dónde estés siempre serás tu
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18
Dmitriy dio un par de zancadas desesperadas, devorando la distancia que lo separaba de la entrada de su oficina, y abrió la pesada puerta de madera con un impulso que rozaba la urgencia. En cuanto la hoja se deslizó, el mundo exterior se congeló por completo. Ahí estaba ella. Azul se encontraba de espaldas, hablando bajito con la secretaria, envuelta en un elegante abrigo negro que contrastaba con la gélida iluminación . En un parpadeo, el aire del pasillo se transformó; de ella emanaba ese dulce aroma que él recordaba a la perfección, una fragancia cálida que lo transportó de inmediato a las noches de la Ciudad de México y que derritió el gélido ambiente moscovita en un segundo.
«Dios, se ve hermosa… Está idéntica, pero hay algo diferente, algo más maduro y seguro en ella. Y ese vestido… Quién fuera ese vestido para estar así de cerca de su piel», pensó el ruso, sintiendo que la garganta se le secaba y que el pulso le daba un vuelco salvaje en el pecho.
Al escuchar el sonido de la puerta, Azul se giró lentamente. Sus ojos se encontraron tras cinco largos años de absoluto silencio. El tiempo pareció detenerse mientras ambos se escaneaban, asimilando el impacto físico de comprobar que los recuerdos se quedaban cortos ante la realidad.
—Hola… —articuló ella, apretando el asa de su bolso con los dedos rígidos por los nervios—. Hola, Dmitriy.
—Azul… —la voz del ruso sonó como un eco profundo, cargada de una devoción que no pudo ocultar—. Pasa, por favor. Pasa adelante.
—Gracias —respondió ella, cruzando el umbral con pasos firmes que hacían resonar sus tacones de suela roja sobre el suelo de madera noble.
Dmitriy cerró la puerta a sus espaldas, aislando el despacho del resto del universo . El magnetismo entre los dos era casi tangible, una electricidad que ponía a prueba la fuerza de voluntad de ambos. Él se movió con cortesía, intentando recuperar su postura de anfitrión, aunque las manos le seguían temblando levemente.
—¿Gustas algo… de tomar? Tengo agua, café, o… bueno, algo más fuerte si lo prefieres —ofreció, señalando el mueble bar donde descansaba su vaso de vodka—. Pero por favor, siéntate. Dios… es que estás tan hermosa. De verdad que estás espectacular.
Con una caballerosidad innata y los movimientos pausados de quien teme romper un milagro, Dmitriy se acercó por detrás y le quitó despacio el abrigo negro. Al deslizar la prenda, el divino vestido rojo quedó completamente expuesto, abrazando sus curvas de una manera que estaba volviendo loco al magnate ruso. Sus brazos rozaron sutilmente los hombros de Azul, provocando que a ella se le erizara la piel y que tuviera que apretar las piernas para mantener la compostura.
—Mmm… gracias —murmuró ella, sentándose en una de las lujosas sillas de piel frente al escritorio, cruzando las piernas en un gesto puramente defensivo—. Este… mmm… me imagino que te preguntarás qué hago aquí, en tu oficina y en tu país, después de tanto tiempo.
Dmitriy rodeó el escritorio, pero en lugar de sentarse en su imponente sillón , prefirió apoyarse en el borde de la madera, quedando peligrosamente cerca de ella. La miró con una mezcla de culpa y profunda añoranza.
—Sé que te debo una explicación. Sé perfectamente que fui un cobarde por irme así, de la noche a la mañana, rompiendo mi promesa y dejándote sola —comenzó a decir el ruso, con los ojos clavados en los de ella, buscando desesperadamente su perdón—. Y si me dejas hablar, si me permites contarte lo que pasó con mi familia …
De pronto, las palabras de Dmitriy activaron un resorte invisible en el sistema de Azul. Al escuchar los matices de su voz y las promesas de justificación, todo el dolor , la depresión de los primeros meses, las noches de insomnio en el viejo departamento y la rabia acumulada durante sesenta meses regresaron a su mente de golpe. La abogada implacable y la madre leona despertaron de inmediato, disipando la debilidad de los nervios. Recordó con total claridad la verdadera razón de su visita y el caos que la esperaba en el hotel. Su mirada se volvió de hielo.
—No —lo cortó Azul, levantando una mano de forma tajante—. No, Dmitriy. No vengo aquí por explicaciones retrasadas ni por una dosis de nostalgia barata. Lo que hubo entre nosotros quedó en el pasado. La verdad es que necesitamos hablar sobre un asunto de extrema importancia, un asunto de vida. Por eso, y solo por eso, tomé la drástica decisión de subirme a un avión y venir hasta acá.
Dmitriy se quedó mudo ante el cambio tan radical en su tono de voz. El arrepentimiento nubló sus facciones y dio un paso hacia ella, extendiendo las manos en un gesto de súplica.
—Solo… solo te pido que me escuches, Azul. Que me dejes explicarte —insistió el ruso, con un hilo de desesperación en la voz—. Tienes que creerme, yo no quería dejarte. Yo te amaba, yo… las cosas se salieron de mis manos y fui obligado a regresar yo…
—¡Dmitriy, basta! —sentenció ella, poniéndose de pie de un salto, plantándole cara con una seguridad que lo obligó a retroceder un paso—. En serio, necesito que guardes silencio y me escuches tú a mí. El tiempo de las explicaciones amorosas ya caducó. Pon atención, porque lo que te voy a decir va a cambiar tu mundo por completo.