Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Pensamientos 2
El ambiente finalmente comenzaba a relajarse.
Elia ya no estaba convencida de haber arruinado la reunión.
Albert había logrado corregir el malentendido.
Y por primera vez en toda la conversación ambos parecían cómodos.
Por supuesto.
Fue exactamente en ese momento cuando ocurrió una catástrofe.
La puerta se abrió.
Sin aviso.
Sin ceremonia.
Sin el más mínimo respeto por las normas sociales.
Y un joven de cabello oscuro y desordenado entró caminando como si fuera dueño del lugar.
—¡Albert!
El duque cerró los ojos.
Muy lentamente.
Porque conocía esa voz.
Y conocía los problemas que la acompañaban.
—Jack.
Respondió con el tono de un hombre que estaba perdiendo la fe en la humanidad.
El mago sonrió.
Una sonrisa enorme.
—Qué alegría verte.
—Vete.
—Qué amable recibimiento.
—Jack.
—Solo vine a saludar.
Albert lo fulminó con la mirada.
El problema era que aquello normalmente funcionaba.
Con criminales.
Con nobles.
Con generales.
Con políticos.
Con asesinos.
Con Jack no.
Porque Jack parecía inmune al instinto de supervivencia.
El joven mago se acercó alegremente.
Y Albert aprovechó para susurrar.
—Sal de aquí.
—Estoy trabajando.
—No intentes nada.
—Jamás haría algo sospechoso.
—Jack.
—Estoy herido por tu falta de confianza.
Albert sabía que aquello era mentira.
Y Jack sabía que Albert sabía que era mentira.
Mientras tanto...
Elia observaba la escena.
Y comenzó a pensar.
Lo cual siempre era peligroso.
[Hm.]
[Se conocen bastante.]
Albert sintió una alarma interna.
Porque reconocía ese tono.
Era el tono previo a una conclusión absurda.
[Hablan con mucha confianza.]
No.
[No parece una relación profesional.]
No.
[Oh.]
No.
[OH.]
Albert ya sabía que aquello terminaría mal.
[¿Y si son pareja?]
[Es que se miran con demasiada complicidad]
[Debe ser un amor prohibido, pobre duque]
Albert se apartó inmediatamente de Jack.
Como si el mago acabara de incendiarse.
Jack lo miró confundido.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Pareces alterado.
—No estoy alterado.
Detrás de aquellas palabras existía una lucha interna muy intensa.
Porque Albert acababa de descubrir algo.
Los pensamientos de Elia podían ser adorables.
Inteligentes.
Divertidos.
Pero también podían ser devastadoramente equivocados.
Mientras tanto la mente de Elia continuaba trabajando.
[Tiene sentido.]
[No me extrañaría.]
[Son cercanos.]
[Confían entre ellos.]
[Y ese hombre no deja de sonreírle al duque]
Albert se llevó una mano al rostro.
Porque aquello estaba empeorando.
Jack observó aquella reacción.
Y una idea maravillosa apareció en su cabeza.
Una idea terrible.
Una idea que jamás debió existir.
Perfecta para Jack.
Mientras todos estaban distraídos... movió discretamente un hilo de magia.
Pequeño.
Invisible.
La taza de té frente a Elia se deslizó apenas unos centímetros.
La joven se sobresaltó.
Intentó sujetarla.
La porcelana se rompió contra el borde de la mesa.
Y una pequeña astilla rozó uno de sus dedos.
—¡Ah!
Elia retiró la mano inmediatamente.
Solo era un corte superficial.
Nada grave.
Pero suficiente para dejar aparecer una pequeña gota de sangre.
Albert se puso de pie.
—¿Está bien?
—Sí.
Creo.
[Maldición.]
[Qué vergüenza.]
[¿Cómo me corté con una taza?]
Jack apareció a su lado a la velocidad de un rayo.
—¡Qué accidente tan desafortunado!
Dijo con un entusiasmo sospechosamente elevado.
Albert lo miró.
Jack evitó su mirada.
Porque ambos sabían exactamente lo que había ocurrido.
—Permítame.
La mano del mago brilló suavemente.
Una luz cálida cubrió el dedo de Elia.
Y el pequeño corte desapareció.
