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Mi Señor Prohibido

Mi Señor Prohibido

Status: Terminada
Genre:CEO / Centrado emocionalmente / Diferencia de edad / Romance oscuro / Completas
Popularitas:23.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Dulce Muñoz nunca pensó que una llamada equivocada la llevaría a la cama de Santiago Fuentes, el hombre más poderoso y peligroso que había conocido.
Él era mayor, frío, rico y demasiado correcto para meterse con una chica como ella.
Pero también era el único que podía salvarla cuando su vida se estaba cayendo a pedazos.
Lo que empezó como un acuerdo terminó volviéndose deseo.
Santiago quería un heredero. Dulce necesitaba dinero.
Ninguno de los dos esperaba que entre noches ardientes, celos imposibles y secretos del pasado, el corazón también entrara en el trato.
Pero Santiago no es un hombre libre de enemigos.
Su familia quiere separarlos.
Leonardo Lozano, su rival, también parece conocer a Dulce desde antes.
Y mientras todos intentan decidir su destino, Santiago sólo tiene una certeza:
Dulce es suya.
Y esta vez no piensa soltarla.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9

Antes de entrar al área limpia, todos tuvieron que cambiarse.

Mariana tomó el uniforme sanitario que le dieron y miró a Santiago de reojo.

Él ya se lo estaba poniendo.

La bata blanca, el cubrepelo, el cubrebocas, las botas limpias. Cada movimiento era preciso, rápido, como si lo hubiera hecho cientos de veces. El traje lo tapaba casi por completo, sólo dejaba al descubierto sus ojos oscuros.

Y aun así seguía viéndose demasiado bien.

Eso era injusto.

Un hombre común se habría visto torpe, hinchado, hasta gracioso con esa ropa. Santiago no. Aunque estuviera cubierto hasta el cuello, sus ojos conservaban esa profundidad que hacía que una mujer quisiera mirarlo más de la cuenta.

Mariana apretó los labios.

Con solo verle los ojos ya podía entender por qué no quería soltarlo.

Siguió los pasos que él acababa de hacer. Primero la bata, luego el cubrepelo, después el cubrebocas. Como medía apenas un metro sesenta y dos y era delgada, el uniforme le quedó flojo. Se miró hacia abajo y abrió los brazos con resignación.

Parecía pingüino.

Mariana separó las piernas, extendió los brazos y caminó dos pasos de lado, imitando al animal.

—¿Qué tal? —le preguntó a Santiago con los ojos brillantes—. Presidenta del Polo Norte.

Santiago la miró.

No se rió.

Bruno, que estaba detrás, no pudo aguantar una carcajada baja. El supervisor también bajó la cabeza, intentando disimular, pero se le movieron los hombros.

Mariana bufó por dentro.

Qué hombre tan serio.

Se hacía el frío, pero algún día ella iba a lograr que se riera de verdad.

De todos modos conocía los límites. La planta estaba llena de empleados, y no quería que nadie pensara que era una niña rica haciendo escándalo para llamar la atención del jefe. Enderezó la espalda, guardó la sonrisa y siguió a Santiago por el pasillo de aire.

Al entrar, una ráfaga limpia le golpeó el cuerpo.

El área de producción era amplia, blanca, ordenada. El piso brillaba. Las bandas transportadoras avanzaban con ritmo constante. En una línea se empacaban botanas dulces; en otra, bolsas pequeñas de galletas. Los trabajadores llevaban el mismo uniforme sanitario y se movían con concentración.

Mariana había visto videos así en el celular.

Pero verlo de cerca era otra cosa.

Santiago caminaba despacio, no como invitado sino como dueño de cada detalle. Sus ojos pasaban por las máquinas, los guantes, las charolas, las etiquetas, las fechas de caducidad, los botes de desecho. Se detenía en cada puesto unos segundos. No hablaba mucho, pero cuando hacía una pregunta, iba directo al punto.

—¿Cada cuánto cambian estos guantes?

—Cada dos horas, señor Fuentes. Si se contaminan antes, de inmediato.

—Muéstreme el registro.

El supervisor obedecía al instante.

