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¿COMO PUEDO SER YO MISMA?

¿COMO PUEDO SER YO MISMA?

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Completas
Popularitas:982
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Sofía lleva treinta años interpretando un papel: la mujer perfecta, eficiente, inquebrantable. Editora de textos, vive puliendo las palabras de otros mientras las suyas se pudren en un cajón. Cuando una humillación pública en su trabajo la obliga a enfrentar su fragilidad, comienza un viaje hacia el centro de sí misma. Entre la memoria de una niña que dibujaba espirales, el eco de su madre que también supo fingir, y la escritura de su propia historia, Sofía descubre que ser auténtica no es un destino, sino una decisión cotidiana. Una novela sobre máscaras, miedos y el acto rebelde de mostrarse.

NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: Las palabras que no se atreven a nacer

Sofía llegó al taller de escritura con diez minutos de antelación y el corazón latiendo tan fuerte que podía sentir los latidos en las yemas de los dedos.

La librería donde se impartían las clases era pequeña y acogedora, con estanterías de madera que llegaban hasta el techo y un olor a papel antiguo que la transportó directamente a su infancia. En la trastienda, una decena de sillas se alineaban en círculo alrededor de una mesa baja. Solo tres estaban ocupadas.

Sofía dudó en la entrada. El Ruido, como siempre, se manifestó:

"Mira, no hay nadie. Esto es una tontería. No tienes nada que hacer aquí. Vete a casa y sigue corrigiendo novelas ajenas, que es lo que se te da bien."

Pero Sofía, por una vez, no le hizo caso. Se sentó en una de las sillas vacías, colocó su cuaderno sobre la mesa y esperó.

Los minutos pasaron lentamente. Llegaron más personas: una mujer mayor con gafas de pasta y una libreta de tapas rojas; un chico joven con una chaqueta de cuero y una expresión de inseguridad mal disimulada; una chica de su edad con el pelo recogido en un moño desordenado y una sonrisa nerviosa. Al final, éramos nueve. Nueve desconocidos con una misma necesidad: encontrar las palabras que llevaban dentro.

El profesor del taller, un hombre de unos cuarenta años llamado Tomás, entró con una taza de té en la mano y una sonrisa cálida. Era alto, delgado, de pelo cano y ojos azules que parecían ver más allá de las apariencias. Sofía pensó que era el tipo de persona que inspiraba confianza sin necesidad de hablar.

—Bienvenidos —dijo, dejando la taza sobre la mesa y sentándose en la única silla vacía—. Me alegra que hayáis venido. Este taller no es para enseñaros a escribir. Es para recordaros que ya sabéis hacerlo.

Sofía frunció el ceño. ¿Recordar? Ella nunca había sabido escribir. Solo corregir. Solo pulir. Solo hacer que las palabras de otros brillaran lo suficiente como para ser publicadas.

—Hoy vamos a hacer un ejercicio sencillo —continuó Tomás—. Voy a deciros una palabra, y vosotros escribiréis lo primero que os venga a la mente durante tres minutos. Sin pensar. Sin juzgar. Solo escribir.

Sofía sintió un nudo en el estómago. Tres minutos. Una palabra. ¿Y si no salía nada? ¿Y si su mente se quedaba en blanco?

Tomás miró a cada uno de los asistentes con una sonrisa tranquilizadora.

—La palabra es: "raíz".

Sofía cogió el bolígrafo y esperó. Esperó a que las palabras llegaran. Pero no llegaban. Solo el Ruido, que repetía una y otra vez: "No sabes, no puedes, no eres escritora."

Pero entonces, sin saber cómo, su mano comenzó a moverse. Y lo que escribió no fue lo que esperaba.

"Raíz: lo que se esconde debajo de la tierra. Lo que no se ve pero sostiene todo. Mis raíces son las palabras no dichas, las lágrimas que tragué, las preguntas que nunca hice. Mi raíz es una niña que dibujaba espirales y que un día dejó de creer que podía volar."

Cuando los tres minutos terminaron, Sofía miró lo que había escrito y sintió un escalofrío. No sabía de dónde habían salido esas palabras. No sabía que llevaba dentro algo así.

