Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.
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Capítulo 10
Cap 10: El Alpha que espero la respuesta
Gabriel no entró a la casa de los Rojas esa noche.
Camila pensó que lo haría.
Después de la audiencia, después de caminar a su lado hasta la puerta, después de verla subir los tres escalones como si cada uno fuera una pequeña guerra, lo normal en un alfa habría sido cruzar el umbral, inspeccionar la casa, dar órdenes, decidir quién podía acercarse y quién no.
Gabriel se quedó afuera.
—Los guardias permanecerán hasta mañana —dijo.
Camila apoyó una mano en el marco de la puerta.
El hueco bajo sus costillas, donde el gancho del juramento se había roto, ardía con cada respiración. No quería que se notara.
Naturalmente, Gabriel lo notó.
—No está respirando bien.
—Estoy respirando con discreción.
—Eso no existe.
—Entonces estoy inventando.
La boca de Gabriel se movió apenas.
—Descanse.
—¿Eso es una orden?
—No.
—Bien.
El silencio se estiró.
Marta estaba detrás de la puerta, fingiendo con muy poco talento que no escuchaba. Nico ni siquiera fingía; su sombra era visible bajo la ventana.
Gabriel bajó la voz.
—Mañana necesito hablar con usted.
Camila sintió a su loba levantar la cabeza.
—¿Sobre el Refugio Niebla?
—Sobre Vega. Sobre Sierra Clara. Sobre una salida legal que puede protegerla antes de que el juicio completo empiece.
—Eso suena caro.
—No en dinero.
Camila lo miró.
La luz de la calle le marcaba el cansancio en la cara. La herida bajo el abrigo no sangraba, pero su aroma seguía manchado de plata. Gabriel Serrano, alfa juez de Sierra Clara, había recibido un cuchillo por ella y aún así le pedía hablar mañana, no decidir ahora mientras ella estaba débil.
Eso era peligroso.
La decencia, descubría Camila, podía ser mucho más peligrosa que la violencia. La violencia al menos avisaba.
—Mañana —aceptó.
Gabriel inclinó la cabeza.
—Buenas noches, Camila.
—Buenas noches, alfa Gabriel.
—Gabriel.
—Todavía no.
Él se fue con esa casi sonrisa suya.
Camila cerró la puerta y encontró a Marta con los ojos brillantes.
—No digas nada —advirtió.
Marta apretó los labios.
Nico levantó la mano.
—¿Yo puedo?
—Tampoco.
—Pero caminaba como si le doliera y aún así te trajo hasta aquí.
—Nico.
—Y no entró. Eso fue raro. Los alfas siempre entran.
Camila se quitó los zapatos.
—Este no.
Marta suspiró.
—Eso es lo que preocupa.
Camila no preguntó qué quería decir. Lo sabía. Un hombre brutal era fácil de odiar. Un hombre poderoso que se quedaba en la puerta porque entendía que una casa pobre también tenía fronteras... ese podía meterse bajo la piel sin pedir permiso.
Durmió mal.
El dolor del juramento roto iba y venía como fiebre. No era insoportable, pero era extraño. A veces sentía el pecho demasiado grande. A veces, demasiado vacío. Su loba caminaba en círculos dentro de ella, inquieta, olfateando hacia la ventana cada vez que el viento traía un rastro de abeto desde la esquina.
Al amanecer, Camila se levantó y preparó masa.
Marta la encontró amasando tortillas con una mano vendada y cara de pocos amigos.
—¿No deberías descansar?
—Estoy descansando de pensar.
—Eso no parece descanso.
—Para mí sí.
Marta no discutió. Puso café a hervir.
A media mañana, Gabriel llegó con un médico de Sierra Clara, un archivista, dos carpetas y ninguna intención de fingir que era una visita social.
Camila lo recibió en el patio.
—Trajo media oficina.
—Me contuve.
—Eso es peor.
El médico revisó primero su mano y después el pulso, el color de los ojos, la respiración. Era una mujer mayor llamada Teresa, beta por aroma, con manos firmes y cero paciencia para dramatismos.
