Hana apenas tenía diecisiete años cuando la sacaron de la aldea donde creció para llevarla con su verdadera familia en Eldoria. Le prometieron un hogar, un nombre y un futuro. En cambio, recibió un sótano sin comida, una hermana adoptiva que le robó al prometido y unos padres que jamás la miraron a los ojos. Cuando Sofía y Evan ordenaron su asesinato, su cuerpo acabó en el fondo de un barranco.
Pero la sangre de Hana despertó algo en una cueva oculta: el alma de la Reina Amerta, soberana de un reino antiguo, cruzó siglos y dimensiones para habitar ese cuerpo destrozado. Con los recuerdos de ambas vidas, la furia de la víctima y la astucia de una emperatriz, Hana regresa a la mansión familiar dispuesta a recuperar todo lo que le fue arrebatado.
Lo que nadie sabe es que el Emperador Alaric también cruzó al mundo moderno buscándola, y el tiempo se le agota. Tres años. Es lo único que le queda antes de desaparecer para siempre.
Entre secretos familiares, traiciones que salen a la luz, una aldea ferozmente leal y reliquias imperiales que brillan al reconocer a su dueña, Hana descubrirá que la venganza es solo el principio. Lo que realmente está en juego es un amor que ni la muerte ni el tiempo pudieron borrar.
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Episodio 6
Toc, toc, toc.
—Señorita, el remedio que pidió ya está listo —anunció Rosalía.
Llamaron a la puerta del baño. Hana, que mantenía los ojos cerrados mientras sentía el flujo de calor recorrerle todo el cuerpo, exhaló un suspiro corto. El dolor que antes la atormentaba iba desapareciendo poco a poco.
—Pasa, Rosalía —dijo sin abrir los ojos.
Rosalía abrió la puerta con cuidado y entró sin hacer ruido al baño de Hana.
—Déjalo aquí —volvió a escucharse la voz de Hana.
Rosalía observó la silueta detrás de la cortina blanca con el ceño fruncido. Apartó la tela y contempló a Hana sumergida en la bañera, con solo la cabeza asomando por encima del agua.
Con delicadeza, Rosalía colocó un pequeño tazón de brebaje medicinal junto a la bañera.
—El remedio todavía está caliente, señorita. Espere un momento más. ¿Necesita que la ayude? —dijo Rosalía con voz suave y cautelosa.
Hana negó con la cabeza, aún con los ojos cerrados.
—No te preocupes, Rosalía. Estoy bien. Muchas gracias —respondió.
Rosalía sonrió aunque Hana no pudiera verla; la voz de la muchacha sonaba mucho mejor que antes.
—Entonces me retiro. Cuando termine, la cena estará lista —dijo Rosalía, y se dio la vuelta tras recibir un asentimiento de Hana.
Hana abrió los ojos al oír la puerta cerrarse y miró el pequeño tazón de cerámica junto a ella. Lo tomó despacio; en efecto, todavía estaba un poco caliente. Pero a Hana no le importó. De un solo trago, se bebió el brebaje entero.
¡Uhk!
Hana vomitó sangre enseguida. Las heridas internas que le oprimían el pecho comenzaron a sanar. La sangre coagulada por los golpes empezó a fluir de nuevo. Una sensación de alivio la invadió.
—Me siento mucho mejor —dijo, dejándose caer contra la bañera.
Se quedó sumergida hasta que el agua se enfrió. Hana se incorporó con lentitud; las heridas de su cuerpo ya no sangraban.
Entonces llamaron a la puerta. Eran las sirvientas que venían a ayudarla a vestirse.
—Pasen.
La voz de Hana sonó queda pero firme. La puerta se abrió; no era Rosalía. Una sirvienta más joven entró con la cabeza inclinada.
—Voy a ayudarla a vestirse, señorita —dijo mientras se acercaba.
Hana estaba sentada en el sofá, envuelta apenas en una toalla. Sobre la mesa ya había dispuesto una caja de suministros médicos para curarse las heridas.
—Aplícame este medicamento en las heridas —ordenó, dándole la espalda a la sirvienta.
—Sí, señorita —respondió con presteza.
Abrió un frasco de antiséptico y tomó un algodón. Contempló la espalda blanca y tersa de Hana, casi cubierta por entero de marcas de latigazos.
