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Solo Nosotros Dos

Solo Nosotros Dos

Status: En proceso
Genre:Yaoi
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: luana figueroa

Dos hombres, un amor inmenso y el sueño de ser papás. Él es un hombre trans, y juntos llevarán a su bebé en el corazón y en el vientre. No importa lo que digan los demás: esta familia se construye solo nosotros dos.

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Solo nosotros dos Capítulo 5: Pasos firmes, corazón lleno

Con el paso de los meses, el tiempo pareció detenerse en los momentos más bonitos y correr cuando menos se daban cuenta. El vientre de Mateo crecía cada semana más, y ya no intentaba ocultarlo: al contrario, le gustaba sentir el peso suave que le recordaba que su hijo estaba ahí, creciendo fuerte. Lucas le había comprado una camiseta cómoda de algodón gris, y le había escrito con letras grandes en la espalda: «Papá en camino». Cuando Mateo se la puso por primera vez, se rió hasta que le dolió el estómago, pero no se la quiso cambiar más.

Las noches se volvieron su momento favorito. Se sentaban los dos en el sofá, con las piernas cruzadas, y Lucas apoyaba la cabeza sobre el vientre de Mateo, esperando a que el bebé se moviera. Al principio eran solo toques muy suaves, como si saludara desde adentro; luego empezaron a ser patadas más claras, que hacían sonreír a los dos sin decir nada.

—Creo que le gusta cuando te canto —decía Lucas, y empezaba a tararear una canción vieja que su abuela le cantaba de chico—. O tal vez le gusta saber que estoy aquí.

—Le gusta que estemos los dos —corregía Mateo, pasando los dedos por el pelo de Lucas—. Es nuestro hijo. Ya nos conoce.

Pero no todo era alegría sencilla. Llegó el momento de contarles a sus familias, y ese era el miedo más grande que Mateo guardaba. Sus padres siempre lo habían querido, pero les costó mucho entender su identidad cuando él era adolescente; temía que esta noticia fuera demasiado para ellos, que pensaran que todo lo que habían avanzado se borraría de golpe.

Decidieron ir juntos a la casa de sus padres un domingo por la tarde. Mateo apretaba la mano de Lucas todo el camino, sin soltarla ni un segundo. Cuando se sentaron en la mesa del comedor, después del mate, él respiró hondo y lo dijo todo de golpe: que iban a tener un hijo, que él sería quien lo llevara, que estaban muy felices y que solo querían que los aceptaran tal como eran.

Se hizo un silencio largo, que pareció durar horas. Mateo bajó la mirada, esperando el rechazo. Pero entonces sintió la mano de su madre sobre la suya. Levantó la vista y vio que ella tenía los ojos llenos de lágrimas, pero sonreía.

—Hijo —dijo su papá con voz ronca—, hace mucho tiempo aprendimos que tú sabes mejor que nadie quién eres. Si esto te hace feliz, si esto es lo que quieres construir con Lucas, entonces nosotros estamos contigo. No entendemos todo, pero te queremos a ti, y queremos a ese bebé que viene en camino.

Mateo no pudo hablar. Solo se levantó y los abrazó a los dos, sintiendo que se le caía el peso más pesado de todos. Esa tarde se quedaron hasta tarde, contándoles detalles, enseñándoles las ecografías, hablando de nombres. Lucas también les contó a sus padres, y aunque al principio les sorprendió mucho, terminaron diciendo lo mismo: lo importante no es cómo se hace la familia, sino que se haga con amor.

Sin embargo, hubo quien no lo entendió. Algunos parientes lejanos y viejos conocidos de la escuela dejaron de saludarlo, o le mandaron mensajes extraños diciendo que estaba “haciendo algo equivocado”. Pero Mateo ya no sentía dolor al leerlos. Sabía que no podía dar explicaciones a quien no quería escuchar. Lo único que importaba era la gente que estaba ahí, sin dudar: Lucas, sus padres, unos pocos amigos que lo llamaban para preguntar cómo se sentía, que le traían regalos y le decían que sería un papá maravilloso.

Una tarde de finales de primavera, salieron a caminar por la rambla, como hacían siempre. El sol calentaba suavemente, y el viento traía el olor del río y de las flores que estaban floreciendo. Lucas le ayudó a caminar despacio, sosteniéndolo del brazo, porque ya le costaba un poco más andar largos tramos. Se detuvieron frente al agua, mirando cómo las olas golpeaban suavemente la orilla.

—¿Estás listo? —le preguntó Lucas, poniendo una mano en su vientre.

Mateo asintió, y puso su mano encima de la de él.

—Más que nunca. Tengo miedo, claro… miedo a equivocarme, a no saber hacerlo bien. Pero sé que no estoy solo. Sé que contigo puedo con todo.

—No vas a equivocarte —le dijo Lucas, besándolo despacio—. Lo único que tienes que hacer es ser tú. Y ser tú es suficiente, más que suficiente.

Esa noche, al acostarse, Mateo puso la mano sobre su vientre y susurró muy bajito, para que solo su hijo pudiera escucharlo: “Vamos a darte todo el amor del mundo. No importa lo que digan, no importa cómo sea el camino: nosotros somos tu hogar. Solo nosotros dos”.

Y por primera vez en mucho tiempo, durmió sin miedos, con el corazón lleno de certeza.

1
Brisa Romero
/Grin/
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