Tomás pidió que compartiéramos lo que habíamos escrito. Uno a uno, los asistentes leyeron sus textos en voz alta. La mujer mayor escribió sobre las raíces de los árboles de su pueblo natal. El chico de la chaqueta de cuero escribió sobre su abuela inmigrante. La chica del moño escribió sobre el miedo a echar raíces en un lugar y que luego hubiera que arrancarlas.

Cuando llegó el turno de Sofía, sintió que las palabras se le atascaban en la garganta.

—No sé si puedo —murmuró, sintiendo el calor en las mejillas.

—Claro que puedes —dijo Tomás con suavidad—. No necesitas que sea perfecto. Solo necesita ser tuyo.

Sofía respiró hondo y leyó su texto en voz baja. Cuando terminó, el silencio se instaló en la sala. Un silencio que no era incómodo, sino atento, como si sus palabras hubieran tocado algo en los demás.

Tomás asintió lentamente.

—Eso es honesto —dijo—. Eso es escritura.

Sofía sintió que las lágrimas le subían a los ojos, pero las contuvo. No sabía por qué le afectaba tanto. Quizá porque llevaba tanto tiempo ocultando sus palabras que escucharlas en voz alta se sentía como un acto de rebelión.

El resto del taller transcurrió entre ejercicios y reflexiones. Escribieron sobre sueños, sobre miedos, sobre recuerdos de infancia. Sofía descubrió que cuando dejaba de pensar, las palabras fluían. No eran perfectas. No eran literarias. Pero eran auténticas.

Al final de la clase, Tomás se acercó a ella.

—Eres nueva, ¿verdad?

Sofía asintió.

—Y tienes miedo —dijo Tomás, sin que sonara a acusación—. Se nota en la forma en que aprietas el bolígrafo. Pero también tienes algo que decir. Eso es más importante que cualquier técnica.

Sofía se quedó sin palabras. Nadie le había dicho nunca que tenía algo que decir. Solo le decían que era eficiente, que era ordenada, que era la mejor correctora que habían tenido.

—Gracias —dijo finalmente, con voz apenas audible.

—No me des las gracias —respondió Tomás con una sonrisa—. Si vuelves la semana que viene, será porque tú has decidido que merece la pena. Y eso, ahí fuera, es lo que realmente importa.

Sofía salió de la librería con el cuaderno apretado contra el pecho. Afuera, la noche madrileña se extendía con sus luces y sus sombras. No sabía si volvería. No sabía si se atrevería. Pero algo en su interior, algo que llevaba años dormido, se había despertado.

La niña de las alas de colores se había movido en la oscuridad.

Cuando llegó a casa, encontró un mensaje de Valeria.

"¿Qué tal el taller? ¿Sobreviviste?"

Sofía sonrió y respondió.

"Escribí sobre raíces. Y no morí."

La respuesta de su hermana llegó con un emoji de corazón.

"Esa es mi hermana. Cuéntame más cuando quieras."

Sofía guardó el teléfono y se sentó en su cama. El dibujo de la niña seguía en la mesilla de noche, mirándola con su sonrisa eterna. Sofía lo cogió y lo observó durante un largo rato.

—Hoy he escrito —le dijo—. Por primera vez en mucho tiempo. No sé si era bueno, pero era mío.

La niña no respondió, pero Sofía sabía que, si pudiera, le sonreiría con orgullo.

Esa noche, antes de dormir, Sofía abrió el cuaderno y escribió una nueva línea.

"Las raíces no se ven, pero sostienen todo. Como las palabras que no decimos."

Y mientras las luces de Madrid parpadeaban a través de la ventana, Sofía sintió que algo estaba cambiando. No sabía qué era ni adónde la llevaría, pero por primera vez en mucho tiempo, el futuro no le daba miedo. Le daba curiosidad.

La niña de las alas de colores seguía sonriendo desde el papel. Y Sofía, por primera vez en años, sintió que quizá, solo quizá, podría volver a volar.

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Cliente anónimo
Excelente historia 🥰🥰
Cliente anónimo
Realmente ése libro debe publicarlo ya qué ayudaría a muchas personas gracias a Dios por a ver encontrado está historia, No que soy una mujer como Sofía y no he tenido la oportunidad de quitar la máscara de mi personalidad 👏👏
Eli: Que bueno que te gustó, y muchas gracias por leer mi historia
total 2 replies
Cliente anónimo
Realmente la historia es una gran enseñanza 🥰🥰🥰
Cliente anónimo
Así se hace Sofía 👏👏👏
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