Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.
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Capítulo 10
Cap 10: Las Garras de Doña Milagros
—A partir de hoy, yo administraré la distribución de hierbas, el cobro de rentas de territorio y la organización de los banquetes de la manada. —Doña Milagros lo anunció desde lo alto de la escalinata principal de Hacienda Ríos, ante sirvientes y guardias—. Una Luna que ha sido rechazada no tiene derecho a tocar nada de esta manada.
El patio entero se quedó en silencio. Val, de pie unos escalones más abajo, sintió el peso de cada mirada posándose sobre ella, esperando su reacción.
No le dio ninguna que valiera la pena mirar.
—Tiene razón, Doña Milagros. —Su voz salió serena, casi cortés—. El rechazo me quita el título de Luna. No discuto eso.
Un murmullo de sorpresa recorrió a los presentes. Doña Milagros entrecerró los ojos, desconfiando de la facilidad con la que Val cedía.
—Me alegra que por fin entiendas tu lugar.
—Pero mis recursos propios —continuó Val, sin alterar el tono—, los que traje como dote hace tres años, esos siguen siendo míos. Ningún rechazo cambia eso. La ley de la manada es clara al respecto, y estoy segura de que usted, con tantos años de experiencia, lo sabe mejor que nadie.
El rostro de Doña Milagros cambió apenas. Fue un parpadeo rápido, pero Val lo vio. Había pánico, aunque la mujer intentó cubrirlo con indignación.
Porque ya casi no quedaba nada de esos recursos. Doña Milagros los había vaciado poco a poco, mes tras mes, convencida de que Val jamás se atrevería a pedir cuentas, o que si lo hacía, ya sería demasiado tarde.
—Por supuesto —dijo Doña Milagros, recomponiéndose con una sonrisa tensa—. Nadie va a tocar lo que es tuyo, muchacha. Solo administraré lo que corresponde a la manada.
—Se lo agradezco. —Val inclinó la cabeza—. Entonces no habrá inconveniente en que revise los registros cuando lo desee. Solo para mi tranquilidad.
—Cuando gustes. —La sonrisa de Doña Milagros no le llegó a los ojos.
Val ya sabía que encontraría cualquier excusa para negarle esa revisión llegado el momento. No importaba. Los libros que necesitaba ya estaban copiados, letra por letra, cifra por cifra, guardados bajo llave en un lugar que ni Sofía conocía por completo.
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Esa tarde, mientras el patio volvía a su ritmo normal, un hombre mayor de espalda encorvada y manos manchadas por décadas de trabajo se acercó a Val junto a los establos. Fingía revisar una rueda de carreta.
Era el viejo Delta que llevaba treinta años sirviendo a la casa Ríos. Nunca hablaba más de lo necesario. Por eso, cuando abrió la boca sin que ella le preguntara nada, Val supo que debía escucharlo.
—Doña Valentina. —Su voz era apenas un susurro ronco, los ojos fijos en la rueda—. Hay algo que debería saber.
—Te escucho.
—Doña Milagros mandó preparar una de las habitaciones del ala este. La que da al jardín privado. —El viejo pasó un trapo sobre el eje de la rueda, sin apurarse—. Es para su sobrina. La señorita Mónica.
Val sintió que algo se le tensaba en el estómago, aunque su rostro no cambió.
—¿Cuándo llega?
—Antes de fin de mes, según escuché. —El hombre bajó aún más la voz—. Y las criadas hablan. Dicen que Doña Milagros ya le insinuó al joven Sebastián que una concubina no sería mal vista, ahora que ya no hay Luna que se lo impida.
Val cerró los ojos un instante y respiró despacio. No sentía celos. Sentía una calma fría. Doña Milagros seguía moviendo a todos y creía que nadie se daba cuenta.
—Gracias por decírmelo.
—No es nada, Doña Valentina. —El viejo se enderezó, con una mueca que quería ser sonrisa—. Usted siempre fue justa con nosotros. Los de abajo no olvidamos eso.
Val observó al hombre alejarse hacia los corrales, y en cuanto estuvo sola, sacó del bolsillo interior de su chal un pequeño cuaderno de tapas oscuras, distinto del libro de cuentas. Anotó la fecha, el nombre de Mónica, la palabra "concubina" subrayada con una línea firme.
Otra prueba de que Doña Milagros nunca dejaría de intentar recuperar un poder que ya no le pertenecía.
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Ya de noche, Val regresó al Ala de Orquídeas agotada, con la cabeza llena de cifras y nombres.
Abrió la puerta de su habitación y se detuvo en seco.
El alféizar de la ventana, que llevaba semanas recibiendo una sola flor de luna silvestre cada pocos días, ahora estaba cubierto por un ramo entero. Docenas de flores pálidas llenaban la habitación con una luz suave.
Val cruzó la habitación despacio, casi sin atreverse a respirar, y entre los tallos encontró una nota nueva, doblada en tres, escrita con la misma letra firme y angulosa que reconocía ya de memoria.
"No estás sola."
Val se quedó mirando las palabras un largo rato. Después presionó la nota contra su pecho, justo sobre el colgante de piedra lunar.
Dentro de ella, su loba interior dejó escapar un ronroneo bajo, satisfecho.
Val no supo si la sensación que le subía por el pecho era miedo o esperanza. Tal vez las dos cosas.
Pero por primera vez en tres años, no se sintió completamente sola en esa casa.
se jodió esto
por fin ya era hora