Sol Linares no tenía tiempo para soñar con vestidos blancos ni finales felices. Su mamá necesitaba una cirugía urgente, y su padre, que llevaba años mirándola desde lejos, le ofreció una sola salida: casarse con Bruno Alcázar, el heredero de una de las familias más poderosas de Buenos Aires.
Bruno no podía hablar. No podía moverse. Después de una caída extraña, todos lo daban por perdido.
Pero Sol descubre algo que nadie le había dicho: ese hombre inmóvil fue quien la salvó una noche en la que ella creyó que no iba a salir viva.
Lo que empezó como un trato frío se vuelve una deuda, después una promesa, y finalmente una guerra silenciosa dentro de una casa llena de secretos. Mientras Sol cuida a Bruno, alguien intenta terminar lo que empezó aquella caída.
Y Bruno, atrapado en su propio cuerpo, escucha todo.
La chica que compraron para acompañarlo no se parece a nadie de su mundo. Habla demasiado, cocina como si pudiera curar con las manos, pelea cuando la acorralan y no sabe rendirse.
Él sólo tiene una idea fija: despertar antes de que la destruyan.
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Capítulo 2
Capítulo 2
Cuando Sol llegó a la casa de los Linares, Ricardo y Valeria estaban parados en la entrada, sonriendo como si acabaran de cerrar el negocio de sus vidas.
Frente a ellos había un hombre de unos cincuenta años. Traje oscuro, postura rígida, cara seria. No parecía chofer. Parecía alguien acostumbrado a que una casa entera se ordenara con una mirada suya.
Ricardo tomó a Sol de la mano apenas bajó del auto.
—Señor Ramiro, ella es mi hija. Sol, saludá.
Ramiro la miró de arriba abajo sin perder la compostura.
Sol tenía los ojos todavía rojos, la ropa sencilla, la mochila colgada de un hombro y la notebook apretada contra el pecho. Aun así, el hombre se quedó un segundo más de lo normal mirándola.
Era muy linda.
Demasiado linda para haber llegado a esa casa con las manos vacías.
Ramiro pensó en Bruno, en ese jefe suyo que jamás había mirado dos veces a una mujer. Secretarias, asistentes, abogadas, todas podían desfilar sin que él levantara una ceja. Y ahora ese mismo Bruno, inmóvil en una cama, había reaccionado al apellido Linares.
Quizás sí la conocía.
Quizás no.
Ramiro no preguntó.
Le abrió la puerta del auto a Sol, una mano protegiéndole la cabeza para que no se golpeara.
Valeria quiso subir detrás.
Ramiro levantó el brazo.
—Don Ernesto pidió que venga sólo la futura señora Alcázar.
Valeria se quedó en la vereda con la sonrisa partida.
Quería entrar. Quería mirar de cerca la casa de los Alcázar, medir las lámparas, los cuadros, el tamaño de la fortuna. Pero el auto ya se deslizaba en silencio.
Sol no preguntó nada durante el viaje.
No sabía cuánto tiempo pasó. La ciudad se volvió más limpia, más baja, más verde. El auto entró en un barrio cerrado de zona norte y siguió hasta una residencia blanca de tres pisos, enorme, prolija, con césped cuidado, árboles altos y una laguna artificial que reflejaba la luz de la tarde.
Había un muellecito de madera, bancos bajo los sauces y canteros llenos de flores. En el pasto caminaban pájaros chicos, confiados, como si también fueran parte del inventario.
Todo era hermoso.
Y todo le pareció helado.
Ramiro la hizo pasar.
El living era grande, brillante, demasiado perfecto. Don Ernesto Alcázar bajó el diario y levantó la vista.
Sol se quedó derecha.
El viejo la observó sin apuro.
Tenía el pelo blanco, la espalda recta y un traje oscuro sobrio, de esos que no necesitan marca visible para decir plata vieja. La boca apenas se movía cuando hablaba.
—Sentate.
Sol se sentó con calma.
—Buenas tardes, don Ernesto.
