Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capítulo 15: La evolución de Astra
Valerius contempló los cadáveres de los rastreadores sobre la nieve violada por la sangre y luego desvió sus ojos dorados hacia Astra. En su mirada no había reproche, sino una fiera determinación. El Rey Hereje se acercó a ella, tomándola de las manos frías, y con una voz que barrió el eco del jardín, decretó el fin de una era:
—No volverás a vestir los harapos del cautiverio ni los colores pálidos de la sumisión, Astra. A partir de hoy, este castillo y el mundo entero sabrán que no eres la prisionera de nadie.
Sin perder un segundo, el híbrido alzó una mano y convocó a los costureros reales de la corte de las sombras, ordenándoles una sola tarea que hizo temblar de expectación los pasillos del palacio: traer de las criptas más profundas los baúles malditos de la emperatriz. Tus días de opacidad habían terminado.
En los aposentos reales, el aire estaba cargado con el aroma a lavanda, sedas finas y magia de transmutación. Astra permanecía de pie frente a un gigantesco espejo de plata, rodeada por sirvientes y costureros de la corte que se movían con una mezcla de reverencia y temor reverencial.
Astra dejó caer al suelo la última túnica desgastada de Omega, despojándose definitivamente de los recuerdos de su humillación. Con cuidado místico, las costureras comenzaron a vestir su nuevo cuerpo, moldeado ahora por el poder bruto del Lazo de Eclipse.
Le colocaron un imponente vestido de seda gótica color azul medianoche que parecía absorber la luz de las velas. La falda caía en capas pesadas e imperiales, mientras que el torso era ceñido a la perfección por un corsé de cuero de basilisco negro, rígido y letal, que acentuaba la estrechez de su cintura y la curva de sus caderas. Lo más espectacular eran los bordados: intrincados hilos de plata pura que subían por su pecho y se entrelazaban alrededor de su garganta, replicando con exactitud matemática la forma de la corona del eclipse que brillaba en su cuello.
Astra alzó la mirada hacia su reflejo y sintió un vuelco en el pecho. La mujer desnutrida y asustada había desaparecido. Su piel, bendecida por la sangre real de Valerius, brillaba con una salud radiante y sobrenatural. Su cabello oscuro, antes opaco, ahora caía en ondas perfectas y sedosas sobre sus hombros. Pero lo más impactante era su mirada: sus ojos proyectaban una seguridad fría, felina e implacable.
Al notar la fijeza de su mirada plateada, las sirvientas que ajustaban los broches bajaron la cabeza de inmediato, intimidadas por el aura de Alfa Suprema que emanaba de la antigua paria. Astra sonrió para sí misma; el cambio físico era solo el reflejo del monstruo que acababa de despertar en su alma.
Las inmensas puertas dobles del gran salón principal se abrieron de par en par. La música de los violines se detuvo en seco y un sepulcral silencio cayó sobre la multitud aristocrática. La corte de vampiros ancestrales y licántropos exiliados, acostumbrada a la frialdad y al desprecio, alzó la vista simultáneamente hacia la gran escalinata de mármol negro.
Astra apareció en la cima.
Un murmullo colectivo recorrió el salón. Su caminar era pausado, seguro, cada paso resonando con la autoridad de una deidad nocturna. Los nobles vampiros, que antes la miraban como un simple juguete de su rey, abrieron los ojos con estupefacción.
Entre la multitud, Lilith, la vampiresa de alta cuna que se había burlado de la debilidad de Astra, apretó las garras hasta clavárselas en las palmas de las manos, su rostro desfigurado por una envidia purulenta. Sin embargo, cuando Astra descendió los escalones y su aura plateada barrió el salón, la presión mística fue tan sofocante que la misma Lilith se vio obligada a morderse el labio e inclinar la cabeza, doblegada por el poder de la loba del eclipse. El "face-slapping" ante la corte fue absoluto.
Al final de la escalinata, esperándola, se encontraba Valerius. El Rey Hereje vestía sus galas de monarca, una armadura oscura bordada en oro y una capa que parecía hecha de sombras vivas. Sus ojos dorados devoraban la figura de Astra a medida que se acercaba. En sus facciones perfectas se dibujaba un orgullo masculino salvaje y una obsesión posesiva que rayaba en la locura. Astra era su creación, su compañera, su igual.
Valerius dio un paso al frente y extendió su mano enguantada. Astra la tomó, sintiendo la calidez abrasadora de su vínculo. El híbrido la atrajo hacia sí, exponiéndola ante toda su corte como su posesión más sagrada.
—Les presento a la dueña de mi eternidad —declaró la voz de Valerius, haciendo vibrar las lámparas de cristal del techo.
Con una lentitud deliberada, Valerius se inclinó ante ella y le besó el dorso de la mano frente a la mirada atónita de los nobles. Acto seguido, tomó de un cojín de terciopelo una diadema de obsidiana y diamantes de sangre, colocándola sobre la cabeza de Astra, sellando su estatus real. La antigua Omega acababa de ser coronada.
Sin embargo, justo cuando los aplausos forzados de la corte iban a comenzar, un estruendo brutal sacudió la entrada del castillo.
¡¡¡BUM!!!
Las pesadas puertas de roble y hierro del salón fueron empujadas violentamente. Un mensajero de la Manada Colmillo de Plata, con la armadura destrozada, cubierto de heridas abiertas y empapado en su propia sangre ensangrentada, se desplomó en el centro de la pista de baile.
Los nobles retrocedieron con asco y alarma. El mensajero, usando el último aliento de su vida, alzó un pergamino lacrado con el sello del lobo de plata y lo arrojó a los pies de la pareja real.
—¡Mi señor Valerius...! —tosió el mensajero, derramando un hilo de sangre negra por la boca— El Alpha Logan... ha despertado. Dice que le has robado lo que le pertenece... y que no dejará un solo ladrillo en pie de este reino. ¡Es... una declaración formal de guerra!