—Ruptura limpia de gancho residual —dictaminó—. Dolerá dos días. Si tiene fiebre, llama. Si se desmaya, llama. Si decide ser valiente y no llamar, le diré al alfa que es mala paciente.
Camila miró a Gabriel.
—Su gente amenaza raro.
—Funciona.
Teresa le cambió el vendaje y revisó a Gabriel de pie, porque él intentó decir que no hacía falta sentarse y la beta le puso una mano en el hombro con una familiaridad que hizo pensar a Camila que no cualquiera en Sierra Clara le tenía miedo al alfa.
—La plata entró más hondo de lo que admitió —dijo Teresa.
—Estoy bien.
—Eso no es diagnóstico, es arrogancia.
Camila mordió una sonrisa.
Gabriel la vio.
—No ayude.
—No dije nada.
—Lo pensó.
—Eso no está prohibido por el tribunal.
Teresa miró a uno y a otra. Luego guardó sus cosas con una expresión demasiado satisfecha.
—No hagan esfuerzos innecesarios, ninguno de los dos.
Marta, desde la cocina, dejó caer una cuchara.
Camila se puso de pie tan rápido que el pecho le dolió.
—¡Teresa!
La beta sonrió.
—Me refería a asuntos legales. Por supuesto.
Gabriel cerró los ojos un instante.
Camila decidió que le agradaba Teresa y que debía mantenerse lejos de ella por supervivencia.
Cuando quedaron solos en el patio, el archivista extendió documentos sobre la mesa coja. Papeles, sellos, mapas de jurisdicción, registros de juramentos, una copia del fallo provisional.
Camila miró todo eso.
—Si me va a decir que necesito estudiar leyes antes del almuerzo, voy a morder a alguien.
—No necesita estudiar leyes —dijo Gabriel—. Necesita decidir si quiere usar una.
Camila se sentó.
—Explique.
Gabriel tomó la carpeta principal.
—La manada Vega perdió el reclamo inmediato, pero puede iniciar un juicio largo sobre irregularidades del juramento de servicio. Mientras ese juicio exista, Damián no puede acercarse, pero Beatriz puede presionar a su familia, cuestionar su reputación, bloquear el trabajo y usar a intermediarios.
—Eso ya lo hacía sin juicio.
—Ahora lo hará con abogados.
—¡Qué progreso tan desagradable!
Él casi sonrió.
—Hay tres formas de blindarla. Una: protección prolongada del tribunal. La mantiene bajo la jurisdicción de Sierra Clara, pero sin integrarla a la manada.
—Suena como estar guardada en una caja con un sello bonito.
—Puede sentirse así.
—Siguiente.
—Dos: adopción legal del grupo. Sierra Clara la acepta como loba protegida independiente.
—¿Eso me obliga a obedecerlo?
—No más que a cualquier miembro de la manada.
—Eso no fue un no.
—No.
Camila apreció que no mintiera.
—Tercera.
Gabriel dejó la carpeta sobre la mesa.
No la abrió enseguida.
El aire cambió antes de que hablara.
—Unión legal del grupo.
Marta dejó de mover cosas en la cocina.
Nico, que supuestamente estudiaba dentro, hizo un ruido ahogado.
Camila miró a Gabriel.
—Matrimonio.
—Sí.
—Con usted.
—Sí.
La palabra fue simple.
Ridículamente simple.
Camila sintió que la loba bajo su piel se quedaba quieta, no por miedo sino por atención absoluta.
—Dijo que no debía buscar marido como cerrojo.
—Lo mantengo.
—Pero ahora trae una cerradura con papeles.
—Traigo una opción.
—Muy conveniente.
—Sí.
La honestidad la desarmó más de lo justo.
Camila cruzó los brazos.
—¿Qué gana usted?
—Jurisdicción clara para protegerla. Acceso legal completo a los registros que Vega intentó ocultar. Una forma de evitar que usen su reputación como arma durante el juicio.
—Eso gana Sierra Clara. Pregunté qué gana usted.
Gabriel guardó silencio.
Camila supo entonces que ahí estaba el verdadero borde.
—Alfa Gabriel.
—Gabriel —corrigió él, más bajo.
Ella no cedió.
—¿Qué gana usted?
