una niña arrancada de su casa, un silencio que duele a todos los que la conocen y un secreto que se esconde bajos las propias narices del jefe de la mafia Alemana.
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El precio de una vida
La noche había caído sobre el burdel con una tranquilidad que resultaba casi aterradora.
Después del caos de la noche anterior, el edificio parecía contener la respiración. Las mujeres caminaban en silencio por los pasillos, evitando hacer ruido, como si cualquier sonido pudiera despertar nuevamente la violencia que había llegado horas antes.
Pero Brakaj no tenía miedo.
Al menos no del mismo modo que los demás.
El hombre estaba sentado detrás de su escritorio, con la espalda recta a pesar del dolor que recorría su cuerpo. Los golpes aún marcaban su rostro. La mano vendada descansaba sobre la mesa, recordándole la humillación que había sufrido.
Tres dedos menos. Una advertencia.
Durante años había creído tener el control de todo. El dinero. El burdel. Las mujeres que trabajaban allí. Los hombres que ingresaban. Las vidas de quienes dependían de él.
Pero ahora había descubierto que existían hombres mucho más poderosos que él.
Y eso lo aterraba.
Por eso había tomado una decisión.
Si no podía pagar con dinero...
Pagaría con algo que, según él, valía incluso más.
Una sonrisa desagradable apareció en su rostro.
Zonia.
Durante dieciocho años la había mantenido escondida. No por protegerla. No por compasión.
La había conservado como quien guarda una joya en una caja fuerte esperando el momento perfecto para venderla.
Para él, nunca había sido una niña. Nunca había sido una persona. Solo una inversión.
Un objeto que algún día le daría una fortuna.
Y ahora ese día había llegado.
El sonido de varios vehículos deteniéndose frente al burdel interrumpió sus pensamientos.
Brakaj respiró profundamente.
Había llegado.
La puerta principal se abrió y varios hombres ingresaron al salón.
Vestían de negro.
Sus movimientos eran precisos.
No necesitaban levantar la voz para dejar claro quién tenía el poder.
Al frente de ellos caminaba Erik Schneider.
Su mirada recorrió el lugar con frialdad hasta detenerse en Brakaj.
—Mi jefe está aquí.
El dueño del burdel intentó mantener la calma.
—Por supuesto.
Unos segundos después, la puerta volvió a abrirse.
Y entonces entró Kai.
No necesitaba presentaciones.
La forma en que todos se apartaron hablaba por él.
Era un hombre de presencia imponente. Alto, vestido con un traje oscuro perfectamente ajustado, su mirada recorría el lugar como si pudiera descubrir cada secreto escondido entre aquellas paredes.
Brakaj se levantó con dificultad.
—Señor Kai.
El hombre no respondió al saludo.
Simplemente lo observó.
Vio los golpes. Vio la mano vendada.
Vio el miedo escondido detrás de esa sonrisa falsa.
—Erik me explicó la situación.
Brakaj asintió rápidamente.
—Lamento los inconvenientes, pero como ya le dije, puedo compensarlo.
Kai permaneció en silencio.
—No tengo el dinero completo —continuó Brakaj—. Pero tengo algo de mucho más valor.
La expresión de Kai no cambió.
—¿Qué?
Brakaj sonrió.
—Una mercancía.
El silencio que siguió fue pesado.
Kai entrecerró los ojos.
—Explíquese.
Brakaj hizo una señal hacia uno de los guardias.
—Tráiganla.
Pasaron unos minutos.
Entonces las puertas del salón se abrieron nuevamente.
Nataly apareció primero. Sus pasos eran lentos. Sus manos temblaban. Tenía miedo.
Mucho miedo.
Sabía perfectamente quiénes eran esos hombres. Sabía lo que podían hacer.
Pero aun así caminaba. Porque detrás de ella estaba Zonia. Y no pensaba dejarla sola.
La joven avanzaba con la cabeza baja.
Su largo cabello negro caía sobre sus hombros, sujeto en una trenza cuidadosamente hecha por Nataly.
