Yael Yúnez tiene veinte años, cabello plateado, y un secreto que lo mantiene caminando en la cuerda floja: a los dieciocho se casó con su "hermano mayor", León Luján — el heredero que abandonó una fortuna familiar para estar con él.
Ahora León es el CEO de LX Capital, la firma de inversiones más temida de Ciudad del Valle. También es el nuevo patrono de UniValle, la universidad donde Yael estudia artes. Nadie sabe que el empresario de mirada glacial llega cada noche a casa a cocinarle pasta a un chico de pelo plateado que le pone apodos ridículos en WhatsApp.
Pero los secretos no duran para siempre.
Cuando una foto se viraliza, cuando los empleados de LX empiezan a murmurar sobre "la pareja del jefe", y cuando un hombre del pasado de León aparece con una obsesión peligrosa por Yael... el matrimonio oculto empieza a resquebrajarse.
Gonzalo Luján — hermanastro de León, vicepresidente del imperio que León rechazó — lleva años observando a Yael en silencio. Y ahora está decidido a tomar todo lo que León tiene: su empresa, su posición... y su esposo.
"Quiero que te divorcies de él."
"Señor Luján, la clínica psiquiátrica queda a dos cuadras. Todavía hay camas disponibles."
En medio del caos, Yael descubrirá la verdad que León siempre le ocultó: por qué se fue dos años, por qué nunca volvió a su familia, y qué fue exactamente lo que sacrificó — todo por un chico que ni siquiera sabía lo amado que era.
Contenido:
🔥 CEO posesivo que se derrite solo por su esposo
💍 Matrimonio secreto (¡ya están casados desde el capítulo 1!)
😭 "Te hago llorar pero después te consiento"
⚡ Villano obsesivo + drama familiar + plot twists
💕 Tres parejas, todas adorables
🌶️ Escenas subidas de tono (con mucho amor)
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Capítulo 3
Capítulo 3
Compañeros de cuarto
—¿Quién te manda tantos mensajes?
Quique no lo preguntó como quien quiere chisme.
Lo preguntó como quien ya estaba preparando una intervención familiar, un interrogatorio y, si hacía falta, una denuncia moral ante la humanidad.
Yael sostuvo la libreta contra el pecho.
—Mi proveedor de pinceles.
—Tu proveedor de pinceles te llama "mi amor" con corazón.
—Es una estrategia de fidelización.
—Yael.
Cuando Quique decía su nombre así, sin bromas, era porque se activaba esa parte suya que creía que todos los hombres eran sospechosos hasta demostrar lo contrario. Y, para ser justos, Yael no podía culparlo. Quique lo había visto aceptar citas desastrosas en primer semestre solo para descubrir que el tipo quería presumirlo en Instagram como "el chico del cabello de plata". Desde entonces, Quique trataba su vida amorosa como zona de riesgo.
El detalle era que no había vida amorosa pública que proteger.
Había un esposo.
Un esposo que probablemente ya estaba mirando el celular con la ceja levantada porque Yael le había colgado.
—Es complicado —dijo.
—Las matemáticas son complicadas. Esto es sospechoso.
—¿Puedes bajar la voz?
Quique miró alrededor. Algunos compañeros fingían pintar con demasiado interés. Mariana, desde dos mesas atrás, tenía una oreja prácticamente inclinada hacia ellos.
—Perfecto —murmuró Quique—. Entonces sí hay algo.
—Hay una clase. Y una profesora. Y tú estás arruinando mi proceso creativo.
—Tu proceso creativo lleva quince minutos dibujando a un señor de traje con espalda de millonario.
Yael bajó la vista al boceto.
Maldita línea de hombros.
Antes de que pudiera defenderse con otra mentira inútil, una libreta negra se deslizó sobre su mesa. En la portada, dibujado con tinta plateada, había un monstruo pequeño con cara de cansancio existencial.
—Si van a pelear, háganlo más bajo —dijo Félix Pardo, ocupando el banco del otro lado—. Estoy tratando de decidir si mi protagonista descubre que el villano es su prometido o su contador.
Quique frunció el ceño.
—¿Por qué tendría contador?
—Porque el terror fiscal es más realista.
Yael señaló a Félix con gratitud.
—Gracias. Eso sí es arte.
Félix lo observó con sus ojos tranquilos, esos ojos de persona que parecía no meterse en nada y, sin embargo, siempre veía todo.
—También vi el corazón en tu pantalla.
—Traidor número dos —susurró Yael.
—No te estoy juzgando. Solo estoy recolectando referencias.
—No soy material para tu manga.
Félix abrió su libreta en una página llena de bocetos: un chico de cabello claro siendo perseguido por un dragón con corbata.
Yael se inclinó.
—Ese dragón se parece a alguien.
—Todos los dragones se parecen a alguien si tienen suficiente dinero.
Quique golpeó la mesa con dos dedos.
—No cambien de tema. Yael, dime que no estás saliendo con un tipo raro.
—No estoy saliendo con un tipo raro.
La frase era técnicamente cierta. León no era "un tipo". Era su marido. Y raro, bueno, dependía de cuánto se considerara raro mandar informes nutricionales por medio de Simón.
El celular volvió a vibrar.
Yael no lo miró.
Quique sí.
Félix también.
Los tres se quedaron en silencio un segundo.
—Contesta —dijo Quique.
—No.
—Si no contestas, voy a pensar lo peor.
—Tú siempre piensas lo peor. Es tu ejercicio cardiovascular.
—Yael.
