Mil Montañas entre Nosotros
— o La Jaula de Cristal —
Nieves Solano tiene dieciocho años, los padres muertos y ningún lugar al que ir.
Cuando Adrián Montalvo —el CEO más temido de Ciudad de México— le ofrece un trato, ella no tiene opción: vivir en su penthouse de Polanco a cambio de que su tío no termine en prisión. Lo que él no le dice es por qué. Lo que ella no imagina es que ese hombre guarda un odio antiguo contra su familia… y un secreto mucho más peligroso que el odio.
Durante tres años, Nieves sobrevive entre las paredes de cristal de un departamento que parece un palacio y se siente como una cárcel. Adrián es frío, controlador y cruel. Pero a veces —solo a veces— ella descubre grietas: un perro llamado Cariño que solo ella puede acariciar, flores frescas que aparecen cada semana en su habitación, y un celular privado que guarda únicamente su nombre.
Cuando por fin recupera su libertad, Nieves jura no volver jamás.
Pero el destino no ha terminado con ella.
Un favor desesperado la lleva de regreso a sus brazos. Un pacto de treinta días. Una casa de playa donde el hombre que la destruyó le muestra, por primera vez, quién es realmente. Y una red de mentiras tejida por la esposa de él —Regina Valcárcel— que amenaza con destruirlos a ambos.
Cuando la verdad explote, Nieves tendrá que elegir: salvar al hombre que la enjauló… o salvarse a sí misma.
Y en el fondo de una maleta vieja, un celular esconde tres palabras que él nunca tuvo el valor de decir en voz alta.
Género: Dark Romance / CEO Romance / Drama
Tono: Angst · Slow Burn · Enemies-to-Lovers
Contenido: Temas maduros (16+). Relaciones tóxicas, coerción, trauma. No apto para lectores sensibles.
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Capítulo 23
Capítulo 23. La otra
Camila no pidió permiso para entrar nunca.
Santiago pidió un taxi desde Fundidora y pasó casi todo el camino contestando mensajes. No se disculpó cada dos segundos, y eso me dijo que la situación era real. Tenía esa concentración de quien ya está acostumbrado a resolver emergencias con una mano y sostener la culpa con la otra.
—Si quieres, puedo irme al hostal —dije.
Levantó la vista de inmediato.
—No.
Fue demasiado rápido.
—Santiago.
—Perdón. No quise sonar... —se pasó una mano por el cabello—. Es mi abuela. Camila me avisó que el médico pidió unos estudios y el seguro está poniendo trabas.
—No tienes que explicarme.
—Sí tengo.
El taxi avanzó por avenidas amplias, bajo un cielo naranja. Monterrey se veía más duro al atardecer, más metálico. Las montañas parecían vigilarlo todo.
—Camila conoce a alguien en administración del hospital —añadió—. Ha estado ayudando.
Ayudando.
La palabra era inocente. Mi estómago no.
El hospital privado donde estaba Doña Carmen olía a desinfectante caro y café de máquina. Santiago entró con una familiaridad cansada: saludó al guardia, preguntó por enfermería, firmó un registro. Yo caminé a su lado sintiéndome intrusa en una vida que él había construido sin mí.
En la sala de espera, una mujer se levantó al vernos.
Camila Estrada.
La reconocí antes de que mi memoria terminara de alcanzarla.
Julieta.
Ya no era la chica de pestañas largas en la segunda fila de la preparatoria. Era más delgada, más pulida, con un vestido claro bajo un saco azul marino y el cabello recogido en una cola baja. Seguía siendo hermosa, pero ahora su belleza no pedía atención: la administraba.
—Santiago —dijo.
Su voz sonó suave, pero sus ojos pasaron de él a mí en menos de un segundo.
Ahí estuvo.
El reconocimiento.
La sorpresa.
Algo más.
—Nieves —añadió.
—Camila.
Nos saludamos con un beso al aire que no tocó piel. Santiago pareció no notar la distancia exacta entre nuestros cuerpos.
—¿Qué dijo el médico? —preguntó él.
Camila abrió una carpeta.
—Doña Carmen está estable, pero quieren repetir tomografía y laboratorio. El seguro no quería autorizar hoy porque el código de ingreso está mal cargado. Ya hablé con administración. Necesito tu firma aquí y aquí.
Le señaló dos páginas con pestañas adhesivas.
Santiago tomó la pluma.
—Gracias.
—No me agradezcas hasta que lo aprueben.
Hablaban como gente que ya había pasado por esto muchas veces. Ella sabía dónde firmar, a qué extensión llamar, qué enfermera estaba de turno. Él confiaba. No con la emoción de un hombre enamorado, quizá, pero sí con la tranquilidad de alguien que entrega una parte urgente de su vida a otra persona.
Eso también dolía.
—¿Quieres ver a mi abuela? —me preguntó Santiago.
No estaba preparada, pero asentí.
Doña Carmen dormía en una habitación luminosa, con una cobija tejida sobre las piernas. Era más pequeña de lo que la había imaginado. Santiago se acercó a la cama y le acomodó el cabello con una delicadeza que me hizo mirar hacia otro lado.