Los empleados le tenían miedo.

Pero no era ese miedo asqueroso que nace de un jefe abusivo. Era tensión, respeto, ganas de no fallar delante de alguien que sí sabía lo que estaba revisando.

Mariana lo observó con una sensación extraña en el pecho.

Ese señor serio, mandón, imposible de provocar, no sólo era guapo.

Tenía peso.

Un peso que no venía del dinero ni del apellido Fuentes, sino de la forma en que cargaba la responsabilidad.

Pasaron por una mesa donde varias empleadas acomodaban empaques individuales de gomitas. Los dibujos de las bolsas se veían tan coloridos que Mariana se quedó mirando.

Ella amaba las botanas. Cuando veía series, siempre tenía algo crujiente o dulce al lado. La curiosidad le ganó.

Se acercó a una trabajadora de unos cuarenta y tantos años, con ojos amables detrás del cubrebocas.

—Disculpe... ¿los empleados pueden llevarse productos a casa?

La mujer la miró sorprendida y luego sonrió.

—Todos los días, no, señorita. Si no, nos acabamos la fábrica.

Mariana soltó una risita.

La empleada bajó un poco la voz, como si le compartiera un secreto.

—Pero en días festivos sí nos dan bastante. Para el Día de la Mujer, el Día de las Madres, Navidad... Nos arman despensas con productos, nos dan medio día pagado y a veces un bono. Aquí no nos tratan mal.

Mientras hablaba, miró de reojo a Santiago, que revisaba otra estación.

Ese vistazo decía más que sus palabras.

Mariana entendió.

La gratitud no se fingía tan fácil.

—Con eso hasta me dan ganas de quedarme a trabajar aquí —bromeó.

La mujer se rió, pero no supo qué contestar.

Mariana le dio una palmadita suave en el brazo.

—Échenle ganas.

Luego corrió para alcanzar a Santiago.

No quería perder detalle.

La inspección terminó justo cerca de la hora de salida. Santiago no se fue directo al coche. Pidió ir al comedor.

El supervisor lo llevó a la cocina.

Mariana pensó que sólo echaría un vistazo rápido, pero no. Santiago revisó las ollas, la barra de comida, la limpieza de las superficies, los refrigeradores, las bitácoras de temperatura. Preguntó por el menú de la semana y por las raciones. Probó con la vista cada cosa como si también aquello formara parte de la empresa, no como un favor secundario.

—La comida de los empleados no es para salir del paso —dijo con calma—. Si ustedes quieren que la línea trabaje bien, la gente tiene que comer bien.

El supervisor asintió varias veces.

Mariana se quedó callada.

Esa frase le pegó en un lugar blando.

Había hombres que hablaban de caridad sólo cuando había cámaras enfrente. Santiago, en cambio, estaba parado en una cocina industrial, con uniforme sanitario, revisando si el arroz estaba seco o si el caldo tenía suficiente carne.

Cuando por fin salieron, varios empleados habían ido a despedirlo junto con el supervisor.

—Señor Fuentes, vuelva pronto —se animó a decir una trabajadora de mediana edad—. Cuando no viene por un tiempo, se le extraña.

Otras personas rieron con pena.

Santiago no se mostró incómodo.

Sonrió apenas.

—Vendré cuando menos se lo esperen.

Antes de cerrar la puerta del coche, levantó la mano para despedirse.

Mariana también saludó.

Vio a las empleadas sonreírle, algunas con la timidez de quien no está acostumbrada a tratar de cerca al dueño del grupo. Casi todas rondaban los cuarenta, algunas más. Tenían manos de trabajo, ojos cansados, cuerpos que seguramente habían sostenido casas enteras.

Cuando el coche arrancó, Mariana miró a Santiago con una sonrisa burlona.

—Presidente, no sabía que también era el favorito de las señoras.

Bruno casi tosió para ocultar la risa.

Mariana se apresuró a explicar:

—Lo digo con respeto. No estoy usando "señoras" como insulto. Sólo me fijé en que aquí hay muchas trabajadoras de más edad, y se nota que lo quieren.

Santiago miró por la ventana.

