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Lazos De Sangre Y Luna

Lazos De Sangre Y Luna

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Vampiro / Yuri
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: maite lucía

Bella Swan, una omega humana con un aroma que vuelve locos a vampiros y lobos, descubre que su destino no es el Edward Cullen que conocemos, sino Alice, una vampira alfa que la ha visto en sus visiones durante décadas. Edward, por su parte, encuentra en Jacob Black (un lobo omega rebelde) una pareja que desafía todas las reglas del universo sobrenatural.

NovelToon tiene autorización de maite lucía para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: El aroma del fin del mundo

...Lazos de Sangre y Luna...

La lluvia no caía en Forks: "existía". Era una entidad viva que se pegaba a la piel, se colaba por las rendijas de las chaquetas y convertía el aire en un pulmón mojado. Bella Swan lo sintió en cuanto la puerta del avión se abrió. El olor a pino mojado, a tierra mujado, a gasolina barata del estacionamiento. Cerró los ojos un segundo y tuvo que apoyarse en el pasamanos de la escalerilla.

—Señorita, ¿se encuentra bien? —preguntó el auxiliar de vuelo.

—Sí. Solo… el cambio de clima.

Mentira. El cambio era "ella".

Hacía tres semanas que su cuerpo había decidido traicionarla. Un martes por la noche, en Phoenix, mientras veía una película con Renée, sintió un calor en el bajo vientre tan intenso que tuvo que morderse la almohada para no gritar. Su madre, que nunca se daba cuenta de nada, esa vez sí notó algo.

—¿Bella? ¿Estás sudando?

—Es verano, mamá.

—Dentro de casa con el aire acondicionado a tope no.

Bella escapó al baño y se miró al espejo. Sus pupilas estaban dilatadas. Sus mejillas, encendidas. Y entre sus piernas… un desastre pegajoso que no correspondía a su ciclo menstrual. Fue entonces cuando recordó las palabras de su abuela Marie, muerta cuando ella tenía ocho años: "Las Swan de sangre pura siempre paren omegas. Y tú, mi niña, hueles a luna llena".

En ese momento no entendió nada. Ahora, en el aeropuerto más pequeño y triste de Washington, lo entendía todo.

Era omega. Un omega puro. Y su padre, Charlie Swan, el jefe de policía de Forks, era un alfa dominante que la había criado a distancia para que *no oliera su propia naturaleza*. Porque los alfas dominantes, según el manual no escrito de los seres sobrenormales, podían suprimir el aroma de sus hijos omega hasta que estos cumplieran la mayoría de edad. Charlie había esperado hasta los diecinueve. Pero Bella cumpliría diecinueve en septiembre, y su cuerpo se había adelantado.

Tres semanas de calores repentinos. De manchas húmedas en la ropa interior. De antojos ridículos (sangre, quería sangre, y eso la aterraba). De insomnio. Y ahora, encima, tener que vivir con el alfa que la había *silenciado* durante dieciocho años.

—¿Bella?

La voz de Charlie la sacó de sus pensamientos. Estaba al pie de la escalerilla, con un impermeable verde oscuro y una gorra de policía calada hasta las cejas. Medía un metro ochenta, hombros anchos, mandíbula cuadrada. Olía a café quemado, a pólvora y a *bosque*. Pero debajo de todo eso, Bella percibió por primera vez su verdadero aroma: cedro y tormenta. Alfa. Alfa dominante.

—Hola, papá —dijo, y su voz salió más ronca de lo que quería.

Charlie la miró de arriba abajo. Sus ojos marrones, normalmente apagados, se encendieron un segundo. Arqueó una ceja.

—Has cambiado.

—Tú también.

—No me refiero a eso. Hueles… diferente.

Bella se puso rígida. "Mierda. Él también lo nota."

—Es un perfume nuevo —improvisó.

—No usas perfume. Nunca.

Charlie no esperó respuesta. Le quitó la maleta de la mano (un gesto posesivo, típico de alfa) y caminó hacia la camioneta roja. Bella lo siguió en silencio, sintiendo cómo cada célula de su cuerpo le gritaba "sumisión". Tuvo que apretar los puños para no bajar la mirada.

