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UNA VUELTA PROHIBIDA

UNA VUELTA PROHIBIDA

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / Traiciones y engaños
Popularitas:559
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

En el mundo de la Fórmula 1 no existen los amigos, solo rivales. Gael Rainer es la promesa de Mercedes: frío, calculador, imparable. Mara Varela es el orgullo de Ferrari: brillante, valiente y dueña de cada secreto de su equipo.

Se encontraron en una noche donde no existían los colores ni las reglas. Una noche de pasión que lo cambió todo. Pero cuando amaneció y se reveló la verdad, comprendieron que su amor es una traición para todos: para sus equipos, para sus familias, para el mundo entero.

Entre la velocidad de la pista y el silencio de los escondites, deberán elegir: ¿obedecer las leyes que los separan o arriesgarlo todo por una vuelta que nunca debió existir?

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 19 El CHIRRIDO DE LAS RUEDAS

—Mara —dijo, y su voz, siempre tan firme y seca, se quebró apenas en la segunda sílaba—. ¿Qué te duele exactamente?

Se inclinó un poco más, pero no me tocó todavía; sabía que las cámaras ya estaban encendidas, que los periodistas de F1 ya corrían hacia nosotros, que cada gesto sería analizado mil veces. Carlos llegó al mismo tiempo, arrodillándose a mi lado con una calma que intentaba transmitirme seguridad. Su mirada se posó en la mancha roja que se extendía rápido por el centro de mi playera, oscureciendo la tela con cada latido.

—Tranquila —dijo Carlos, pasándome una mano suavemente por el brazo—. No te muevas mucho, ¿vale? Solo respira despacio.

Los flashes empezaron a estallar como relámpagos continuos, cegándome por momentos. Oía las voces mezcladas: preguntas apresuradas, gritos de los organizadores pidiendo paso, el zumbido de los motores lejanos. La ambulancia llegó pocos minutos después, con la sirena apagada para no alterar más el ambiente. Los paramédicos se arrodillaron a mi alrededor, pero primero se dirigieron a Lucas estaba recostado en el suelo, con la mirada perdida y una hinchazón oscura que ya se le marcaba en la sien, donde había golpeado contra el techo del carrito.

—Golpe fuerte en la cabeza —dijo uno de los socorristas, revisando sus pupilas con una linterna—. Hay que llevarlo a hacer una tomografía y radiografías para descartar nada.

Lo subieron con cuidado a la camilla superior, y luego se volvieron hacia mí. Con mucho cuidado, levantaron el borde de mi playera y pasaron una gasa limpia sobre la piel.

—Herida en la parte baja del pecho —explicó el paramédico con voz neutra—. No parece profunda, pero está en una zona con muchísimos vasos sanguíneos, por eso sangra tanto. Hay que cerrarla en urgencias, no podemos dejarla así.

Me recosté en la camilla, sintiendo cómo el frío metálico me atravesaba la ropa, y el corazón se me aceleró tanto que sentía que me golpeaba contra las costillas. Alcé la vista hacia los dos hombres que me miraban desde el borde del vehículo, y dije con voz clara, aunque temblorosa:

—Que uno de los dos me acompañe.

Se miraron. Fue una mirada de apenas un segundo, pero en ella vi todo lo que no podían decir: la lealtad a sus equipos, el miedo a levantar sospechas, el deseo de estar ahí. Carlos dio un paso adelante, pero Gael ya había subido la mano para detenerlo, con esa autoridad natural que siempre lo caracterizaba.

—Yo voy —dijo, y no fue una petición, fue una decisión tomada—. Tú quédate con Lucas, asegúrate de que lo revisen bien. Nos vemos en el hospital.

—Está bien —asintió Carlos, y antes de irse me apretó la mano con cariño—. Cuídate mucho. Te esperamos allá.

En ese momento Elena apareció corriendo, con el cabello suelto y el uniforme arrugado, la cara pálida como el papel.

—¿Qué pasó? —preguntó sin aliento, mirándome de arriba abajo.

—Luca se golpeó la cabeza —le explicó Carlos mientras se alejaban—. Lo llevan a imagenología. Gael se va con Mara. No te preocupes, nosotros nos encargamos de todo aquí.

La puerta de la ambulancia se cerró, y de golpe todo el ruido exterior quedó amortiguado, lejano. Dentro solo quedaba el zumbido suave de la luz fluorescente y el sonido desigual de mi respiración. Gael se sentó en el borde de la camilla, manteniendo una distancia prudente, pero extendió la mano hasta encontrar la mía, entrelazando sus dedos con los míos con una presión firme, cálida.

—No es nada grave —repitió, mirando hacia la ventanilla por un instante antes de volver a posar la vista en mí—. Sangra mucho porque es una zona muy vascularizada, pero no hay nada roto, nada dañado. Lo sé.

Me reí entre dientes, con la garganta apretada por las lágrimas que querían salir.

—¿Cómo lo sabes? Ni siquiera lo has visto bien.

—Lo sé —dijo él, sin añadir nada más.

Cuando llegamos al hospital, nos llevaron directo a urgencias. El ambiente era frío, olía a desinfectante y a café recién hecho, y el sonido de los pasos y las puertas abriéndose y cerrándose se mezclaba con el murmullo de las conversaciones. Me pasaron a una sala de curaciones, y el doctor me pidió que me sentara en la camilla de acero inoxidable. Con mucho cuidado, cortó la playera por la costura, dejando al descubierto la herida. Yo me aferré a la sábana que me habían dado, y cuando vi al médico tomar la aguja y el hilo, sentí que el corazón se me detenía.