La joven abrió los ojos.
Sorprendida.
—Increíble.
—Una simple curación.
Respondió Jack.
Como si aquello fuera completamente normal.
Mientras hablaba, recogió cuidadosamente los fragmentos de la taza.
Incluyendo los que tenían pequeñas gotas de sangre.
Albert observó aquello.
Jack observó aquello.
Y durante unos segundos mantuvieron una conversación completa usando únicamente los ojos.
No hagas nada raro.
No haré nada raro.
Eso es mentira.
Sí.
Mientras tanto, Elia estaba llegando a sus propias conclusiones.
Conclusiones completamente incorrectas.
[Y ahora está aquí.]
[Y provocó una interrupción.]
[Y parece muy interesado en la reunión.]
[Definitivamente está celoso.]
Albert sintió un dolor de cabeza.
Porque aquello ya era absurdo.
[Jack debe ser la pareja del duque.]
No.
[Y quizás piensa que estoy coqueteando.]
NO.
[Y ahora está marcando territorio.]
NO.
Albert respiró profundamente.
Muy profundamente.
Porque por primera vez desde que había comenzado a escuchar los pensamientos de Elia... deseó desesperadamente que dejara de pensar.
Solo cinco minutos.
Quizás diez.
Una pequeña pausa.
Un descanso.
Algo.
Porque era imposible corregir tantos malentendidos.
Y cada vez que ella intentaba llenar los vacíos de información... inventaba una historia nueva.
Una historia completamente equivocada.
Y aun así... extrañamente convincente.
Jack, completamente ignorante de la novela romántica que estaba ocurriendo dentro de la cabeza de Elia, guardó cuidadosamente la taza rota.
Su tesoro.
Su evidencia.
Su futura investigación.
Y sonrió.
Porque había conseguido lo que quería.
Mientras tanto, Albert observó a la joven noble que seguía intentando actuar con normalidad.
Y por primera vez desde que comenzó todo aquel asunto mágico, tuvo un pensamiento muy poco digno de un duque.
[Ojalá pudiera escuchar solo la mitad de lo que piensa.]
Porque la otra mitad estaba intentando destruir su paciencia.
Jack, completamente satisfecho con su "accidental" investigación, se acomodó la chaqueta y sonrió.
—Bueno, Albert, te esperaré en tu oficina.
El comentario fue totalmente inocente.
Al menos para él.
Porque Jack desconocía por completo el caos que estaba ocurriendo dentro de la cabeza de Elia.
La joven observó cómo el mago hablaba con absoluta naturalidad.
Luego miró al duque.
Después volvió a mirar al mago.
Y finalmente llegó a una conclusión.
Una conclusión equivocada.
Una conclusión terrible.
Y una conclusión que Albert escuchó perfectamente.
[Ah.]
Albert cerró los ojos.
No.
[Ahora entiendo.]
No.
[Por eso no nos reunimos en la oficina.]
No.
[Porque allí estaba su pareja.]
Albert sintió que una vena comenzaba a palpitar en su sien.
Jack seguía sonriendo sin sospechar nada.
Completamente feliz.
Completamente ajeno.
Completamente peligroso.
Porque su mera existencia estaba alimentando teorías absurdas.
Mientras tanto, Elia asentía internamente.
[Tiene sentido.]
[No quería incomodarlo.]
[Qué considerado.]
Albert tuvo que apretar la pluma.
Porque no.
No tenía sentido.
Absolutamente nada de aquello tenía sentido.
Y aun así, dentro de la mente de Elia, todo encajaba perfectamente.
La lógica era impecable.
La premisa era incorrecta.
Pero la lógica era impecable.
—Lady Russ.
Dijo Albert intentando recuperar el control de la conversación.
—¿Sí?
—En dos días me gustaría mostrarle personalmente algunos de los cultivos de la Casa O'Neill.
Los ojos de Elia se iluminaron.
Aquello sí le interesaba.
Muchísimo.
—¿De verdad?
—Sí.
—Me encantaría.
Albert asintió.
Y por un instante pensó que todo iba bien.
Hasta que Jack decidió intervenir.
—Oh.
Sonrió.
—Yo también iré.
Silencio.
Albert giró lentamente la cabeza.
