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Destinos Entre Sombras

Destinos Entre Sombras

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:734
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.

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Capítulo 17 - Mapas sobre la piel

La casa imaginaria costaba setecientas cuarenta pesetas.

Diane e Iván llegaron a aquella cifra un martes de abril, sentados en lados opuestos de la vieja pared del huerto. Las piedras les impedían verse desde el camino, pero dejaban pasar sus voces por una grieta cerca del suelo. Liberto permanecía echado entre los almendros, adiestrado ya para levantar la cabeza ante cualquier ruido que no perteneciera al viento.

Sobre las rodillas, Diane sostenía un cuaderno de cuentas robado del escritorio de Ernesto. Iván había llevado precios copiados de anuncios del puerto.

—Una parcela cerca de Lisboa: cuatrocientas —dijo él.

—Eso es lo que piden por la tierra. No incluye la casa.

—Podemos construirla.

—Con madera, piedra, herramientas y tiempo que también cuestan dinero.

—No necesitamos una mansión.

—Necesitamos un techo que no se caiga durante el primer invierno.

Iván escribió ciento ochenta junto a la palabra materiales. Su letra era más firme que meses atrás. Los registros de carga le habían enseñado a encerrar cada número dentro de una columna.

—Una cama —continuó Diane.

—Podemos dormir en el suelo.

—Una cama.

—Treinta.

—Una mesa, dos sillas, utensilios, mantas.

—La casa empieza a parecerse otra vez a una mansión.

—Todavía no he mencionado el taller.

Iván dejó escapar una risa al otro lado de la pared. Diane cerró los ojos para imaginar su rostro. Desde el granero solo habían conseguido verse dos veces, siempre durante minutos prestados: una junto al río, mientras Stefany fingía haber perdido un broche; otra detrás del secadero, cuando un cambio de turno dejó el sendero vacío. No se besaron. Habían acordado que cada encuentro serviría para construir el plan, no para olvidar el peligro.

La prudencia había transformado el amor en una profesión clandestina.

—El taller puede esperar —dijo Iván.

—Eso dijiste sobre la cama.

—Podemos fabricar ambas cosas cuando lleguemos.

—Con herramientas que no has incluido.

El lápiz se detuvo.

—Setecientas cuarenta —concluyó Iván—. Para empezar.

Diane sumó las columnas. La cifra era correcta. También era casi absurda. Iván ganaba doce pesetas por semana cuando había suficiente trabajo. Después de comida y alojamiento podía guardar cuatro. Diane no tenía ingresos. Sus joyas valían más, pero venderlas alertaría a Damaris antes de que reunieran la primera bolsa.

—A este ritmo tardaremos tres años —dijo.

—No si yo también gano dinero.

Iván asomó el rostro por encima de la pared.

—¿Cómo?

—Puedo hacer retratos. Ester dice que su tía pagaría por uno de sus hijos. También podría enseñar dibujo a niñas.

—Tu madre se enteraría al recibir a la primera alumna.

—No tendría que venir a casa. Podría utilizar el cuarto trasero de la tienda de Stefany.

—Damaris conoce a media ciudad.

—Y la otra media necesita retratos.

Iván sonrió, pero luego volvió a las cuentas.

—Aunque consiguieras dos encargos al mes, no bastaría.

—No tiene que bastar por sí solo. Tiene que sumarse.

—No quiero que te descubran por reunir unas pocas monedas.

—Y yo no quiero que todo dependa de que arriesgues la vida en un barco.

La frase eliminó la sonrisa de Iván. Diane comprendió que, dentro de la casa imaginada por ambos, él continuaba viéndose como quien la rescataría. Ella no quería ser rescatada. Quería llegar con sus propias llaves.

Anotó veinte pesetas bajo la palabra retratos. Iván no borró la cifra, pero tampoco la incluyó en el total.

—Por eso necesito embarcarme.

La palabra se introdujo por la grieta y ocupó el espacio entre ambos.

—Los marineros ganan más —continuó Iván—. Si consigo una ruta larga, puedo regresar con doscientas pesetas.

—Si regresas.

—Todos los trabajos tienen riesgo.

—No todos desaparecen durante meses dentro del Atlántico.

—Tú desapareces cada jueves durante dos horas y no puedo impedirlo.

Diane cerró el cuaderno.

—No conviertas a Eduardo en respuesta para todo.

—No lo mencioné.

—No necesitabas hacerlo.

Liberto levantó una oreja. Pasos cruzaron el extremo del huerto y luego se alejaron. Ambos guardaron silencio hasta que el cachorro apoyó otra vez el hocico sobre las patas.

—He encontrado una ruta —dijo Iván con voz más baja.

Deslizó un papel por la grieta. Era un mapa rudimentario de la costa occidental de la península. Una línea partía de Santa Lucía, bordeaba Portugal y terminaba en Lisboa. Otra continuaba hacia Madeira.

—El vapor Esperanza sale dos veces al mes —explicó—. Lleva corcho, vino y piezas de maquinaria. Necesitan fogoneros y hombres para cubierta.

—No sabes trabajar una caldera.

—Puedo aprender.

Diane recordó las mismas palabras que había utilizado cuando Damaris se burló de su capacidad para sobrevivir sin criados. En boca de Iván sonaban valientes. También temerarias.

—¿De quién es el barco?

—De una sociedad portuguesa.

—¿Y quién contrata?

—Un reclutador llamado Soria.

—No confío en un hombre que envía desconocidos al mar por una comisión.