—Abuelita —susurró—. Mira quién vino.
Doña Carmen abrió los ojos despacio.
Me tomó un momento darme cuenta de que me reconocía.
—La niña de las trenzas —dijo.
El pecho se me apretó.
—Hola, Doña Carmen.
—Ya no tienes trenzas.
—No.
—Pero sigues flaquita.
Santiago se rió bajo.
—Abuela.
—¿Qué? Es verdad.
Camila, desde la puerta, sonrió.
—Doña Carmen dice lo que todos piensan.
La frase fue ligera. Todos se rieron un poco.
Yo también.
Pero noté que Camila sabía exactamente cuándo hablar para pertenecer a esa habitación.
Yo no.
Mientras Santiago conversaba con su abuela, Camila salió al pasillo para tomar una llamada. La escuché decir "sí, doctor", "no, el familiar ya firmó", "por favor mándeme copia". Eficiente. Educada. Necesaria.
Cuando regresó, traía dos vasos de agua.
Uno para Santiago.
Otro para mí.
—Debes estar cansada del viaje —dijo.
—Un poco.
—Monterrey agota a quienes vienen de CDMX. Aquí el sol no negocia.
—Ya lo noté.
Me dio el vaso. Sus dedos estaban fríos.
Santiago miró entre nosotras.
—Ustedes no se veían desde la preparatoria, ¿verdad?
—Desde antes de que te fueras —dijo Camila.
—Desde antes de muchas cosas —añadí.
La sonrisa de Camila no cambió.
—Sí.
Doña Carmen volvió a dormirse y salimos para dejarla descansar. En el pasillo, Santiago recibió otra llamada del seguro y se alejó unos metros. Camila y yo quedamos junto a una máquina expendedora que zumbaba demasiado fuerte.
—No sabía que vendrías —dijo.
—Yo tampoco.
—Santiago habló de ti durante años.
No supe si era una cortesía o un cuchillo.
—¿Sí?
—Al principio, mucho. Después menos.
Ahí estaba el filo.
No levantó la voz. No necesitaba.
—Supongo que todos dejamos de hablar de algunas cosas —respondí.
Camila me miró de arriba abajo, no con descaro, sino con una precisión que me recordó a los comentarios del escándalo en La Nacional. Evaluando ropa, cansancio, cicatrices invisibles.
—Has cambiado.
—Tú también.
—Yo sí tuve tiempo.
La frase cayó entre nosotras.
Antes de que pudiera responder, Santiago volvió.
—Ya quedó autorizado —dijo, aliviado—. Camila, de verdad, gracias.
Ella se volvió hacia él y la expresión se le suavizó de inmediato.
—Para eso estamos.
Estamos.
No "estoy".
La palabra me siguió hasta la cafetería del hospital, donde Santiago insistió en comprarme un sándwich porque había notado que no cené. Camila se sentó frente a nosotros, revisando mensajes, aportando información sobre horarios, médicos, pagos. Parecía parte del mecanismo de la vida de Santiago.
Yo era la visita inesperada.
—¿Cuándo regresas a CDMX? —preguntó Camila.
—Mañana.
—Qué poco.
—Tengo clases.
—Claro. La Nacional.
No dijo nada más al principio, pero la forma en que pronunció el nombre me hizo pensar que sabía del escándalo.
Luego dejó el celular sobre la mesa, boca abajo.
—Vi algo en redes —dijo—. No quise preguntar antes porque no sabía si era prudente.
Santiago levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
—Nada importante —respondí demasiado rápido.
Camila inclinó apenas la cabeza.
—No parecía nada. La gente puede ser muy cruel cuando tiene una pantalla de por medio.
La frase era correcta.
También era perfecta.
Demasiado.
—Sí —dije—. Puede.
Santiago me miró con preocupación.
—Nieves...
—Luego te cuento.
Mentira.
Otra más.
Camila tomó su vaso de agua y bebió un sorbo mínimo, como si acabara de confirmar algo.
Santiago no lo notó. O fingió no notarlo.
Cuando salimos del hospital, Camila se despidió primero de él. Le tocó el brazo, apenas, con una confianza que no necesitaba permiso.
—Te aviso si el laboratorio manda algo.
—Gracias, Cami.
Cami.
El diminutivo me golpeó más de lo razonable.
Luego ella se volvió hacia mí.
—Qué bueno verte, Nieves.
—Igual.
Mentimos las dos.
Santiago esperó a que ella diera unos pasos antes de hablar.
—¿Qué fue eso de redes?
Miré la entrada del hospital.
—Una tontería de la universidad.
—Nieves.
—No hoy, por favor.
Él cerró la boca, pero la preocupación no se fue de su cara.
Camila sonrió.
Pero antes de girarse, sus ojos se quedaron en los míos.
Durante un segundo, ya no vi a la mujer eficiente del hospital ni a la Julieta de la preparatoria.
Vi miedo.
O quizá odio.
No alcancé a distinguirlo.
Y eso fue lo que más me inquietó esa noche.
no no me husto