El aroma de abeto se hizo más profundo. No invasivo. Presente.
—La posibilidad de mantenerla viva sin convertir cada ayuda en una batalla jurídica.
—Eso también es Sierra Clara.
—No.
Camila dejó de respirar un segundo.
Gabriel apoyó las manos sobre la mesa, lejos de las suyas.
—Ayer, cuando rompió el juramento, mi lobo quiso acercarse. En el Refugio Niebla, cuando la hoja vino hacia usted, no pensé. Me moví. Eso no es solo ley.
La cocina estaba muerta de silencio.
Nico probablemente había dejado de existir por pura tensión.
Camila notó el pulso en su propia garganta.
—¿Está diciendo que soy su pareja destinada?
Gabriel no apartó la mirada.
—Estoy diciendo que mi lobo la reconoce.
El mundo se volvió demasiado pequeño.
El patio. La mesa. La carpeta. La mano vendada de Camila. El vendaje oculto de Gabriel. Marta detrás de la puerta. Nico escuchando. La ciudad afuera sin saber que una palabra podía cambiar la gravedad de una vida.
—¿Y usted?
La pregunta salió en un hilo.
Gabriel tardó en responder.
—Yo estoy intentando darle tiempo antes de que esa palabra tome más espacio que su libertad.
Camila sintió un golpe en el pecho.
No era romance suave.
Era algo peor: respeto en el lugar exacto donde ella esperaba una cadena.
—Si acepto —dijo despacio—, ¿sería su esposa?
—Legalmente, sí.
—¿Su luna de la manada?
—Candidata, hasta que Sierra Clara la reconozca.
—¿Su pareja destinada?
Gabriel inhaló.
—Solo si usted decide reconocerlo.
—¿Y la marca de la mordida?
La palabra salió como si quemara.
Gabriel se enderezó.
—No. No ahora. No como condición. No como pago. No hasta que usted lo pida sabiendo exactamente qué significa.
Camila miró sus propias manos.
Había buscado un marido como cerrojo. El cerrojo acababa de mirarla a los ojos y decirle que no se cerraría sobre ella.
Eso era intolerablemente conmovedor.
Naturalmente, Camila respondió con sospecha.
—¿Y si acepto solo por protección?
—Entonces acepto protegerla.
—¿Y si después quiero irme?
—Habrá términos.
—¿Términos?
—Propios. Escritos por usted. Revisados por alguien que no dependa de mí.
Camila miró hacia la cocina.
—Mamá, respira.
Marta soltó un sollozo pequeño.
Nico gritó desde dentro:
—¿Puedo ser testigo?
—¡No! —dijeron Camila y Marta al mismo tiempo.
Gabriel bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Camila lo vio y, por primera vez, no quiso pelearle esa sonrisa.
No mucho.
—Necesito pensar.
—Lo sé.
—Sola.
—Lo sé.
—Y comer.
—También lo supuse.
Camila se levantó.
El hueco del juramento roto ya no ardía tanto. O quizás había otro calor cubriéndolo.
—Vuelva mañana.
Gabriel recogió las carpetas, pero dejó una sobre la mesa.
—Ésa es para usted. Explica cada opción. Sin firmas escondidas.
—La revisaré.
—Camila.
Ella lo miró.
—No necesita escogerme para seguir bajo protección.
La frase la siguió incluso después de que Gabriel se fue.
Esa noche, Camila leyó cada página.
Después escribió una lista de condiciones.
La lista tuvo diecisiete puntos.
El punto uno decía:
«Nadie, ni siquiera mi esposo, puede hablar por mí si estoy presente».
El punto dos:
«La cocina que use será mía mientras dure la unión».
El punto tres:
«No habrá marca de mordida sin mi solicitud expresa».
El punto diecisiete lo escribió al final de la madrugada, cuando el café ya estaba frío y su loba seguía mirando hacia la ventana.
«Si esto deja de ser una puerta abierta, tendré derecho a irme».
Camila dejó la pluma.
Por primera vez, la palabra «esposa» no le supo a jaula.
Le supo a riesgo.
Y, ¡maldita fuera su loba despierta!, a abeto bajo la lluvia.