Cuando Valentina Rojas, una joven fotógrafa que intenta reconstruir su vida después de una dolorosa traición, conoce a Alejandro Montenegro, un exitoso arquitecto marcado por secretos familiares, ninguno imagina que sus caminos terminarán unidos por el amor. Entre encuentros inesperados, malentendidos, rivales, sueños y sacrificios, deberán descubrir si el amor verdadero es capaz de superar cualquier obstáculo.
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la ciudad de las oportunidades
La mañana siguiente llegó acompañada por un cielo despejado y una brisa suave que entraba por la ventana abierta del apartamento de Valentina. Sin embargo, a pesar de la tranquilidad del día, ella no había dormido tan bien como esperaba.
No porque estuviera preocupada.
Todo lo contrario.
Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la conversación de la noche anterior.
La forma en que Alejandro había sonreído.
La serenidad de su voz.
La extraña sensación de confianza que había experimentado estando a su lado.
Valentina se sentó en la cama y soltó una pequeña risa.
—Ni siquiera lo conoces.
Intentó convencerse de que solo había sido un encuentro casual.
Un desconocido amable.
Nada más.
Pero una parte de ella sabía que había algo diferente en aquella historia.
Sacudió la cabeza.
No era momento de pensar en hombres.
Tenía trabajo.
Y mucho.
La oficina de la revista estaba más ocupada que de costumbre cuando llegó.
Periodistas entrando y saliendo.
Diseñadores revisando pruebas de impresión.
Editores discutiendo titulares.
Todo parecía moverse a una velocidad imposible.
Valentina apenas había dejado su bolso cuando Laura apareció junto a su escritorio.
—Justo a tiempo.
—¿Buenas noticias?
—Las mejores.
Laura colocó una revista sobre la mesa.
En la portada aparecía una de las fotografías tomadas durante el evento de la noche anterior.
Valentina abrió los ojos.
—¿Esa es mi foto?
—Y será la portada de la edición especial del mes.
Durante unos segundos no supo qué responder.
Había soñado con algo así desde que tomó una cámara por primera vez.
—No sé qué decir.
—Di que seguirás haciendo fotografías igual de buenas.
Las dos rieron.
Laura cruzó los brazos.
—Además, recibimos varios comentarios positivos esta mañana.
—¿En serio?
—Muchos.
Valentina sintió que una oleada de felicidad recorría su cuerpo.
Por primera vez en mucho tiempo, las cosas parecían ir exactamente en la dirección correcta.
Horas más tarde, mientras revisaba algunas imágenes en su computadora, escuchó la voz de uno de sus compañeros.
—Valentina.
Levantó la mirada.
Era Marcos, uno de los periodistas más veteranos de la revista.
—¿Sí?
—¿Sabías quién era el hombre que aparecía junto al alcalde anoche?
Ella negó con la cabeza.
—No.
—Alejandro Montenegro.
El nombre hizo que algo se agitara dentro de ella.
Intentó disimular.
—¿Es famoso?
Marcos soltó una carcajada.
—Solo uno de los arquitectos más importantes del país.
—¿En serio?
—Su empresa está detrás de algunos de los proyectos más ambiciosos de los últimos años.
Valentina recordó inmediatamente el evento.
Las personas esperando su atención.
La forma en que todos parecían conocerlo.
Ahora tenía sentido.
—No tenía idea.
—Bueno, ahora ya lo sabes.
Marcos volvió a su trabajo mientras Valentina permanecía pensativa.
Alejandro no había mencionado nada sobre su éxito.
No había intentado impresionarla.
No había presumido.
Y eso resultaba extraño.
La mayoría de los hombres importantes que había conocido disfrutaban hablando de sí mismos.
Alejandro parecía exactamente lo contrario.
Al final de la jornada decidió regresar caminando a casa.
Le gustaba recorrer las calles del centro.
Observar a las personas.
Escuchar conversaciones ajenas.
Encontrar historias escondidas en cada rincón de la ciudad.
Aquella era una de las razones por las que amaba la fotografía.
Cada rostro tenía algo que contar.
Mientras caminaba por una avenida llena de cafeterías y pequeñas librerías, vio a una pareja de ancianos sentada en una banca.
Él sostenía la mano de ella.
Ambos sonreían mientras compartían un helado.
Valentina levantó su cámara.
Capturó el momento.
Y sonrió.
Aquello era amor.
Simple.
Real.
Duradero.