Él notó la voz pareja, la espalda recta, el modo en que ella no buscaba agradar ni desafiar. Tenía la cara joven, las mejillas todavía con color de lluvia y cansancio, los ojos claros de tanto llorar pero firmes.
Una chica buena, pensó.
No una muñeca vacía.
—Ya sabés la situación de mi nieto, ¿no? —preguntó—. Ahora no se puede hacer una boda como corresponde. Por el momento será sencillo. Cuando Bruno mejore, si mejora, se hará una ceremonia grande.
Sol no contestó.
No le importaba una fiesta. No había llegado a esa casa soñando con vestido blanco.
Don Ernesto miró la mochila y la notebook.
—¿No trajiste equipaje?
—Mis cosas están en la facultad.
El viejo frunció apenas el ceño.
En Buenos Aires, los Linares no eran nadie al lado de los Alcázar, pero tampoco vivían en la calle. Acababan de recibir una transferencia enorme. Y aun así habían mandado a la hija con una mochila.
Ricardo Linares era más miserable de lo que parecía.
Don Ernesto dejó pasar el pensamiento.
—Desde hoy, ésta es tu casa. Ramiro, llevála arriba.
Sol se levantó, pero no se movió.
—Don Ernesto, tengo una condición.
Ramiro la miró de costado.
Don Ernesto levantó la vista.
—Decí.
—Estoy en tercer año. Quiero terminar la carrera. Y mi mamá todavía está internada. Estos días voy a tener que ir al sanatorio por la noche para cuidarla.
No pidió ropa. No pidió plata. No preguntó por joyas, chofer, tarjetas ni habitaciones.
Pidió estudiar.
Y cuidar a su madre.
Don Ernesto se apoyó contra el respaldo.
—Ya sos parte de esta casa. Decime abuelo. Mientras cuides bien a Bruno y hagas las cosas como corresponde, estudiá todo lo que quieras.
Sol sonrió.
—Gracias.
Esa sonrisa, dulce y cansada, le lavó al viejo un poco la amargura.
—Andá.
Ramiro la llevó al tercer piso. Se detuvo frente a una puerta doble y la abrió con cuidado.
—Señora, pase.
Sol tardó un segundo en entrar.
La habitación era inmensa. Una pared de ventanales estaba cubierta por cortinas gruesas, y sólo se filtraban unas líneas delgadas de luz. Había un escritorio grande, una biblioteca que ocupaba casi toda una pared y una cama amplia en el centro.
En la cama había un hombre.
Cubierto con una manta fina.
Sol se acercó despacio.
El hombre tenía los ojos cerrados. No se movía. La piel, demasiado pálida. El rostro, demasiado quieto.
Sol juntó valor y acercó los dedos a su nariz.
Respiraba.
Después le tocó la muñeca.
Fría.
Muy fría.
La palabra le cayó encima antes de que quisiera aceptarla.
Vegetativo.
Recordó una charla de Renata, dos meses atrás. Una noticia que había circulado por redes y portales: el heredero de una familia empresaria, caída por escalera, golpe en la cabeza, coma irreversible. Renata lo había contado con esa mezcla de morbo y tristeza que tienen las noticias ajenas.
Sol sacó el celular y buscó.
Bruno Alcázar, heredero del Grupo Alcázar, inconsciente tras golpe severo en la cabeza. Especialistas lo declaran en estado vegetativo.
El teléfono se le resbaló de la mano y cayó sobre la alfombra sin hacer ruido.
Sol también sintió que algo dentro de ella caía.
Ricardo y Valeria no le habían dicho eso.
Le habían hablado de una caída. De alguien que necesitaba cuidados. No de un hombre que tal vez pasaría el resto de la vida en una cama esperando morir.
Qué gracioso.
Se había casado con un hombre que ni siquiera podía abrir los ojos.
Los libros que llevaba contra el pecho se le deslizaron hasta la alfombra. Tampoco hicieron ruido.
Pasaron varios minutos antes de que pudiera respirar bien.
