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La Obsesión del Mafioso Ruso

La Obsesión del Mafioso Ruso

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor a primera vista / Síndrome de Estocolmo / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.

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Capítulo 8

Valentina encontró el hotel de Dani porque tuvo suerte y porque el miedo, a veces, era mejor que cualquier mapa.

Recordaba dos cosas: una fachada verde pálido y una farmacia en la esquina con una cruz luminosa. Corrió hasta que el costado le ardió, se escondió cuando vio autos negros, volvió a correr cuando escuchó voces masculinas detrás. La nieve le mojaba el cabello y el chocolate seco le tiraba de la piel quemada.

Cada paso repetía la misma palabra.

Dani.

Dani.

Dani.

Cuando vio la fachada verde, casi se le doblaron las rodillas.

Entró al hotel empujando la puerta de vidrio con el hombro. La recepcionista levantó la vista y abrió la boca, quizá para preguntar por qué una chica empapada y sin abrigo suficiente parecía haber salido de una persecución. Valentina no le dio tiempo.

—Daniel Ochoa —dijo, respirando a golpes—. Mexicano. Mi amigo. Por favor.

La mujer no entendió todo, pero sí el nombre. Marcó a una habitación.

Menos de un minuto después, Dani apareció por las escaleras.

Tenía la chamarra mal puesta, el cabello revuelto y los ojos rojos de haber buscado una respuesta en todas partes. Al verla, se quedó congelado.

—Val.

Ella cruzó el vestíbulo y se le fue encima.

Dani la abrazó con una fuerza desesperada.

—¿Qué te hizo? ¿Estás herida? ¿Dónde estabas?

—No hay tiempo. —Valentina se separó apenas y le mostró el brazo—. Necesito que nos vayamos de Rusia ahora.

La cara de Dani cambió al ver la quemadura.

—Valentina...

—Dani, mírame. Ese hombre puede inventarte cargos. Puede meter cosas en tu mochila. Puede comprar policías. Tenemos que irnos antes de que cierre todo.

—Ya llamé al consulado.

—¿Qué te dijeron?

—Que no me moviera del hotel, que estaban verificando.

Valentina soltó una risa rota.

—Perfecto. Entonces ya sabe dónde estás.

Dani no discutió. Eso fue lo que más la asustó. Tomó su mochila del sofá del vestíbulo, subió por su pasaporte y bajó en tres minutos con la cara de quien no entiende el juego, pero sí entiende que la persona que ama está aterrada.

—¿Aeropuerto? —preguntó.

—No. Es lo primero que va a vigilar.

—Tren.

—Tren.

Dani le puso su bufanda alrededor del cuello. Valentina quiso quitársela.

—Tú tienes frío.

—Tú estás temblando.

—Es adrenalina.

—Es hipotermia con orgullo mexicano.

Ella habría reído si el pecho no le doliera tanto.

Salieron por la puerta lateral del hotel y caminaron rápido hasta una avenida. Dani levantó la mano para pedir un taxi. Valentina miró hacia ambos lados, buscando el Rolls-Royce, un Maybach, cualquier vidrio negro.

Lo vio.

No cerca.

Al otro lado de la avenida, medio oculto detrás de un autobús, un Maybach oscuro avanzó al ritmo de ellos.

Valentina se quedó fría.

En el asiento trasero, una silueta masculina no apartaba la mirada.

—Nos está siguiendo —susurró.

Dani giró la cabeza.

—No mires.

—Ya lo vi.

—Entonces finge que no.

El taxi se detuvo. Subieron. Valentina le dio al conductor el nombre de la estación con el acento más horrible de su vida. Dani lo corrigió leyendo la pantalla del teléfono.

El Maybach los siguió a distancia.

Nikolái observaba desde atrás, con el codo apoyado en la puerta y dos dedos sobre la sien.

—Le dio su bufanda —dijo Sasha desde el volante.

—Lo vi.

—Está temblando.

—También lo vi.

Sasha guardó silencio.

Dani, en el taxi, apoyó una mano en el hombro de Valentina.

No fue un gesto romántico. Fue consuelo, cuidado, una forma de decir estoy aquí sin obligarla a hablar.

La mano de Nikolái bajó hacia la pistola.

Sasha lo miró por el retrovisor.

—Pakhan.

Nikolái no apartó los ojos de esa mano sobre el hombro de Valentina.