No pareció ofendido.

Bruno, ya con el coche en movimiento, contestó por él:

—Esta planta contrata distinto. Muchas empresas ya no quieren gente de más de treinta y cinco, o les ponen mil pretextos. Aquí se da prioridad a personas con familia, mujeres que sostienen su casa, gente que en otros lugares ya consideran "demasiado grande" para empezar de nuevo.

Mariana abrió los ojos.

—¿En serio?

—Sí. También hay puestos adaptados para personas con discapacidad. No todos los trabajos de la planta requieren la misma fuerza. El señor Fuentes revisa eso personalmente.

Mariana había visto videos y noticias sobre ese problema. Personas con experiencia rechazadas por tener más de treinta y cinco. Mujeres a las que les preguntaban si pensaban embarazarse. Gente descartada como si la vida laboral se terminara al cumplir cierta edad.

Le pareció absurdo.

—Entonces, ¿qué? ¿Los mayores de treinta y cinco ya no merecen comer ni mantener a sus hijos? —dijo, indignada.

Santiago no respondió de inmediato.

Seguía mirando por la ventana.

Los empleados todavía estaban de pie a lo lejos, despidiéndolo. Él bajó el cristal y volvió a levantar la mano.

En sus ojos pasó una sombra.

Don Ernesto había crecido en el campo. Aunque después levantó una fortuna enorme, nunca olvidó la tierra, el sudor ni a las personas que trabajan sin que nadie las mire. Cuando Santiago era niño, su abuelo lo llevaba a ranchos y pueblos para que entendiera de dónde salían las cosas que otros daban por hechas.

No lo llevó a sufrir.

Lo llevó a mirar.

A mirar las manos agrietadas, los cuerpos cansados, la dignidad de quien trabaja desde antes de que salga el sol.

Por eso Grupo Fuentes tenía una fundación. Por eso apoyaba hospitales, becas, comedores, familias en situaciones difíciles. Santiago no había conocido la pobreza en carne propia, pero don Ernesto le había mostrado demasiados dolores ajenos como para permitirle vivir ciego.

Mariana lo miró de perfil.

El sol de la tarde entraba por la ventana y le marcaba la línea firme de la mandíbula.

En ese instante, el hombre parecía cubierto por una luz tranquila.

No la luz exagerada de los héroes de novela.

Otra.

La de alguien que podía aplastar a cualquiera con su poder, pero elegía usarlo para sostener.

Ese era su verdadero encanto.

No la cara.

No el cuerpo.

No el apellido.

Su forma de ser.

Y si él era así, ¿cómo iba a rendirse Mariana?

Cuando la planta quedó lejos y ya habían salido a la avenida principal, Bruno preguntó:

—Señor, ¿mantengo la cena de las ocho con el presidente de Grupo Lira?

Santiago miró la hora.

—Cancélala.

Bruno asintió.

Santiago volvió la vista hacia Mariana.

—¿Quieres tomar un coche por aplicación desde aquí o prefieres que Bruno te lleve a la empresa para recoger tu auto?

El pecho de Mariana se apretó.

Esa forma de hablar significaba que él iba a irse solo.

Iba a buscar a esa mujer.

Otra vez esa mujer.

Mariana tragó saliva y forzó una sonrisa.

—¿No puedo ir contigo?

Santiago la miró.

Su expresión no era dura, pero sí clara.

—Mariana, un cariño forzado no se vuelve dulce sólo porque lo aprietes. No te humilles así.

La palabra le dolió.

Humillarse.

Ella bajó la mirada un segundo, pero enseguida volvió a alzarla. Los ojos se le pusieron rojos.

—Si no es dulce, no es dulce. Aun así quiero intentarlo. Estoy buscando a la persona que me gusta. No creo que eso sea humillarse.

Santiago se quedó en silencio.

Él podía ser frío en los negocios, pero no soportaba ver llorar a una mujer, y menos cuando no había malicia en esas lágrimas. Su ceño se suavizó apenas.

—Bruno, llévala a casa.

—Sí, señor.

Santiago abrió la puerta y bajó del coche.