Entonces miró al hombre de la cama con más atención.
La cara era pálida y flaca. El pelo le caía un poco sobre la frente, algo más largo de lo que debería, suavizando unas cejas que, en otro contexto, habrían sido duras. La barba crecida le oscurecía la mandíbula. Parecía descuidado, pero no vulgar. Incluso así, había algo en sus rasgos que no se podía arruinar del todo.
La manta lo cubría desde el cuello hasta los pies. Sólo una mano quedaba afuera.
Una mano grande, de dedos largos, uñas demasiado crecidas, venas marcadas en el dorso.
Sol dejó la mochila sobre el escritorio.
La cabeza le daba vueltas.
Ricardo y Valeria la habían empujado a casarse con ese hombre sin decirle que era un paciente en estado vegetativo. Seguro había un trato detrás. Seguro habían cobrado más de lo que a ella le dieron.
Era una estafa.
Podía romper el acuerdo.
Podía irse.
Dio media vuelta.
Y entonces vio el portarretrato en una esquina de la biblioteca.
El hombre de la foto tenía el pelo peinado hacia atrás, la frente despejada, las cejas afiladas y una mirada sin temperatura. Miraba a la cámara como si nada pudiera atravesarlo.
Bruno Alcázar.
Sol se quedó sin aire.
Lo conocía.
No por las notas de negocios. No porque fuera el empresario joven que había levantado el Grupo Alcázar hasta convertirlo en una potencia. No porque media ciudad lo nombrara como si fuera una leyenda inaccesible.
Lo conocía por otra cosa.
Tres años antes, recién empezada la facultad, Sol trabajaba de noche para pagar apuntes y comida. Una madrugada salió tarde de un bar donde hacía turnos y cruzó una calle lateral. Dos borrachos salieron de un pasaje. Olían a alcohol y transpiración.
Uno le agarró el brazo.
—Mirá lo que encontramos. Esta está buenísima.
El otro le bloqueó el paso.
—La vi primero. Después compartimos.
Sol intentó soltarse. Gritó. Uno le tapó la boca, el otro le levantó las piernas. La arrastraron hacia el fondo del pasaje.
Lloró de miedo.
La tiraron al piso. Le rompieron la camisa. El aire frío le pegó en la piel.
—Qué suave...
Sol logró sacar la voz.
—¡Ayuda!
La cachetada le cruzó la cara.
—Callate.
Entonces apareció alguien desde la calle.
No habló.
Entró como una sombra furiosa. Pateó a uno contra la pared. Al otro lo arrancó de encima de Sol y lo tiró a varios metros. La luz amarilla del farol le iluminó media cara; la otra quedó en sombra. Los ojos, largos y fríos, brillaron con una violencia limpia.
Los dos borrachos se le fueron encima.
Él los bajó en tres movimientos.
Después pisó la espalda de uno, se sacó el saco y se lo tiró a Sol.
—Andate.
La voz era grave, baja, como cuerda de instrumento.
El saco olía a cedro frío y a invierno, pero también traía el calor de su cuerpo.
Sol corrió envuelta en esa tela hasta que las piernas no le dieron más.
En el bolsillo interior, bordado con hilo del mismo color, había un nombre:
Bruno Alcázar.
Ese saco seguía guardado en su placard.
Aquella noche le había dejado una marca que no se veía. Cuando estaba por rendirse, cuando el cansancio la tiraba al piso, pensaba en ese hombre apareciendo en la oscuridad y en el calor del saco sobre sus hombros.
El mundo podía ser cruel.
Pero también podía aparecer una mano.
Ahora esa mano estaba huesuda, fría, abandonada sobre una manta.
Sol se acercó a la cama otra vez.
El hombre que había sido una especie de dios en su memoria yacía ahí, sin vida más allá del aliento. Ella no había llegado a agradecerle.
Y él ya no podía oírla.
—Así que eras vos —susurró.
Bruno Alcázar
Don Ernesto Alcázar
me estoy aburriendo 😡