal, reproducían una y otra vez el mismo instante: el momento exacto en que Ester se dio la vuelta en aquella sala de juntas.
Había pasado seis años sumergido en un infierno de culpa, convencido de que su sed de venganza contra Ismael había empujado a la única mujer pura que conoció hacia un abismo sin retorno. Durante más de dos mil noches, había soñado con su rostro, supliciándose a sí mismo por la sonrisa que destruyó, por la calidez que nunca más volvería a sentir. Había construido un imperio helado solo para no tener que enfrentarse al vacío de su propia existencia.
Y sin embargo, Ester estaba viva.
Ese pensamiento debió haber sido una salvación, un milagro capaz de devolverle la respiración. Pero no lo fue.
Porque en los ojos castaños de Ester ya no quedaba un solo rastro de la joven que solía mirar el mundo con compasión. En su lugar, Vincet se había encontrado de frente con un muro de hielo impenetrable y una mirada cargada de un desprecio tan denso, tan helado y absoluto, que le había atravesado el alma con de una daga.
—No me odias por lo que le hice a tu hermano... —murmuró Vincet para sí mismo, con la voz rota por la aspereza de la soledad—. Me odias por lo que te hice a ti.
Sostener la mirada de Ester había sido un castigo peor que la misma duda de su muerte. Descubrir que ella lo consideraba su verdugo, que durante seis años mientras él se consumía en el remordimiento, ella alimentaba un rencor calculado para volver y destruirlo, le producía un dolor agónico. La fría cortesía con la que le exigió que no la tuteara, el tono distanciativo con el que pronunció el título de Señora Villaseñor... todo en ella estaba diseñado para recordarle que entre ellos ya no había espacio para la rendición ni para el perdón.
Un golpe suave y medido resonó en la puerta de roble. Elías entró sin esperar respuesta, llevando una bandeja de plata con documentos urgentes.
—Señor Vane... Los analistas del departamento financiero necesitan su firma para frenar la venta de acciones en la filial europea. La presión de Astraea Group en la bolsa comenzó hace una hora y...
—Ella está viva, Elías —interrumpió Vincet, sin girarse hacia su hombre de confianza. Su voz sonó grave, gastada, desprovista del mando habitual.
Elías guardó un respetuoso silencio por un segundo, dejando los papeles sobre la mesa.
—Lo sé, señor —respondió Elías con cautela—. Yo también la vi. Es un milagro que haya sobrevivido a aquel accidente.
—No es un milagro, Elías... Es una condena —Vincet apretó el vaso de cristal hasta que sus nudillos se tornaron blancos—. Durante seis años me engañé pensando que si ella estuviera aquí, si tuviera una sola oportunidad de pedirle perdón, entregaría todo lo que tengo para enmendar mi error. Pero no quiere mi arrepentimiento. Quiere mi cabeza.
—La señora Villaseñor ha cambiado, Vincet —advirtió Elías, usando un tono más cercano que el estricto protocolo profesional—. Ya no es la muchacha indefensa a la que engañaste. Posee un capital incalculable y una red de alianzas que no hemos terminado de mapear. Si usted se deja paralizar por la culpa en este momento, ella y sus inversores van a desmantelar las Empresas Vane en cuestión de semanas. Su padre y su primo están esperando el menor rasguño para quitarle el mando.
Vincet soltó un suspiro pesado y amargo. Se giró despacio, dejando el vaso sobre el escritorio. Su rostro, habitualmente impenetrable, mostraba las líneas profundas del agotamiento y una tristeza antigua que amenazaba con quebrarlo por dentro.
—Mi padre y mi primo no me importan, Elías —dijo Vincet, mirando fijamente la madera pulida del escritorio—. Lo que me mata es saber que fui yo quien creó a la mujer que hoy me aborrece. Yo le enseñé que el mundo es un lugar despiadado. Yo destruí su fe en la gente... y hoy me está devolviendo cada una de las lecciones que le di.
—¿Qué va a hacer entonces? —preguntó Elías—. ¿Va a ceder? ¿Le va a entregar el imperio sin luchar?
Vincet levantó la cabeza. A través de la marea de dolor y frustración que le quemaba el pecho, una pequeña chispa de su antigua determinación volvió a encenderse en sus pupilas, aunque esta vez no venía acompañada de soberbia, sino de una resignación oscura.
—Le prometí una guerra, Elías, y no voy a retirarme —dijo Vincet con voz firme, aunque teñida de una melancolía trágica—. Si la única forma de mantenerme cerca de ella, de volver a ver sus ojos aunque estén llenos de odio, es a través de un campo de batalla financiero... entonces le daré la guerra que está pidiendo. No me voy a defender para destruirla a ella; me voy a defender para obligarla a mirarme hasta que no le quede un solo gramo de duda sobre la verdad.
Vincet tomó la pluma de montblanc, firmó los documentos financieros con trazos rápidos y precisos y se los devolvió a Elías. La tregua del luto se había terminado; el enfrentamiento entre el imperio Vane y el grupo Astraea estaba oficialmente en marcha, y la batalla promete ser sin compasión.
Gracias querida escritora por tan hermosa historia 💕Felicidades 💕
Al final supieron renacer como pareja