La Academia Valmont lo tenía todo: lujo, poder y secretos. Entonces conocí a Matías Ferrer, el chico que parecía un ángel… y terminé atrapando al diablo.
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CAPÍTULO 14
Tras la reunión en el patio, la Academia Valmont ya no se sintió igual.
Seguían allí los pasillos de cristal, las escaleras mecánicas y las fuentes brillando bajo el sol de Santiago.
Pero las miradas habían cambiado por completo.
Ahora todos sabían mi apellido.
—Buenos días, señorita Valmont.
—¿Cómo se encuentra la heredera?
—Disculpa, Amalia.
¿Podrías ayudarme con esto?
Unos se mostraban amables, otros buscaban acercarse por interés y muchos aún me veían como una extraña.
—Los detesto —murmuró Sofía mientras caminábamos—.
Hace nada te insultaban y ahora parecen tus asistentes.
—Un poco exagerada.
¿No?
—Es la verdad.
Ambas reímos.
Al entrar al salón el silencio volvió de golpe.
Avancé hasta mi sitio junto a la ventana y entonces lo vi:
Matías, con los brazos cruzados y su habitual seriedad…
Pero esta vez no apartó la vista.
—Buenos días —lo saludé.
—Buenos días, Amalia.
Sofía me dio un codazo.
—Demasiado educado para ser él —susurró.
Durante la clase sentí sus ojos sobre mí una y otra vez; apenas logré concentrarme.
Al sonar el recreo intenté ir a la biblioteca, pero Sofía me detuvo:
—¿A esconderte otra vez?
—Es lo que mejor me sale.
—Pues deja de hacerlo, señorita multimillonaria.
Me solté riendo y recorrí los pasillos hasta que una voz me llamó:
—Amalia.
Era Matías.
—¿Necesitas algo?
—Sí. Hablemos un momento.
Subimos a una terraza casi desierta, desde donde se veía toda la ciudad extendida.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Se apoyó en la baranda y miró al frente.
—Ayer supe quién eres realmente.
—Creo que se enteró todo el mundo —respondí suavemente.
—Debí imaginarlo antes —dijo con media sonrisa—.
Nadie anda en un Aston Martin y es “una más”.
—¡Oye! —protesté.
—¿Ves? Tenía razón.
Rodé los ojos fingiendo molestia.
—Si viniste a burlarte…
—No vine a eso —me interrumpió serio—.
Quería pedirte perdón.
Me dejé llevar y te juzgué sin conocerte.
Me quedé sorprendida.
—Todavía no nos conocemos tanto…
—Tal vez sea hora de cambiarlo.
Me miró entonces como si quisiera descifrar cada parte de mí.
—¿Te golpeaste la cabeza?
—bromeé.
—No.
Solo dejé de levantar muros innecesarios.
—¿Y siempre eres tan terco?
—Solo cuando no me equivoco.
Por primera vez lo vi reír de verdad:
una risa breve, cálida, que iluminó sus ojos verdes.
Hablamos un buen rato:
de clases, de Valentina, de lo pesada que podía ponerse Sofía…
y resultó sorprendentemente fácil estar con él.
Cuando sonó el timbre, se apresuró a tomar su mochila.
—Debo irme.
—Al trabajo —dije sin preguntar.
Se detuvo y me miró asombrado.
—¿Cómo…?
—Eres pésimo ocultando lo que te preocupa.
—Lo notaré —murmuró con una sonrisa—.
Nos vemos mañana, Amalia.
Lo vi perderse entre la gente y una sensación extraña me invadió.
Todo había cambiado demasiado rápido:
la gente, mi lugar aquí…
Y sobre todo él.
El chico que me mantenía lejos ahora buscaba acercarse.
Pero mientras el viento agitaba mi cabello y su mirada volvía a mi mente, no pude evitar pensar:
¿Por qué esa nueva cercanía me parecía mucho más peligrosa que su antiguo desprecio?