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Me Enamoré del Hermano Equivocado

Me Enamoré del Hermano Equivocado

Status: Terminada
Genre:Romance / Pérdida de memoria / Amor platónico / Completas
Popularitas:10.9k
Nilai: 5
nombre de autor: maria

Valentina despierta sin recuerdos después de una caída. Lo único que tiene para entender su pasado es un diario lleno de pistas sobre el hombre que la cuidó desde niña.
Todos creen que ese hombre es Nico Montero, el chico que creció a su lado y que durante años pareció destinado a quedarse con ella. Pero Nico ya está cansado de cuidarla. Ahora ama a otra mujer y decide dejar a Valentina en manos de su hermano mayor, Sebastián.
Sebastián es serio, frío y demasiado protector. Valentina empieza a creer que las páginas de su diario hablan de él… y sin darse cuenta, se enamora del hombre equivocado.
O quizá del único correcto.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9

Marea alta

Valentina no durmió bien después de Parque Aventura.

Cada vez que cerraba los ojos veía la espalda de Sebastián alejándose entre la gente, la mano de Nico suspendida en el aire y la cara de Lucía intentando explicar algo que nadie había preguntado.

A las dos de la mañana escribió un mensaje.

"Perdón por lo de ayer. Me asusté y abracé a la persona equivocada. Yo te estaba esperando a ti."

Lo borró.

Escribió otro.

"Por favor, no te enojes."

También lo borró.

Al final envió uno más corto:

"Perdóname por lo de ayer. Por favor, ven mañana."

Sebastián lo leyó a las dos y diecisiete.

No respondió.

El plan de Playa Esmeralda salió de Camila Vargas.

Nico lo anunció en el grupo de WhatsApp a media mañana, con un mensaje que sonaba demasiado casual.

"Camila dice que el mar cura todo. ¿Vamos a Playa Esmeralda? Sin casa del terror esta vez."

Lucía respondió con un sticker de sospecha.

Mateo puso: "Voy si hay comida."

Valentina miró el chat y luego el contacto de Sebastián. No escribió nada más. Solo compartió la ubicación de la playa con él.

A las once, cuando llegó con Lucía, Sebastián no estaba.

Camila sí.

Tenía el cabello recogido, lentes de sol grandes y una sonrisa fácil. Abrazó a Nico primero, luego a Mateo, después a Lucía. A Valentina la saludó con un cuidado medido.

—Tú debes ser Vale. Qué bueno que ya estás mejor.

Valentina aceptó el abrazo breve.

—Gracias.

—Nico me contó lo del accidente. Pobre. Debió ser horrible despertar sin recordar cosas.

Lucía miró a Nico.

Nico abrió una hielera para no mirar a nadie.

Camila señaló una mesa bajo una palapa.

—Traje fruta, agua, sándwiches y bloqueador. Si alguien se quema, no me hago responsable.

Mateo levantó la mano.

—Yo me quemo aunque me esconda.

—Entonces tú eres mi proyecto del día.

Camila se movía con naturalidad. Repartía platos, preguntaba gustos, acomodaba toallas. Valentina intentó relajarse. La playa estaba tranquila, con familias lejos de ellos y una zona de rocas a un costado. El agua se veía baja.

A las once y veintisiete, un auto negro se estacionó junto al acceso privado.

Sebastián bajó sin saco, con camisa clara y lentes de sol. No saludó con beso. No sonrió. Caminó directo hacia ellos.

Valentina se puso de pie.

—Viniste.

—Me mandaste ubicación.

—Y un mensaje.

—También.

No dijo si la perdonaba.

Camila se quitó los lentes y sonrió.

—Sebastián Montero. Hace años que no te veía fuera de una oficina.

Él la miró apenas.

—Camila.

Valentina notó la diferencia. Sebastián había dicho su nombre como quien identifica un documento, no como quien saluda a una amiga.

Camila no pareció molestarse. Le ofreció una botella de agua.

—Hace calor.

—Gracias.

Al dársela, sus dedos rozaron el antebrazo de él.

Sebastián retiró la botella y la dejó sobre la mesa sin abrir.

Lucía vio el gesto. Valentina también.

Nico, no.

Nico estaba mirando a Camila.

Durante la siguiente hora, Camila intentó acercarse tres veces más. Le preguntó a Sebastián por un proyecto de Grupo Montero, le pidió que le alcanzara una toalla, se ofreció a ponerle bloqueador en el hombro porque "el sol aquí pega fuerte".

—No hace falta —dijo Sebastián.

Valentina, sentada sobre una toalla, mordió una uva para no sonreír.

Camila giró hacia ella.

—¿Quieres caminar? El agua está baja cerca de las rocas. Se ve bonito desde allá.

Valentina aceptó porque necesitaba moverse y porque Sebastián llevaba diez minutos sin mirarla directamente.

Nico se levantó de inmediato.

—Voy con ustedes.

Lucía quiso ir también, pero Mateo la llamó para ayudar con una sombrilla que se había atorado. Para cuando logró soltarse, Valentina y Nico ya caminaban hacia las rocas.

—No tienes que cuidarme todo el tiempo —dijo Valentina.

Nico miró el suelo para evitar las conchas.

—Ya sé.

—Entonces, ¿por qué vienes?