La profesora de composición pidió entregar avances al final de la clase. El murmullo del salón subió, dándoles unos segundos de cobertura. Yael tomó el celular con cuidado.
Tres mensajes.
Mi amor ❤️: "¿Por qué colgaste?"
Mi amor ❤️: "¿Todo bien?"
Mi amor ❤️: "Respóndeme, bebé."
Yael sintió una patada de ternura justo en las costillas. León podía dar miedo a banqueros, socios y gente que usaba corbatas carísimas para mentir, pero si Yael no respondía en dos minutos, se le rompía la calma.
Escribió rápido.
Yael: "Estoy vivo. Quique vio el contacto."
La respuesta tardó menos de cinco segundos.
Mi amor ❤️: "¿Quieres que hable con él?"
Yael casi dejó caer el celular.
Yael: "¡NO!"
Mi amor ❤️: "No uses mayúsculas conmigo, mi cielo."
Yael: "No amenaces con venir a mi salón."
Mi amor ❤️: "Todavía no lo amenacé."
Eso, en idioma León, significaba que ya lo estaba considerando.
—¿Por qué pusiste esa cara? —preguntó Quique.
—Porque recordé que la vida es frágil.
Félix, sin levantar la vista de su dibujo, murmuró:
—El dragón va a aparecer en el campus.
—Cállate.
La puerta del taller se abrió con un golpe suave y entró Luca Luján como si el horario universitario fuera una sugerencia decorativa. Llevaba la mochila abierta, una sudadera negra y el cabello en ese desorden caro que solo podía salir de dormir tarde en una casa con demasiadas almohadas.
—Buenos días, sufridos artistas —anunció—. Vengo de sistemas, donde no hay alma, solo código y profesores que creen que uno desayuna algoritmos.
La profesora lo miró desde el frente.
—Señor Luján, llega tarde.
Luca juntó las manos.
—Profe, técnicamente llego con intención educativa.
—Siéntese.
—Sí, profe.
Luca cruzó el salón y se dejó caer frente a Yael. Quique lo saludó con un movimiento de barbilla; Félix le giró la libreta para mostrarle el dragón con corbata.
—Ese es mi hermano —dijo Luca sin dudar.
Yael le pateó el tobillo debajo de la mesa.
Luca hizo una mueca.
—Digo, un concepto. Un arquetipo. El capitalismo con alas.
Quique entornó los ojos.
—¿Por qué tú sabes de quién hablan?
—Porque soy culto.
—Tú reprobaste historia del arte.
—Por razones políticas.
Félix dibujó una pequeña corona sobre el dragón.
—Definitivamente es de familia rica.
Yael se tapó la cara con una mano. Luca lo miró por encima de la mesa, divertido, y luego bajó la voz lo suficiente para que solo él lo oyera.
—¿Qué hiciste ahora, cuñadito?
Yael le clavó la mirada.
—No me digas así aquí.
—Relájate. Quique cree que dije "cuadrito".
—No soy un cuadrito.
—Con esa cara, sí.
Yael quería odiarlo, pero Luca tenía esa utilidad peligrosa de los cómplices: podía empeorar cualquier situación y, al mismo tiempo, salvarlo de ella con una estupidez más grande.
Quique seguía observándolos.
—Ustedes dos se traen algo.
—Sí —dijo Luca—. Un proyecto.
—¿De qué?
—De sobrevivir al semestre.
Félix levantó la mano sin entusiasmo.
—Yo también estoy en ese proyecto.
—Perfecto —dijo Luca—. Equipo formado. Yael, tú pones la cara bonita para pedir prórrogas; Félix dibuja; Quique amenaza a quien nos moleste; yo aporto carisma.
—¿Y trabajo? —preguntó Quique.
Luca se llevó una mano al pecho.
—Qué agresivo amaneciste, hermano.
La clase terminó entre risas, pintura y una profesora que decidió ignorarlos por salud mental. Cuando salieron al pasillo, el sol ya llenaba el patio central de UniValle. Estudiantes cruzaban con mochilas, vasos, carpetas de arquitectura y esa energía de quien aún creía que el semestre podía salir bien.
Quique caminó junto a Yael, todavía sin soltar el tema.
—No creas que me distrajeron.
—Yo sí creo.
—Quiero conocerlo.
Yael tropezó con nada.
—¿A quién?
—Al de los mensajes.
Luca, detrás de ellos, empezó a toser de una forma muy falsa. Félix lo miró como si acabara de encontrar otra escena para su manga.
—No hay nada que conocer —dijo Yael.
—Si te manda tantos mensajes, sí.
—Quique, respira.
—No voy a dejar que un tipo con contacto de corazón te traiga como idiota.
Yael sintió algo cálido subirle por el pecho. Quique podía ser intenso, metiche y una amenaza para la privacidad, pero lo quería de verdad. Lo quería tanto que estaba listo para pelear contra un desconocido imaginario sin saber que ese desconocido podía comprar el edificio donde estudiaban.
—Estoy bien —dijo Yael, más suave—. De verdad.
Quique lo observó, buscando grietas. Al no encontrarlas, chasqueó la lengua.
—Más te conviene.
Luca aprovechó el segundo de calma para agarrar a Yael del brazo y jalarlo un paso atrás.
—Hablando de estar bien —susurró—, mi hermano me escribió.
Yael cerró los ojos.
—No.
—Sí.
—Dime que no va a hacer una locura.
Luca miró el mensaje en su celular, luego a Yael, con una mezcla de diversión y miedo genuino.
—Dice que, si te saltas el almuerzo otra vez, viene al campus.