—No —susurré, cerrando los ojos con fuerza—. No quiero. Les tengo pavor a las agujas. No puedo.

—Señorita —dijo el médico con voz tranquila—, es necesario cerrar la herida para que cicatrice bien. Le pondré anestesia local: solo sentirá un pequeño pellizco al principio, y después no sentirá absolutamente nada. Si no lo hacemos ahora, se infectará y será mucho peor.

—No puedo —repetí, y esta vez la voz se me quebró del todo.

Gael dio un paso hacia la camilla. Su postura seguía siendo rígida, seria, pero cuando me tomó la cara entre las manos, sentí que todo el miedo se calmaba un poco, aunque fuera solo por un instante.

—Mara, mírame —me pidió, bajando la voz hasta que solo nosotros podíamos oírlo—. Confía en mí, ¿Si? Va a ser rápido. Solo un segundo de molestia y ya está. Yo no me voy a mover de aquí. No vas a ver nada, solo mírame a mí.

Me tomó ambas manos y las apretó entre las suyas, grandes y fuertes. Luego se inclinó un poco, colocando su hombro de forma que bloqueaba mi vista hacia las manos del doctor.

—Hazlo —dijo él, sin apartar la mirada de mis ojos.

Cerré los párpados con fuerza, escuchando solo su respiración rítmica junto a la mía. Sentí el frío del líquido anestésico sobre la piel, luego ese pinchazo leve que duró apenas un latido, y después nada más que el tacto suave de sus pulgares acariciando el dorso de mis manos, una y otra vez, sin detenerse. No sé cuánto tiempo pasó; para mí fue una eternidad de silencio roto solo por sus palabras bajas, diciéndome que estaba bien, que ya casi terminaba.

Cuando el doctor apartó las manos, Gael tomó una sábana limpia que le extendieron y me cubrió con suma delicadeza, sin levantar la mirada más de lo necesario, con ese respeto que me hacía sentir protegida más que nunca.

—Ya está —susurró, y por primera vez vi una sonrisa muy leve, casi imperceptible, asomar en sus labios—. Lo has hecho muy bien.

El doctor guardó el material y me explicó con calma:

—Le recetaré analgésicos para cuando pase el efecto de la anestesia. La herida es pequeña, y si sigue las indicaciones y usa las cremas que le daremos, la cicatriz será casi invisible. Eso sí: durante dos semanas o dos semanas y media, evite usar ropa interior que apriete esa zona; estará sensible y le molestará mucho. Deje que respire.

—Está bien —dije, con la voz todavía débil.

Me levanté de la camilla con cuidado, y la sábana se me resbaló un instante del hombro se me miraron los pezones. Gael se quedó mirándome unos segundos, con los ojos muy abiertos, y luego bajó la mirada despacio, con esa intensidad que parecía ver más allá de lo que se veía.

—Estás bien —repitió, más para sí mismo que para mí—. Todo está bien.

—¿Se ve muy feo? —pregunté, señalando con un gesto torpe el vendaje blanco que se veía grande sobre mi pecho.

Él negó con la cabeza, y su mano se acercó despacio, rozando apenas el borde del apósito, con una ternura que no encajaba con su imagen de piloto duro y reservado.

—La herida es diminuta. El vendaje es lo que parece grande. No es nada, Mara.

Sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas sin poder evitarlo, y esta vez no fue por el dolor, sino por la emoción de tenerlo ahí.

—Me dolió el pinchazo —dije, y las lágrimas empezaron a rodarme por las mejillas.

Gael me atrajo hacia sí y me abrazó fuerte, apoyando mi cabeza contra su pecho, donde podía escuchar su corazón latiendo rápido y desordenado, igual que el mío. Me acarició la espalda con movimientos lentos y rítmicos.

—Ya pasó —me dijo, y sentí sus labios rozarme el pelo—. No llores, que te ves muy fea llorando. Yo estaré aquí para cambiarte el vendaje cuando toque, te lo prometo. Nadie más lo hará.

Las enfermeras me trajeron una playera limpia que Elena les había entregado: roja, con el escudo de Ferrari bordado en el pecho con hilo dorado. Me la puse con mucho cuidado, y al mirarme las manos, vi que tenía los nudillos raspados, con costras de sangre seca y moretones que ya empezaban a teñirse de azul violáceo. Me reí con una mezcla de tristeza y resignación.

—Ya no podré usar el vestido que tenía para la fiesta —dije, mostrándole las manos—. Tendré que cambiar todo.

La expresión suave de Gael se endureció de golpe, volviendo a ser el hombre serio y directo que todos conocen, pero apretó mi mano con fuerza, como si quisiera grabar en mí que no me dejaría sola.

Salimos de la sala de curaciones y al cruzar la puerta del pasillo nos encontramos con todo el equipo esperando. Elena estaba sentada en una silla, pero se levantó de un salto al verme; Charles, los mecánicos principales, incluso algunos miembros de otras escuderías que habían venido a preguntar, todos estaban allí, con las caras reflejando la misma preocupación.

—¿Qué hacen todos aquí? —pregunté, sintiendo que se me llenaban los ojos de lágrimas otra vez—. ¿Por qué vinieron?

—No sabíamos qué había pasado —respondió Elena, acercándose para abrazarme con mucho cuidado—. Cuando nos avisaron, no podíamos quedarnos tranquilos en el circuito. ¿Cómo te sientes realmente?

 

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Ana Gonzalez
más capitulos excelente novela ❤️
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