Ester Villaseñor es una joven soñadora, llena de ilusiones y protegida por el poder de su familia. Pero su mundo perfecto se desmorona cuando se cruza en el camino de Vincent Vane, un hombre enigmático consumido por el dolor y la sed de venganza. Diez años atrás, un trágico accidente le arrebató al amor de su vida... y el culpable lleva el mismo apellido que Ester. Decidido a hacer pagar a la familia del responsable, Vincent utilizará a Ester como la pieza clave de su cobro. Lo que ninguno anticipó es que, en medio del odio y el engaño, nacerá una atracción prohibida que amenazará con destruirlos a ambos.
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Capítulo XXII La escena se repite
Durante los días siguientes, Ester se sumió por completo en su plan para recuperar lo que Vincet Vane le había arrebatado. Durante esas semanas no mantuvo interacción alguna con la familia Vane, mientras que la relación con su hermano Ismael comenzó a mostrar breves destellos de mejoría.
Una mañana, su asistente personal entró a la oficina llevando consigo una invitación especial, de aquellas reservadas únicamente para las figuras más influyentes del país. En realidad, Ester no estaba de humor para eventos públicos; sin embargo, al enterarse de que se trataba de una gala benéfica cuya recaudación iría destinada a un fondo de arte para creadores emergentes que no contaban con los medios para salir adelante, decidió asistir.
Unos días después, los reflectores de la ciudad se concentraron en el salón principal de uno de los teatros más majestuosos del país. Ester lució un espectacular vestido azul noche que no solo resaltaba su belleza sobria, sino también las curvas de su silueta, las cuales en esos seis años se habían vuelto más pronunciadas y elegantes.
Al pisar la alfombra del teatro, las ráfagas de flashes cayeron sobre ella como una marea intentando arrastrarla. Pero la aristocracia que corría por sus venas la mantuvo firme, proyectando esa seguridad y distancia que solo una Villaseñor podía ostentar. Algunos reporteros de élite intentaron acercarse para formularle preguntas inquisitivas; Ester simplemente los ignoró con serenidad, conociendo de sobra los verdaderos intereses de la prensa.
Diversos hombres de negocios se aproximaron con la intención de entablar conversación. El nombre de Ester Villaseñor había regresado para quedarse; ahora era codiciada por muchos, atraídos tanto por su astucia ejecutiva como por la sofisticación que emanaba.
Desde la distancia, Vincet observaba la escena mientras un latigazo de celos le quemaba las entrañas. Se sintió un verdadero idiota por haberla lastimado en el pasado, pero al verla rodeada de pretendientes, una punzada amarga le hizo creer que la mujer reservada del pasado había quedado atrás.
—Señor, la señorita Miranda desea hablar con usted —anunció Elías, manteniendo a raya a cualquiera que intentara cruzar el límite dibujado por su jefe.
—Déjala pasar. Creo que es hora de continuar con mi vida —susurró Vincet, más para convencerse a sí mismo que para su leal asistente.
Elías miró en dirección a Ester y comprendió de inmediato las palabras de Vincet. Al conocerlo tan bien, pensó que la etapa del remordimiento estaba siendo superada, aunque en el fondo lamentaba que la historia entre su jefe y la joven Villaseñor no hubiera encontrado un mejor desenlace.
—Hola, Vincet... Pensé que era imposible llegar hasta ti —la voz fingida de Miranda interrumpió los pensamientos del hombre, quien no lograba apartar la mirada de Ester.
—Es difícil, pero no imposible. Por favor, toma asiento —respondió Vincet, ofreciéndole una atención distante.
La escena no pasó desapercibida para Ester, quien sintió un nudo opresivo en el pecho. Aunque sabía perfectamente que Vincet nunca la había amado y que era natural que rehiciera su vida, jamás imaginó verlo sonreírle a Miranda, la misma mujer que años atrás se había encargado de hacerle la vida imposible en el teatro.
—Disculpe, señor López. Necesito un poco de aire fresco —dijo Ester, buscando una excusa para alejarse de aquel tormento visual.