—Porque ahí hay piedras y te acabas de recuperar de un golpe en la cabeza.

Valentina aceptó la respuesta.

Caminaron sobre arena húmeda hasta una plataforma de roca plana. El agua les llegaba a los tobillos. Valentina se agachó para tocar una concha nacarada.

—Esto sí me gusta —dijo—. La playa.

—Antes te gustaba más El Malecón.

Ella levantó la vista.

—¿Íbamos mucho?

Nico tardó un segundo.

—A veces.

Una ola subió más de lo esperado y le mojó las pantorrillas. Valentina se rio, pero la risa se cortó cuando intentó retroceder y pisó algo filoso.

—Ay.

Nico se agachó de inmediato.

—¿Qué pasó?

Valentina levantó el pie. La planta tenía un corte fino. No profundo, pero empezó a sangrar.

—Una concha.

Nico se quitó la camiseta sin pensarlo y la rompió por un borde.

—Siéntate.

—Nico, es solo un corte.

—Siéntate.

Ella obedeció. Él le envolvió el pie con el pedazo de tela y apretó lo justo.

Cuando levantaron la mirada, el camino de regreso ya no estaba igual.

El agua cubría la franja de arena por donde habían llegado.

Nico se puso de pie.

—Mierda.

—¿Qué?

—La marea.

Valentina giró hacia la playa. Lucía estaba de pie junto a la palapa, mirando alrededor. Sebastián hablaba con Mateo. Camila sostenía una botella de agua.

Nico levantó un brazo.

—¡Lucía!

El viento se llevó parte de su voz.

Lucía los vio primero.

—¡Sebastián!

Sebastián giró.

No preguntó nada. No buscó explicación.

Vio a Valentina sentada en la roca, a Nico junto a ella, el agua subiendo, y empezó a caminar hacia el mar. A los tres pasos se quitó los zapatos. A los cinco, el cinturón. Entró al agua con la camisa puesta.

—¡Sebastián, espera! —gritó Camila—. ¡Está subiendo demasiado!

Él no se detuvo.

Nico miró a Valentina.

—No te muevas.

—No me iba a lanzar al mar.

—Vale.

—Estoy asustada, no tonta.

La respuesta le habría dado risa a Nico otro día. Ese día solo le sostuvo el hombro cuando una ola golpeó la roca.

Sebastián llegó empapado, con el agua a la cintura.

—El pie —dijo.

Valentina levantó la tela improvisada.

Sebastián la revisó rápido.

—No es profundo.

Después miró a Nico.

—¿Puedes caminar?

—Sí.

—Entonces vienes detrás de mí.

No hubo discusión.

Sebastián se agachó de espaldas a Valentina.

—Súbete.

—Tu camisa...

—Valentina.

Ella se sujetó a sus hombros. Sebastián la levantó con firmeza y avanzó hacia la playa. El agua le golpeaba la cintura. Valentina pegó la mejilla a su cuello mojado.

—Sabía que vendrías —dijo bajo.

Sebastián no contestó.

Pero ajustó las manos bajo sus piernas y siguió caminando.

En la orilla, Lucía llegó con una toalla. Mateo corrió al auto por el botiquín. Nico salió detrás, con el pantalón mojado hasta los muslos y la camiseta destruida en la mano.

Sebastián sentó a Valentina sobre una silla plegable y le envolvió los hombros con la toalla.

—Botiquín —dijo.

—Voy —respondió Mateo, aunque ya iba corriendo.

Camila se quedó a dos metros. Tenía la botella de agua en la mano. El plástico crujió entre sus dedos.

Sebastián no la miró.

Cuando Mateo volvió, Sebastián limpió el corte, puso antiséptico y una gasa. Valentina hizo una mueca.

—Arde.

—Lo sé.

—No me regañes.

Él levantó la vista.

—No estoy regañándote.

—Tu cara sí.

Sebastián cerró el botiquín.

—Entonces no mires mi cara.

Valentina bajó los ojos, pero sonrió un poco.

Media hora después, en el auto de regreso a La Hacienda, el frío empezó.

Valentina estaba en el asiento del copiloto, envuelta en la toalla y con el pie vendado. Primero se frotó los brazos. Luego los dientes le chocaron una vez.

Sebastián la miró de reojo.

—¿Tienes frío?

—Un poco.

Él puso la calefacción.

Cinco minutos después, Valentina cerró los ojos y se encogió contra el cinturón.

Sebastián apoyó el dorso de la mano en su frente.

Estaba ardiendo.

Pisó el acelerador.

—Valentina.

Ella abrió los ojos apenas. Tomó la mano que él tenía sobre su frente y la bajó hasta su mejilla.

—Tu mano está fría... se siente bien.

Sus labios rozaron la palma de Sebastián cuando habló.

Él sostuvo el volante con la otra mano y no retiró la mano de su cara.

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Glen
Parecía bueno pero a mitad ya te parece q no va a ningún lugar y después con un final raro, no me gusto
Glen
Ocosadora la niña, con razón nico huyó 😂😂😂😂😂😂
Glen
Ocosadora la niña, con razón nico huyó 😂😂😂😂😂😂
Marisa Rodriguez de Cuello
es muy densa la trama y simple. también se pueden leer repeticiones del relato que confunden la lectura
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