¿Cómo pudo la señorita Hana soportar una tortura así? ¿Quién le hizo esto? ¿Acaso el señor y la señora no lo saben?
Murmuró para sus adentros, horrorizada ante las heridas en el cuerpo de Hana.
—¿Por qué te quedas ahí parada? No puedo aplicarme el medicamento en la espalda yo sola —la reprendió Hana, sobresaltando a la sirvienta.
Con sumo cuidado, fue aplicando el medicamento sobre cada herida. De vez en cuando soplaba, temiendo que Hana sintiera dolor. Y ardía, sí, pero Hana permaneció impasible. Se mantuvo en silencio, soportando todo el sufrimiento.
—¿Necesita que le aplique también en las demás heridas? —preguntó la sirvienta al terminar con la espalda.
—No. Puedes retirarte —contestó Hana sin molestarse en acomodarse la toalla que se le había abierto.
La sirvienta se levantó y dejó a Hana sola, que se encargó de aplicar el medicamento en las heridas de la parte delantera de su cuerpo. Casi toda su piel estaba cubierta de lesiones. Después se vistió y se contempló en el espejo.
Con suavidad, se acarició la mejilla; el rostro lleno de cortes y arañazos.
—Tenemos un rostro idéntico, Hana. Pero nuestros destinos son muy distintos. Yo fui destinada a ser la reina que gobernara el reino de Amerta, mientras que tú te convertiste en una muchacha desdichada en este mundo que desconozco. No sé qué lazo nos une para que tu alma haya podido invocar la mía —murmuró, examinando cada herida en su cara.
Algunas las cubrió con parches; otras las dejó al descubierto. Hana se puso de pie, recordando que no había comido nada desde que llegó a este mundo. No, más bien Hana no había probado bocado en tres semanas enteras.
—Adelante, señorita —Rosalía le retiró la silla.
Como reina, estaba acostumbrada a ser tratada con distinción. Su destino era ser la persona más poderosa dondequiera que estuviese. Sobre la gran mesa del comedor se extendía un festín de platos variados, desconocidos para Hana pero sumamente apetitosos.
—Estos son todos sus platillos favoritos, señorita. Cocinados tal como a usted le gustan —dijo Rosalía mientras le servía arroz y las guarniciones.
—¿Esto es cangrejo? —preguntó Hana, señalando uno de los platos preparados con cangrejo.
—Sí, señorita. Ahora mismo le sirvo —respondió Rosalía, disponiéndose a tomar el platillo.
—No hace falta. No puedo comer nada hecho con cangrejo —la detuvo Hana, al recordar su vida anterior, antes de convertirse en reina. Una vez la obligaron a comer cangrejo sus parientes, y casi le costó la vida. Por fortuna, el príncipe heredero llegó a salvarla a tiempo.
Rosalía frunció el ceño; el cangrejo se había convertido en uno de los platillos favoritos de Hana desde que se comprometió con Evan. Sin embargo, no hizo más preguntas. Desde su llegada, Hana era distinta. Rosalía retiró el plato y se lo entregó a una sirvienta para que lo guardara.
Las sirvientas permanecieron de pie detrás de Hana, esperando a que la muchacha terminara de comer. Hana comía con lentitud, elegancia, y cada uno de sus movimientos irradiaba autoridad. No parecía en absoluto la campesina tosca que todos describían. Incluso al posar la cuchara, no producía el menor sonido.
Hana levantó la taza con delicadeza; su manera de beber, propia de una princesa de la nobleza, arrancó murmullos de admiración entre las sirvientas. Se puso de pie y se alejó de la mesa con paso airoso.
—¿De verdad la señorita Hana viene de una aldea? Yo juraría que estoy viendo a una princesa de la realeza —le comentó una de las sirvientas a su compañera mientras recogían la mesa.
—Quién sabe.
La mesa quedó impecable; no había ni un solo resto de comida en el plato de Hana. Había comido con pulcritud absoluta. Estaban verdaderamente maravilladas. Hana subió al tercer piso y se apostó junto al gran ventanal. Tal como había intuido, desde allí podía contemplar toda la ciudad de Eldoria.
—Esperen a que este cuerpo se recupere. Vendré a cobrarme cada agravio.
Continuará…