El ejecutivo, Hernán López, malinterpretó la cortesía de Ester. Tras esperar un tiempo prudencial, decidió seguirla hacia las terrazas. Su movimiento fue advertido por Vincet, a quien la ira le nubló el juicio al suponer lo peor. Decidido a confirmar la supuesta ligereza de Ester y borrar de una vez por todas la imagen de la joven inocente que guardaba en el recuerdo, dejó a Miranda sola por un momento y caminó hacia los jardines.
Ajena a los ojos que la acechaban, Ester permanecía junto a la balaustrada de mármol, contemplando la luna en busca de tranquilidad.
—Hermosa conejita... Sabía que había llamado tu atención —la voz lasciva de Hernán resonó a sus espaldas. Antes de que ella pudiera reaccionar, unas manos invasivas le rodearon la cintura, pegándola bruscamente contra su cuerpo.
—¿Qué le pasa? ¡Le exijo que me suelte! —espetó Ester, forcejeando con firmeza para liberarse.
—No te hagas la difícil —insistió Hernán, intentando presionar sus labios contra el cuello de Ester—. En este círculo todos sabemos la clase de mujer que eres.
En un rasgo de desesperación, Ester le propinó un fuerte codazo en el abdomen al sujeto, obligándolo a retroceder por el dolor. Sin embargo, Hernán fue más rápido y la sujetó sin piedad por la muñeca, frenándola en seco.
—¿Quieres jugar a ser ruda? Imagino que así jugabas con Vane para tenerlo loco —escupió el hombre, tirando de ella con violencia.
—¡Suélteme, imbécil! ¡Es un cobarde! Sabe perfectamente que puedo destruirlo —gritó Ester, luchando por mantener su dignidad intacta.
Hernán soltó una carcajada grotesca.
—Me encantan las mujeres con esa boca. Sigue así, que solo consigues encenderme más.
En ese instante, una fuerza descomunal agarró a Hernán por el hombro, empujándolo hacia atrás con tal violencia que lo hizo tambalear sobre el pavimento.
—Escuchó a la señorita. Dijo que la soltara —sentenció una voz profunda y contenida.
Sin poder dominarse, Vincet le descargó un puñetazo certero en el rostro al sujeto, mandándolo al suelo. Inmediatamente, hizo una señal a sus escoltas.
—Sáquenlo de aquí —ordenó Vincet con voz gélida—. Y encárguense de que mañana a primera hora se haga público que Hernán López queda fuera de cualquier alianza comercial en este país.
Al darse la vuelta, Vincet se encontró con la mirada aterrada de Ester. Por un segundo, fue como si el tiempo se congelara: era exactamente la misma expresión de vulnerabilidad que había visto seis años atrás en la oscuridad de aquel callejón a la salida del club.
—¿Estás bien? —preguntó Vincet, suavizando el tono como raras veces lo hacía.
—Sí, estoy bien —respondió Ester, recomponiéndose al instante y erguéndose con frialdad.
—La historia vuelve a repetirse —comentó Vincet, agachándose para recoger el teléfono móvil que se le había caído a Ester durante el forcejeo.
—No sé de qué habla. Si me disculpa, me retiro.
Vincet, movido por un impulso, tomó con delicadeza la mano de Ester para evitar que se fuera.
—¡No me vuelva a tocar! —ordenó Ester enérgicamente, soltándose de su agarre con un movimiento brusco.
—Perdón, solo quería hablar contigo —agregó Vincet, levantando las manos en señal de paz.
—Cualquier asunto que desee tratar conmigo respecto a negocios, puede solicitar una cita formal con mi asistente. Buenas noches, señor Vane.
Ester dio dos pasos para salir de aquí el lugart; sin embargo, Vincet no estaba dispuesto a dejarla ir tan fácilmente.
—¿Ahoras que quiere? —preguntó Ester molesta.
—Nada, solo quería desearle buenas noches.
Vincet se hizo a un lado al ver el odio contenido en los ojos de Ester, le dolió en el alma que ella lo mirara de esa manera, pero era su castigo por haberla humillado como lo hizo.
Dale con todo por idiota