Mariana giró la cabeza.

Lo vio sacar el celular apenas tuvo las manos libres.

No necesitaba escuchar el nombre.

Sabía a quién llamaba.

El corazón se le quebró con una envidia agria, pesada, como si la hubieran hundido en un frasco de vinagre.

No quería llorar delante de Bruno. Se frotó la esquina del ojo con el dedo y volteó hacia la ventana, fingiendo mirar la calle.

Bruno la observó un instante por el espejo retrovisor.

Suspiró para sus adentros.

El amor era así de cruel: uno quería a quien no le correspondía, y quien sí lo quería a uno no siempre alcanzaba para llenar el hueco.

Pisó un poco más el acelerador.

En el hospital, yo estaba a punto de quedarme dormida viendo a unos señores jugar ajedrez.

No entendía casi nada.

Pero mi mamá se veía tranquila. Eso bastaba para que yo me quedara ahí, empujando su silla de ruedas, escuchando el ruido de las piezas sobre el tablero y el murmullo del patio del hospital.

Entonces sonó mi celular.

La pantalla se iluminó.

Señor.

El sueño se me fue de golpe.

Mi mamá vio mi reacción y sonrió con esa cara de quien ya lo entendió todo.

—Dulce, Santi te extraña. Contéstale.

Se me calentaron las mejillas.

—Mamá...

Me aparté unos pasos antes de responder.

—Hola, señor...

Del otro lado, su voz llegó baja y estable.

—¿Sigues en el hospital con tu mamá? ¿Ya cenaron?

No sé por qué una pregunta tan simple me hizo apretar el teléfono contra la oreja.

Tal vez porque sonaba natural.

Como si ya fuéramos una pareja de verdad. Como si llevara años preguntándome si había comido, si estaba cansada, si necesitaba algo.

Bajé la cabeza y moví con la punta del zapato una hoja seca en el piso.

—Todavía no. No tengo mucha hambre. Estoy acompañando a mi mamá a ver ajedrez.

—Entonces sigan viendo. Voy para allá y cenamos juntos.

Oí que miraba la hora.

—Tardo como hora y media.

—Bueno. Maneja con cuidado.

No sabía que no iba manejando él, sino que había pedido un coche por aplicación.

Colgué con una sonrisa que ni siquiera intenté esconder.

Sólo después me di cuenta de que estaba pateando la hojita una y otra vez, como una tonta enamorada.

Mi mamá me miraba con una sonrisa demasiado dulce.

Le desvié la mirada.

Pero por dentro no pude negar nada.

¿Me estaba enamorando?

Quizá.

Quizá ya había empezado mucho antes de que pudiera defenderme.

Al pasar por el jardín del hospital, Jimena y Fabiola aparecieron como una mancha en una tarde que por fin se sentía soportable.

Las dos venían saliendo del edificio.

Jimena me vio con el celular todavía en la mano y sonrió de lado.

—Dulce Muñoz, ¿y tu viejo? ¿Todavía no viene por ti?

La forma en que dijo "tu viejo" me puso los nervios de punta.

No porque me diera vergüenza Santiago.

Al contrario.

Porque oí curiosidad debajo del desprecio.

Y yo conocía esa clase de curiosidad.

Le sonreí.

—Jimena, parece que te interesa mucho mi señor.

Ella cruzó los brazos.

—Sólo quiero saber si estabas presumiendo de más.

Claro.

Si el hombre mayor que supuestamente me mantenía era tan bueno, tal vez ella podía apuntar hacia él.

Su mamá le había quitado el marido a mi mamá. Jimena había crecido mirando eso como una victoria, no como una vergüenza. Para ella, robarle a otra mujer lo que amaba era una forma de probar que era mejor.

La miré de arriba abajo.

La entendí demasiado rápido.

Di un paso hacia ella y bajé la voz.

—Mi señor es tan bueno que ya estás pensando cómo seducirlo, ¿verdad?

Jimena levantó la barbilla.

—¿Y si sí? ¿Y si no?

Me reí.

La risa le molestó. Lo vi en cómo se le tensaron los labios.

