Una antigua promesa. Dos reinos unidos por el destino. Una mujer que jamás debió formar parte de la historia… y un emperador que estaba destinado a amar a otra.
Pero el destino rara vez respeta los planes de los hombres.
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La hija que nadie quiso… y ahora todos reclaman
Contaba con veinte años cuando el rey de Liria decidió, finalmente, que yo existía.
La citación llegó sellada con cera roja.
Ninguna convocatoria del rey llegaba de manera improvisada, pero aquella llevaba el sello real grabado con una presión inusualmente profunda, como si incluso la cera anunciara que las palabras contenidas en su interior cambiarían el destino de quien las recibiera.
El conde Alaric la tomó entre sus manos sin abrirla de inmediato. Permaneció varios segundos observando el emblema de la corona, con el presentimiento de que aquella carta no traía una petición… sino una carga.
Finalmente rompió el sello con cuidado y desplegó el pergamino.
El conde Alaric la leyó una vez… y luego otra, como si en la repetición pudiese hallar una respuesta distinta.
Al alzar la vista hacia mí, su expresión ya no era de duda, sino de advertencia.
—Esto no es propio de la corte —murmuró.
Y, aun así… no pudo oponerse.
Me condujo al palacio como quien acompaña a alguien hacia un destino del que no hay retorno.
Las puertas doradas se abrieron.
Los guardias anunciaron nuestros nombres.
Y el rey ordenó que pasáramos sin demora.
Me adelanté.
Incliné la cabeza con una reverencia exacta, ni más profunda de lo necesario… ni más breve de lo permitido.
—Majestad —pronuncié con serenidad—. Es un honor ser recibida. ¿A qué debo tal convocatoria?
El rey de Liria me observó cómo se observa un objeto antiguo: útil, quizá… pero indigno de estima.
—Emilia —dijo sin rodeos—, tu reino te necesita.
Pronunció aquellas palabras como si alguna vez me hubiese concedido uno.
Habló del tratado.
Del Pacto de Sangre.
Del emperador de Draken.
De su hija… que había preferido el amor antes que la corona.
—Por consiguiente —concluyó—, cumplirás el acuerdo en su lugar.
Le sostuve la mirada.
—¿Y exactamente cómo cree usted que puedo ayudarle, majestad?
—Sabes que en tus venas corre sangre real —replicó con frialdad—. Perteneces a esta familia. Y tu rey te ordena que actúes como tal.
Algo en mi interior se resquebrajó.
¿Familia?
¿La misma que me escondió?
¿La que me entregó como sirvienta?
¿La que decidió que mi existencia debía permanecer en las sombras?
El conde Alaric dio un paso al frente.
—Majestad —dijo con voz firme—, Emilia no es apropiada para ese compromiso. El emperador de Draken es un hombre de carácter implacable. Enviarla podría interpretarse como una ofensa.
—Si el acuerdo no se cumple —respondió el rey, sin alterar el tono—, perderemos territorios.
Mas si Emilia desposa al emperador… los términos quedarán satisfechos.
Mi vida…
a cambio de tierras.
Respiré lento.
—Majestad —dije con suavidad—, nadie conoce mi existencia. No pertenezco a su linaje ante los ojos del mundo. No poseo apellido. Ni título.
El rey entrecerró los ojos.
—Pero posees sangre.
Y, al parecer… aquello bastaba para disponer de mí.
Me enderecé.
—Si voy a ser su solución —declaré—, no lo seré como servidumbre.
El silencio descendió sobre la sala con la gravedad de una sentencia.
—Exijo un apellido.
Un título.
Y un lugar legítimo en la historia que se me negó.
Alcé el mentón, sin desafío… pero sin rendición.
Porque si voy a ser entregada a un emperador que no perdona…
No iré de rodillas.