Miranda Moreno tiene un objetivo del que no piensa desviarse: casarse con el hombre más poderoso del país. Lo que comienza como un plan cuidadosamente calculado podría convertirse en el mayor riesgo de su vida, porque el poder siempre tiene un precio... y el corazón no sigue estrategias.
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Capitulo 5 - Hermanos
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Aquella frase cayó como una advertencia elegante.
No levantó la voz.
No amenazó de forma directa.
Pero ambos entendieron el mensaje.
Eduardo permaneció unos segundos en silencio.
—Espera un momento.
Tomó el teléfono interno.
—Prepare una liquidación extraordinaria para la señorita Moreno.
También una carta de recomendación firmada por mí personalmente.
Colgó el auricular.
—Lamento que tu experiencia en esta empresa termine de esta manera.
Miranda sonrió con discreción.
—La vida continúa.
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Minutos después, volvió a Recursos Humanos.
Sobre el escritorio la esperaba un sobre de color crema.
Dentro había un cheque.
Miranda apenas necesitó mirarlo para darse cuenta de que la cifra superaba por mucho lo que legalmente le correspondía por unas prácticas profesionales.
Junto al cheque había una carta de recomendación impecable, firmada por el propio Eduardo Cifuentes.
En ella destacaba su profesionalismo, su desempeño sobresaliente y recomendaba su contratación para cualquier empresa que tuviera la fortuna de contar con ella.
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Grupo Bravo de Saravia...
En la oficina de Cristóbal Bravo de Saravia
La oficina del presidente ocupaba el piso más alto del edificio del Grupo Bravo de Saravia.
Amplia, elegante y con una vista imponente de la ciudad, era un espacio donde todo transmitía orden, control y poder.
Cristóbal se encontraba de pie frente a los ventanales con una carpeta en la mano, revisando algunos documentos antes de la reunión que tendría en unas horas.
Alejandro estaba sentado frente a la mesa principal, hojeando contratos del área legal con la misma calma meticulosa de siempre.
Nicolás, como era habitual, estaba ligeramente recostado en la silla, girando un bolígrafo entre los dedos mientras miraba el techo con aire distraído.
—Si sigues girando eso, lo vas a lanzar contra el cristal —comentó Alejandro sin levantar la vista.
—Y si lo lanzo, probablemente rompa la tensión del ambiente —respondió Nicolás con una sonrisa.
—El único que rompe tensiones aquí es Cristóbal… cuando habla —añadió con ironía.
Cristóbal no respondió de inmediato. Solo dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Si han terminado de filosofar, tenemos una reunión importante en dos horas.
Nicolás suspiró.
—Siempre tan romántico con las reuniones corporativas.
Alejandro soltó una leve risa.
—No es romántico. Es responsabilidad.
Antes de que la conversación continuara, la puerta de la oficina se abrió.
—¿Responsabilidad o aburrimiento disfrazado? —dijo una voz femenina con tono divertido.
Los tres hermanos levantaron la mirada al mismo tiempo.
Valentina entró en la oficina con naturalidad. Su elegancia era innegable, aunque nunca resultaba exagerada. Bajo el brazo sostenía una carpeta con planos, y una sonrisa iluminaba su rostro.
Cristóbal levantó la vista de los documentos que revisaba.
—Valentina… —dijo con una ligera sorpresa—. No te esperábamos por aquí.
Ella frunció los labios con dramatismo.
—Vaya recibimiento. Se nota que no me extrañan.
Nicolás fue el primero en levantarse.
—Eso es mentira.
Alejandro dejó escapar una risa.
—Tiene razón. Tú siempre apareces para poner de lado el aburrimiento.
—Ahora sí les creo —respondió Valentina sonriendo.
Se acercó hasta ellos y saludó a cada uno con un abrazo.
—Pasaba cerca después de una reunión con unos clientes y pensé que debía venir a ver a mis tres hermanos favoritos.
Nicolás arqueó una ceja.
—Qué suerte, porque justamente somos tus únicos hermanos.
Los cuatro rieron.
Cristóbal observó la carpeta que llevaba.