—No confías en nadie que pueda sacarme de tu vista.

—Confío menos en quienes prometen devolver lo que se llevan.

Diane desplegó el anuncio copiado. Ofrecía paga adelantada, alojamiento y una bonificación al completar tres travesías. En la esquina inferior, una frase pequeña obligaba a los contratados a cubrir con su salario cualquier herramienta perdida, atención médica o ropa proporcionada durante el viaje.

—Aquí está la trampa —dijo.

—Son condiciones normales.

—Normales no significa justas. Podrías regresar debiendo dinero.

—O regresar con doscientas pesetas.

—¿Has hablado con alguien que haya trabajado para Soria?

—Un fogonero del Aurora.

—¿Regresó con dinero?

Iván tardó en responder.

—Regresó.

—Eso no fue lo que pregunté.

—Le descontaron una consulta médica y botas nuevas.

—De modo que no.

Diane dobló el anuncio. Comprendió que Iván ya conocía el peligro y no se lo había contado porque temía que la prudencia de ella se pareciera otra vez a una cadena.

Iván tomó el mapa desde el otro lado, pero Diane no lo soltó. El papel quedó atrapado en la grieta, sujeto por ambas manos.

—Ven —dijo él.

—¿Adónde?

—Al extremo del muro. Stefany vigila el camino.

Diane rodeó las piedras. Iván la esperaba bajo las ramas de un almendro. La primavera había oscurecido su piel y el trabajo del puerto ensanchado sus hombros. Llevaba el pájaro de madera dentro del bolsillo; el ala incompleta asomaba sobre la tela.

Extendieron el mapa contra el tronco.

—Mira —dijo Iván.

Tomó la mano izquierda de Diane y la abrió. Con la yema del dedo trazó una ruta sobre su palma.

—Santa Lucía aquí. Lisboa junto al pulgar. Si seguimos hacia el sur, Madeira.

El roce producía un cosquilleo leve. Diane observó cómo las líneas naturales de la piel se convertían en costas, ríos y fronteras. La cicatriz de la firma cruzaba una de ellas.

—Y esto —preguntó Iván, tocándola—, ¿qué territorio es?

—El que intentaron comprar.

—No les pertenece.

—Aún condiciona cada camino que tomamos.

Iván cerró los dedos de Diane sobre la ruta imaginaria.

—Cuando cumplas dieciocho, nos iremos.

—Cuando cumpla dieciocho, podré decidir sin que mi padre firme por mí. No significa que podamos partir ese mismo día.

—Otra condición.

—Un plan no es una colección de deseos, Iván.

—Llevamos meses sumando cifras. ¿Cuándo será suficiente?

—Cuando encontremos una forma de proteger la fábrica.

Iván soltó su mano.

—Tu padre te entregó.

—Lo sé.

—Entonces deja que pague por ello.

Diane retrocedió.

—No quiero salvarlo porque crea que es inocente.

—¿Por qué, entonces?

—Porque si Don Guillermo ejecuta la deuda, no castigará solo a Ernesto. Despedirá trabajadores, comprará las tierras por nada y convertirá la tabacalera en otra extensión de sus rutas. No pienso huir dejando que mi madre diga que yo destruí cincuenta y tres hogares.

—Siempre vuelves a esas familias.

—Porque existen.

—Nosotros también.

—No he dicho lo contrario.

—Pero ellos siempre ocupan el primer lugar.

La acusación encontró una parte de verdad y por eso dolió. Diane había imaginado la libertad como una puerta que Iván abriría. Ahora comprendía que él esperaba que la atravesara sin mirar atrás, mientras ella deseaba desmontar la cerradura para que otros también pudieran salir.

—Quiero una vida contigo —dijo—. Pero no quiero construirla sobre las ruinas de todos los demás.

—Las ruinas ya existen. No las hicimos nosotros.

—Eso no significa que debamos aumentarlas.

Iván se alejó del almendro. Liberto se puso de pie, inquieto por el cambio de sus voces.

—Eduardo te ha llenado la cabeza de negocios.

—Eduardo me escucha cuando hablo de ellos.

El silencio posterior fue inmediato.

Diane deseó retirar la frase. No porque fuera falsa, sino porque sabía dónde heriría.

Iván miró hacia el camino.

—Yo también te escucho.

—Me escuchas hasta que mi respuesta no coincide con la tuya.

—Y tú has empezado a hablar como si solo él comprendiera el mundo.

Stefany silbó desde el lindero. La señal de separarse.

Iván guardó el mapa.

—No quiero pelear contigo.

—Entonces no conviertas cada desacuerdo en una elección entre él y tú.

—Para mí, el contrato ya lo hizo.

Se acercó y besó la frente de Diane. El gesto fue tierno, pero contenía una despedida pequeña, anticipada.

—Terminaré el ala —dijo, tocando el pájaro del bolsillo—. Con o sin barco.

Diane regresó a la casa con el cuaderno contra el pecho. Setecientas cuarenta pesetas. Tres años de ahorro. Diecisiete meses antes de la boda. Ninguna de las cifras obedecía al amor.

Esa noche encontró una carta bajo la maceta del invernadero.

Iván la había escrito antes de su discusión.

«Soria estará en la taberna del Ancla el viernes. No he aceptado nada. Solo quiero escucharlo.»

Diane leyó la última línea hasta que las letras comenzaron a parecerse a pequeños barcos alejándose.

Al día siguiente, Iván aceptó conversar con el reclutador del puerto.

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