Me acerqué a su oído y hablé suave, para que sólo ella y Fabiola escucharan.

—Mi señor tiene gusto. No se va a fijar en basura nacida de una amante.

Jimena se puso rígida.

La palabra "basura" le cayó como bofetada.

Miró hacia los señores que seguían jugando ajedrez, como si le importara mucho conservar su imagen en público. Apretó los dientes.

—Dulce, a mí siempre me han gustado los retos. Si estás tan segura, voy a probar si tu viejo de verdad no mira a esta "basura".

Me reí otra vez.

Esta vez ni siquiera traté de disimular el desprecio.

Conocía a Santiago desde hacía poco, sí.

Pero confiaba en él.

Un hombre que engaña lo hace porque su carácter está podrido. Da igual con quién esté. Y Santiago no tenía esa mirada barata de los hombres que se tambalean en cuanto una mujer les enseña un poco de piel.

Miré a Fabiola.

Su cara estaba fría, pero sus ojos ardían.

—Aunque, pensándolo bien, tiene sentido —dije con dulzura falsa—. Ustedes dos siempre han tenido talento para recoger basura.

Jimena dio un paso hacia mí.

—¿Qué dijiste?

Parpadeé, inocente.

—Que sólo un tonto ciego como Norberto Moreno podía querer a tu mamá. Pero también es lógico: Norberto es basura grande, tu mamá es basura grande, y tú eres la basura chiquita que aprendió en casa. Basura busca basura. Mi mamá ya no quiso ese desperdicio, y ustedes lo recogieron encantadas.

Jimena levantó la mano.

Fabiola la sujetó de inmediato.

Yo no era una persona que buscara pleitos por gusto. Pero si me pisaban, no iba a quedarme callada para parecer educada.

Fabiola sabía muy bien cómo funcionaba el papel de la amante. La amante casi nunca tiene la razón, así que necesita verse débil, suave, víctima. La fragilidad fingida sirve frente a los hombres y también frente a los curiosos.

Por eso no dejó que Jimena me pegara.

No ahí.

No delante de testigos.

Me sostuvo la mirada con veneno.

Jimena respiraba fuerte.

—Mamá, suéltame. Esta perra cree que por tener un viejo con dinero ya puede hablar así.

—Vámonos —dijo Fabiola.

La jaló del brazo.

Antes de que se alejaran, yo levanté la mano y les hice un gesto grosero con el dedo.

Jimena casi explotó.

Me dio una satisfacción muy poco elegante.

Cuando ya estaban lejos, escuché que Jimena seguía desahogándose.

—Antes no era tan venenosa. Ahora presume porque encontró patrocinador.

Fabiola no respondió enseguida.

La vi voltear hacia mí una última vez.

Había en su mirada algo más oscuro que enojo.

Envidia.

Si yo de verdad había encontrado un hombre con dinero y poder, entonces ella necesitaría encontrarle a Jimena un apoyo todavía más grande. En su cabeza enferma, su hija jamás podía perder contra la hija de Elena.

Cuando se alejaron lo suficiente, Fabiola empezó a hablarle bajo, con esa voz de madre que enseña una lección sucia como si fuera sabiduría.

—Jimena, acuérdate bien. No puedes perder la cabeza por dos frases. Una mujer que quiere quedarse con un hombre debe parecer dulce, comprensiva, casi maternal. Los hombres por dentro son niños; les gusta que los cuiden, que les hablen suave, que sientan que una los entiende.

Jimena apretó los labios, pero asintió.

Fabiola continuó:

—Y no basta con ser tierna. También tienes que ser atrevida en la cama. A los hombres les gusta una mujer que se suelta entre las sábanas, que sabe mirarlos, tocarlos, gemirles al oído y hacerles creer que nadie los desea como ella. Afuera, fina. En privado, caliente. Así se les entra en la cabeza.

Jimena escuchó con atención.

Su mamá tenía demasiada experiencia robando restos de otros hogares, y ella la trataba como si fuera una maestra.

Fabiola levantó la mano para detener un taxi.

Ciudad de México era cara para ellas. El hotel, la comida, los traslados, todo se iba como agua. Necesitaban pescar un yerno rico cuanto antes.