—Conduce.

La estación estaba llena de gente, maletas y anuncios que Valentina no podía leer. El ruido la golpeó con una esperanza práctica: entre tanta gente, quizá podrían perderse.

Compraron boletos hacia Helsinki porque fue el primer destino internacional que Dani encontró en una pantalla.

—Si cruzamos frontera, el consulado puede alcanzarnos mejor —dijo él.

Valentina asintió, aunque no sabía si era verdad.

No importaba.

Cualquier dirección que no fuera Nikolái era buena.

Avanzaron hacia la plataforma con la mochila de Dani y la maleta pequeña de Valentina que él había logrado rescatar del hotel. Entonces un hombre chocó contra Dani.

—¡Oye! —protestó Dani en español.

El hombre levantó las manos, dijo algo en ruso y se perdió entre la gente.

Valentina sintió un pinchazo en la nuca.

—La mochila.

Dani se giró.

La mochila seguía en su hombro.

—Está aquí.

—Revísala.

—Val...

—Revísala.

Dani abrió el cierre principal.

Una caja de terciopelo rojo descansaba encima de su ropa.

Valentina dejó de respirar.

—Eso no es tuyo.

Dani la sacó con cuidado, confundido.

—No. No sé qué...

Tres policías aparecieron antes de que terminara la frase.

Uno habló en ruso. Otro señaló la caja. El tercero tomó a Dani del brazo.

—No, no, esperen —dijo Valentina—. Eso no es suyo. Se lo pusieron.

Nadie la escuchó.

Abrieron la caja.

Dentro, sobre terciopelo, había un cáliz dorado pequeño, con piedras oscuras incrustadas en la base.

Valentina lo reconoció por las fotos que había visto esa misma tarde en la catedral.

El estómago se le hundió.

Nikolái no había amenazado.

Había avisado.

—Val —dijo Dani, pálido—. Yo no...

—Lo sé.

Un policía le quitó el cáliz de las manos con guantes blancos. Otro sacó una tableta y mostró una imagen: el mismo objeto, fotografiado dentro de una vitrina, con un número de inventario debajo. Valentina no entendía ruso, pero entendió el lenguaje universal de las pruebas ordenadas.

Fecha.

Hora.

Objeto desaparecido.

Objeto encontrado.

Sospechoso extranjero.

Todo estaba demasiado limpio.

—No pueden —dijo, aunque nadie la escuchaba—. Acabamos de comprar boletos. Hay cámaras. El hombre que chocó con él...

El oficial de la tableta le respondió en ruso sin mirarla. Una agente más joven, quizá con algo de inglés, dijo en español roto:

—Comisaría. Ahora.

Dani intentó acercarse a Valentina, pero le torcieron el brazo detrás de la espalda. Ella dio un paso hacia él.

—¡No lo lastimen!

La agente la sostuvo por el hombro sano.

—Usted también viene.

Los separaron en la comisaría.

Esta no se parecía a la de Estambul. Era más limpia, más fría, con paredes claras y un silencio de oficina que le puso la piel peor que los gritos. A Valentina la dejaron en una sala de interrogatorios con una mesa metálica. No le quitaron la bufanda de Dani. Ella la apretó con la mano sana.

Un oficial le habló en ruso. Ella respondió en español. El hombre suspiró, salió y la dejó sola.

Media hora después, la puerta se abrió.

Valentina levantó la cabeza esperando ver a un traductor.

Entró Nikolái Vólkov.

No llevaba prisa. Nunca llevaba prisa.

Se sentó frente a ella, acomodó los puños de su camisa y dejó sobre la mesa una fotografía impresa del cáliz.

—Última oferta, printsessa.

Valentina sintió que la rabia le quemaba más que el brazo.

—Usted hizo esto.

—Vienes conmigo por las buenas —continuó él— o tu amiguito pasa los próximos diez años en una cárcel rusa.

Ella apretó la bufanda hasta que le dolieron los dedos.

—Lo odio.

Nikolái sostuvo su mirada.

—Eso también puedes hacerlo en mi casa.

1
Martha Rebolledo
Normal
Yeris
comienza buena
Vane Alvarez
creo que Dani, actúa, para poder sacarla... y que tiene algún aliado, x eso los disparos y demás. para distraer a volkov y poder escaparse
Morrita
Que perdón, no entendí jaja
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