Durante el trayecto a casa, Charlie no habló. Puso la radio en una emisión de noticias locales y mantuvo los ojos en la carretera. Bella aprovechó para observar el paisaje: árboles infinitos, niebla pegajosa, carteles de "Ceda el paso" oxidados. Nada que ver con Phoenix. Aquí todo parecía •viejo•. Y húmedo. Y lleno de secretos.

—¿Has pensado en la universidad? —preguntó Charlie de repente.

—Todavía no.

—Deberías. Los omegas puros necesitan entornos controlados.

Bella giró la cabeza tan rápido que le crujió el cuello.

—¿Sabes lo que soy?

Charlie apretó el volante. Sus nudillos se volvieron blancos.

—Lo supe desde que naciste. Tu madre no. Ella es humana beta, no huele nada. Pero yo… cuando saliste del quirófano, el olor a jazmín y lluvia llenó toda la planta. Tuve que sobornar a tres enfermeras para que no dijeran nada.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque los omegas puros viven atormentados si saben lo que son demasiado pronto. Las marcas, los celos, los alfas acosadores… Quería darte una infancia normal.

—¿Normal? —Bella rio sin humor—. Me mudé con mamá a los tres meses porque no soportabas mi olor. ¡Eso no es normal!

Charlie se quedó callado. La lluvia golpeaba el techo de la camioneta como dedos impacientes.

—Tenía miedo de reclamarte —admitió al fin, en un susurro—. Los alfas dominantes no pueden vivir con un omega de sangre que no sea su pareja. Me volvería loco. Querría… marcarte. Y eso es ilegal.

—¿Marcarme? ¿Como los animales?

—Como los seres sobrenaturales, Bella. No somos humanos del todo. Tú menos que nadie.

El resto del viaje lo hicieron en silencio. Bella se quedó mirando las gotas resbalar por la ventanilla y pensó en Alice. No en una Alice concreta, sino en la de sus sueños. Desde que cumplió diecisiete había tenido la misma pesadilla recurrente: una chica alta, de pelo negro corto, que la besaba en un claro del bosque mientras la luna se partía en tres. La chica olía a hielo y a cereza. Y cuando Bella despertaba, tenía las sábanas empapadas.

Nunca le contó eso a nadie.

La casa de Charlie era igual que en sus recuerdos: pequeña, desordenada, con olor a pescado frito y a soledad. Había una foto de ella en la entrada, de cuando tenía seis años y pescó su primera trucha. Al lado, una foto de Renée sonriendo en su boda. Charlie nunca había quitado esa foto.

—Tu habitación está arriba, al final del pasillo —dijo Charlie, dejando la maleta en el suelo—. La limpié yo mismo.

—Gracias.

—Cena a las siete. No llegues tarde.

Esa fue su forma de decir •te quiero•. Bella asintió y subió las escaleras. Cada peldaño crujía como si protestara por su peso. La habitación era pequeña pero acogedora: una cama individual con colcha de cuadros, una mesita de noche con una lámpara de porcelana, y un armario vacío. En la ventana, unas cortinas amarillas que habían pertenecido a su abuela.

Bella se sentó en la cama y se llevó las manos al vientre. Allí, justo debajo del ombligo, sentía *el latido*. Eso era lo que los manuales de internet llamaban "el núcleo omega". Un segundo corazón que solo latía cuando estaba cerca de su pareja destinada. Pero no había nadie cerca. Solo árboles y lluvia.

"Entonces por qué late", pensó. "Por qué no para."

No durmió bien. Se despertó tres veces con calambres en el bajo vientre y una sed imposible de calmar. La última vez, hacia las 5 de la mañana, se levantó y bebió agua del grifo directamente. El agua sabía a cloro y a tubería vieja. Pero debajo de eso… a algo •metálico•. A hierro. A sangre.

Cerró el grifo de golpe y se apoyó en la encimera.

—Omega puro —se susurró—. ¿Y ahora qué?

La primera mañana en Forks High School fue exactamente como esperaba: gris, anónima y llena de miradas curiosas. La secretaria, una mujer de pelo canoso llamada Mrs. Cope, le dio un mapa del instituto y un horario con materias que ya había visto en Phoenix.

—Eres la hija de Charlie, ¿verdad? —preguntó Mrs. Cope con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Sí.

—Pues ten cuidado, cielo. Esto no es una ciudad amable para los… •diferentes•.

Bella no supo a qué se refería hasta que entró en la cafetería.

Continuará 🔥

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