El taxi se alejó.

Mi sonrisa se apagó poco a poco.

Eran repugnantes.

Y sin importar qué trucos intentaran usar, yo iba a hacer que se tragaran cada mala intención.

—Dulce.

Mi mamá había empujado su silla hasta acercarse.

Me di vuelta enseguida.

—Mamá, ¿por qué viniste sola? Te dije que me esperaras.

Ella sonrió.

—Me preocupé. Pero parece que no necesitabas ayuda.

Miró hacia la calle por donde el taxi había desaparecido.

—Fabiola y su hija se fueron con una cara horrible. Nunca te había oído discutir así.

—Porque ellas no tienen vergüenza —dije, acomodándome detrás de la silla—. Si les digo la verdad, ni siquiera pueden defenderse.

Empecé a llevarla de regreso.

—Mamá, tú eres demasiado buena. Cuando hay que ser dura, hay que ser dura.

Mi mamá asintió, pero yo sabía que su carácter no cambiaba de un día para otro.

Había gente que nacía suave.

Y había gente como Fabiola, que confundía la suavidad ajena con permiso para morder.

Volvimos a la habitación justo cuando trajeron la cena.

La enfermera dejó una charola ligera. Le di de comer a mi mamá despacio, cucharada por cucharada. Después prendí la televisión con volumen bajo y me senté a su lado, fingiendo mirar el programa mientras en realidad revisaba el celular cada pocos minutos.

Una hora y media nunca había sido tan larga.

Cuando Santiago llegó, mi mamá acababa de quedarse dormida.

Le acomodé la cobija y me giré.

Él estaba de pie junto a la puerta, alto, limpio, con la camisa todavía marcada por el día de trabajo. Tal vez venía cansado, pero sus ojos se suavizaron apenas al verme.

No dijo nada al principio.

Yo tampoco.

Sólo lo miré.

Y de pronto entendí algo que me dio un poco de miedo.

Santiago no era sólo de esos hombres que impactan a primera vista.

Sí, era guapo. Mucho. Tenía ese rostro que podía hacer que una mujer se quedara sin palabras, ese cuerpo fuerte que yo ya conocía demasiado bien y que todavía me hacía sentir calor cuando lo recordaba.

Pero cuanto más lo miraba, más peligrosa se volvía otra cosa.

Su encanto.

Ese tipo de encanto que no explota.

Se queda.

Se mete bajo la piel.

Y cuando una se da cuenta, ya está esperando su llamada, sonriendo por su voz, imaginando su mano en la cintura y sintiendo que el mundo pesa menos cuando él entra por la puerta.

—Señor —susurré.

Santiago cerró la puerta con cuidado para no despertar a mi mamá.

—Dulce.

Sólo mi nombre.

Pero me sonó a casa.

1
sonya martz
me da pena Leonardo, pero en el corazón no se manda
sonya martz
me encantó, de principio fin, gracias autora 🙏🏻
sonya martz
lloré
sonya martz
vaya! vaya! 😮
sonya martz
jajajaja jajajaja Jimena, eso te pasa por avariciosa /Facepalm/
sonya martz
cuánta maldad en ese viejo 😮
sonya martz
pobre Leonardo 🥺
sonya martz
Zaira, espero que quedes en la ruina, por cobarde, desgraciada
sonya martz
Mariana no va a quitar el dedo del renglón 😠
sonya martz
lo sabía
sonya martz
🤔🤔🤔🤔
sonya martz
exacto, son unas malditas, desgraciadas!!!😠😠😠
sonya martz
vaya! Leonardo llegó justo a tiempo 😏
sonya martz
malditas!! no se cansan de hacer daño??
sonya martz
y ahora, que va a hacer el viejo 🙄😠
sonya martz
Mariana se saldrá con la suya???🤔
sonya martz
Nooooooo! por favor nooooo!!
sonya martz
pobre Santiago 🥺
sonya martz
Dulce, la verdad no te entiendo 🤔
sonya martz
hay no!!! que no le pase nada malo a Santiago 🥺
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