Muy lentamente.
Jack seguía sonriendo.
Porque para él aquello era una investigación mágica fascinante.
Y además quería observar a Elia.
Y además quería seguir investigando.
Y además le parecía divertido.
Por supuesto.
La mente de Elia llegó inmediatamente a una nueva conclusión.
[Ahí está.]
Albert ya no quería escucharla.
[Definitivamente son pareja.]
Albert quería abandonar el continente.
[Y Jack no quiere dejarlo solo conmigo.]
Albert quería abandonar el planeta.
[Ahora todo tiene sentido.]
No.
No tenía sentido.
Ninguno.
En absoluto.
Pero era demasiado tarde.
La teoría había terminado de construirse.
Y una vez que Elia construía una teoría... era casi imposible destruirla.
Porque inmediatamente comenzaba a recopilar evidencia imaginaria.
Albert observó a Jack.
Jack observó a Albert.
Y por primera vez el duque comprendió exactamente cómo se sentía un hombre traicionado por uno de sus mejores amigos.
—Jack.
Dijo con voz muy tranquila.
Demasiado tranquila.
—¿Sí?
—Después hablaremos.
Jack sonrió.
—Claro.
No entendió la amenaza.
Porque Jack raramente entendía las amenazas.
Elia, por supuesto, interpretó aquello de forma completamente diferente.
[Oh.]
[Van a discutir.]
[Pobre Jack.]
Albert casi golpeó la mesa.
Porque no.
Jack no era el pobre de la historia.
Él era la causa del problema.
La reunión finalmente llegó a su fin.
Los documentos fueron guardados.
Las fechas acordadas.
Y Elia se puso de pie para despedirse.
—Gracias por recibirme, Su Gracia.
—Ha sido un placer.
Respondió Albert.
Y lo decía en serio.
Lo cual tampoco ayudaba.
La joven realizó una elegante reverencia.
Luego levantó la vista.
Y durante un segundo observó al duque.
Alto.
Competente.
Respetado.
Valiente.
Aparentemente amable.
Y muy atractivo.
Entonces apareció un último pensamiento.
Uno pequeño.
Inocente.
Y devastador.
[Qué lástima.]
Albert sintió peligro inmediato.
Porque conocía esa introducción.
Siempre terminaba mal.
[Quizás este mundo es igual que el anterior.]
No.
[Los hombres guapos y buenos...]
No.
[...o están casados...]
No.
[...o les gustan otros hombres.]
Albert se quedó inmóvil.
Completamente inmóvil.
Tan inmóvil que parecía una estatua.
Porque aquello era demasiado.
Simplemente demasiado.
Por primera vez desde que comenzó aquel fenómeno mágico, estuvo peligrosamente cerca de responder en voz alta.
De decir:
"¡Jack no es mi pareja!"
"¡Nunca ha sido mi pareja!"
"¡Y por favor deja de llegar a conclusiones imposibles!"
Pero logró contenerse.
Por muy poco.
Muy.
Poco.
Porque revelar que escuchaba sus pensamientos probablemente crearía un problema todavía mayor.
Así que respiró.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Mientras Elia se despedía sin sospechar absolutamente nada.
Cuando finalmente salió de la habitación, Albert permaneció sentado en silencio.
Mirando la puerta cerrada.
Sin moverse.
Sin hablar.
Sin pensar.
O al menos intentándolo.
Entonces Jack regresó alegremente.
—Bueno.
¿Cómo fue?
Albert levantó lentamente la mirada.
—Jack.
—¿Sí?
—¿Alguna vez has sentido que una persona está intentando destruir tu cordura?
—Varias veces. Aunque.. Generalmente soy yo quien lo hace.
Albert cerró los ojos.
Porque lamentablemente... Jack tenía razón.
Y mientras escuchaba las risas del mago, llegó a una conclusión aterradora.
Los criminales eran sencillos.
Los monstruos eran sencillos.
Las conspiraciones políticas eran sencillas.
Lady Elia Russ no era sencilla.
Y si continuaba escuchando todos sus pensamientos durante mucho más tiempo... existía una posibilidad real de que terminara al borde del colapso mental.
Lo peor era que ella ni siquiera lo estaba intentando.
Simplemente era así.