No grandes gestos.
No promesas extravagantes.
Solo dos personas que seguían eligiéndose después de muchos años.
Por un instante se preguntó si algún día encontraría algo parecido.
La pregunta la tomó por sorpresa.
Durante mucho tiempo había evitado pensar en el amor.
Después de Andrés, resultaba más fácil concentrarse en el trabajo.
En sus metas.
En sus sueños.
Pero desde la noche anterior algo había cambiado.
Una pequeña grieta se había abierto en el muro que había construido alrededor de su corazón.
Y eso la asustaba.
Esa misma noche, en otra parte de la ciudad, Alejandro Montenegro observaba el horizonte desde la ventana de su oficina.
Las luces de los edificios iluminaban la oscuridad.
La ciudad parecía infinita.
Sobre su escritorio descansaban varios planos y documentos importantes.
Pero no lograba concentrarse.
Daniel Ferrer, su mejor amigo y socio, entró sin llamar.
—Eso es preocupante.
Alejandro arqueó una ceja.
—¿Qué cosa?
—Llevas diez minutos mirando por la ventana.
—Tal vez me gusta la vista.
—No.
Daniel se dejó caer en una silla.
—Te conozco demasiado bien.
Alejandro suspiró.
—Estoy cansado.
—Claro.
Daniel sonrió.
—Y yo soy bailarín profesional.
Alejandro negó con la cabeza.
—¿Qué quieres?
—Saber quién es ella.
El silencio llenó la oficina.
Daniel sonrió aún más.
—Así que sí hay una ella.
—No hay ninguna ella.
—Entonces no habrías reaccionado así.
Alejandro apoyó las manos sobre el escritorio.
—Solo conocí a alguien.
—Ajá.
—Y nada más.
—¿Nombre?
Alejandro dudó.
—Valentina.
Daniel abrió los ojos.
—¡Tenemos nombre!
—No empieces.
—¿Es bonita?
Alejandro recordó sus ojos color miel.
Su sonrisa.
La pasión con la que hablaba de fotografía.
—Sí.
Daniel soltó una carcajada.
—Estás perdido.
—No estoy perdido.
—Llevas tres años evitando cualquier relación seria.
—Lo sé.
—Y ahora no puedes dejar de pensar en una mujer que conociste anoche.
Alejandro permaneció en silencio.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, Daniel tenía razón.
No podía dejar de pensar en ella.
Dos días después, Valentina recibió una nueva asignación.
Debía realizar un reportaje fotográfico sobre el proyecto urbanístico más importante de la ciudad.
Cuando leyó el nombre de la empresa encargada, sintió que su corazón daba un pequeño salto.
Montenegro Arquitectos.
Intentó convencerse de que era una coincidencia.
Una simple casualidad profesional.
Pero algo le decía que el destino estaba jugando sus propias cartas.
Aquella tarde llegó al enorme edificio corporativo donde se encontraban las oficinas principales de la empresa.
La recepción era elegante.
Moderna.
Impecable.
Una asistente la condujo hasta una sala de reuniones.
—El señor Montenegro llegará en unos minutos.
Valentina sintió un leve nudo en el estómago.
Así que realmente iba a verlo otra vez.
Intentó tranquilizarse.
Era una entrevista profesional.
Nada más.
La puerta se abrió.
Y Alejandro entró.
Durante una fracción de segundo ambos se quedaron inmóviles.
Sorprendidos.
Como si ninguno hubiera esperado aquel encuentro.
Luego Alejandro sonrió.
Aquella sonrisa tranquila que ella ya comenzaba a reconocer.
—Valentina.
—Alejandro.
—No esperaba verte aquí.
—Yo tampoco.
Él se acercó.
—Supongo que la ciudad es más pequeña de lo que parece.
Ella rió suavemente.
—Supongo que sí.
Por un momento olvidaron que estaban allí por trabajo.
Que existían horarios.
Responsabilidades.
Personas esperando.
Solo estaban ellos.
Observándose.
Reconociendo algo que ninguno podía explicar todavía.
Algo que apenas comenzaba a nacer.
Algo peligroso.
Y hermoso.
Porque, aunque ninguno estaba dispuesto a admitirlo, ambos empezaban a comprender que aquel primer encuentro bajo la lluvia no había sido una casualidad.
Tal vez la vida los estaba empujando lentamente hacia el mismo camino.
Y ninguno de los dos estaba preparado para lo que vendría después.