Llevaba el vestido azul oscuro que aquella mujer había preparado para ella.
Pero nada de eso fue lo primero que Kai vio.
Sus ojos se detuvieron en otra cosa.
Un grillete.
Alrededor del cuello de Zonia.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
La expresión de Kai cambió. Muy poco.
Pero Erik, que lo conocía desde hacía años, lo notó.
La mandíbula de su jefe se tensó.
Su mirada se volvió más fría.
Brakaj, orgulloso de sí mismo, no se dio cuenta.
—Aquí está.
Kai no apartó los ojos del grillete.
—¿Qué es eso?
Brakaj pareció sorprendido por la pregunta.
Como si no entendiera por qué aquello podía importar.
—Una medida de seguridad.
La respuesta fue suficiente.
Algo oscuro apareció en la mirada de Kai.
—¿Seguridad?
La voz salió más baja.
Más peligrosa.
Brakaj tragó saliva.
—La muchacha puede ser problemática y cuando no termina a tiempo hay que castigarla.
Kai miró nuevamente a Zonia.
Ella seguía mirando al suelo.
No porque fuera tímida.
Porque había aprendido que mirar a los hombres a los ojos podía traer consecuencias.
Eso también lo notó.
Y le molestó todavía más.
Una joven con un grillete. Una joven incapaz de levantar la mirada. Una joven que parecía esperar un castigo simplemente por existir.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó Kai.
Brakaj parpadeó.
Por un instante pareció no entender la pregunta.
—¿Qué?
—Su nombre.
El hombre abrió la boca, pero tardó unos segundos en responder.
—Zonia.
Kai repitió mentalmente ese nombre.
Zonia.
No mercancía. No objeto. No pago. Una persona.
Brakaj continuó hablando, intentando recuperar el control de la situación.
—Como puede ver, es una muchacha de gran valor. La he cuidado durante años y—
Kai lo interrumpió.
—¿La ha cuidado?
La pregunta llevaba tanto desprecio que incluso Brakaj guardó silencio.
El hombre señaló el grillete.
—¿A eso le llama cuidado?
Brakaj endureció la expresión.
—Usted no entiende. Todo lo que hay aquí me pertenece.
Aquella frase hizo que Nataly levantara la mirada.
Por primera vez desde que había entrado al salón, sus ojos se encontraron con los de Kai.
Tenía miedo.
Pero no retrocedió.
Se colocó ligeramente delante de Zonia. Un gesto pequeño. Pero suficiente. Estaba aterrada. Rodeada de hombres armados.
Frente a un hombre que podía destruir vidas con una orden. Pero seguía protegiendo a su niña.
Kai observó ese gesto en silencio.
Vio el miedo.
Vio la valentía.
Y entendió algo.
Esa mujer no estaba defendiendo una mercancía.
Estaba defendiendo a alguien que amaba.
Brakaj volvió a hablar.
—Si no acepta el trato, no tengo otra forma de pagar.
Kai lo miró con una expresión imposible de leer.
Durante años había conocido hombres crueles.
Hombres capaces de hacer cosas horribles por dinero.
Pero pocas veces había visto a alguien hablar de una vida humana con tanta indiferencia.
Para Brakaj, una persona podía tener un precio.
Podía guardarse.
Podía venderse.
Podía intercambiarse.
Como si fuera una simple posesión.
Kai miró nuevamente a Zonia.
Ella seguía inmóvil.
Silenciosa.
Esperando.
Como si su destino nunca hubiera estado en sus propias manos.
Y por primera vez desde que había cruzado aquella puerta...
Kai sintió que aquella deuda era mucho más complicada de lo que Brakaj había intentado hacerle creer.
Porque el hombre frente a él no estaba ofreciendo una forma de pago.
Estaba intentando deshacerse de una vida que había destruido.
Y eso era algo completamente diferente.
pero, con la q llegó te dará la fuerza y el poder de defenterte