—¿Que tal tu reunión?
—Estaba revisando los últimos diseños de un proyecto residencial y necesitaba despejar la cabeza antes de volver a la oficina.
Sin pedir permiso, se sentó sobre el borde del escritorio de Cristóbal, como hacía desde que eran adolescentes.
Alejandro tomó uno de los planos.
—Sigues obsesionada con los espacios abiertos.
—No es obsesión, es sentido común. Las personas viven encerradas entre paredes todo el día. Un hogar debería darles luz, aire y tranquilidad.
Nicolás comenzó a aplaudir lentamente.
—Escuchen con atención. La arquitecta filósofa acaba de hablar.
Valentina le lanzó una mirada divertida.
—Y tú sigues igual de inmaduro.
Él sonrió sin el menor remordimiento.
—Es una cualidad, no un defecto.
—Eso solo lo dices tú.
Las carcajadas llenaron la oficina.
Cristóbal permanecía observándolos con una pequeña sonrisa que aparecía muy pocas veces. Ver a sus hermanos juntos le recordaba una época mucho más sencilla, cuando las mayores preocupaciones eran los exámenes del colegio o las vacaciones familiares.
Valentina notó aquella expresión.
—¿Qué pasa? ¿Te sorprende vernos felices?
—Me sorprende que Nicolás aún no haya roto nada.
—Todavía queda tarde —contestó él.
Alejandro negó con la cabeza.
—No aprende.
—Ni pienso hacerlo.
Valentina cruzó los brazos.
—Deberían aprovechar estos momentos más seguido.
Cristóbal apoyó las manos sobre el escritorio.
—Es parte del trabajo.
—Lo sé, pero también necesitan vivir un poco. Ninguna empresa vale más que una familia.
Las palabras hicieron que los tres guardaran silencio unos segundos.
Ella los conocía demasiado bien. Sabía que cada uno llevaba una enorme responsabilidad sobre los hombros y que, muchas veces, olvidaban descansar.
Para romper el ambiente, Valentina cambió de tema.
—¿Y cómo va la famosa reunión de esta tarde?
Cristóbal recuperó parte de su habitual seriedad.
—Muy bien. Recibiremos a un fondo europeo interesado en invertir en la expansión internacional del grupo.
—Eso suena importante.
—Porque lo es —respondió Alejandro.
Nicolás añadió:
—Si todo sale como esperamos, será uno de los acuerdos más grandes de los últimos años.
Valentina sonrió orgullosa.
Se puso de pie y caminó hasta Cristóbal. Con delicadeza acomodó el nudo de su corbata y alisó la solapa de su chaqueta.
—Solo recuerda que, antes de ser presidente ejecutivo, eres mi hermano.
Cristóbal sostuvo su mirada durante unos segundos.
—No lo olvido.
Ella sonrió satisfecha.
—Perfecto.
Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir volvió la cabeza.
—Nicolás...
—¿Sí?
—Procura no provocar ninguna crisis antes de que termine el día.
Él levantó ambas manos.
—No prometo milagros.
—Ah, Alejandro...
Alejandro volteó y la miro fijamente.
—Eres el mejor.
—Gracias hermanita —dijo Alejandro.
La puerta se cerró suavemente tras ella.
Durante unos instantes, el silencio volvió a instalarse en la oficina.
Nicolás dejó escapar un suspiro.
—Deberíamos reunirnos los cuatro más seguido. Hace tiempo que no compartimos un almuerzo o una cena sin hablar de negocios.
Alejandro asintió.
—No estaría mal desconectarnos un poco.
Cristóbal volvió la vista hacia los ventanales, desde donde la ciudad parecía moverse a un ritmo tan acelerado como el suyo.
—Sería necesario.
Porque, aunque el trabajo ocupaba la mayor parte de su tiempo, había una verdad que nunca cambiaba. Para Cristóbal Bravo de Saravia, su familia siempre sería lo más importante.
Que pasará el día que se descubra que no fue casualidad ese accidente y todo lo que planeó que dirá y hará Cristóbal 🤔🤔🤔❓❓❓❓