Perdí cinco años de mi vida en una prisión de máxima seguridad, acusada de un crimen que jamás cometí. Me arrebataron mi libertad, mi nombre y mi futuro... pero no pudieron romperme. Hoy he vuelto. Aquellos que conspiraron para hundirme, que sonrieron mientras me juzgaban, pagarán cada día de mi encierro. No vengo a pedir justicia; vengo a cobrar la deuda. Me llamo Esther Vane, y su pesadilla acaba de comenzar.
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Capítulo I La tan esperada libertad
Punto de vista de Esther
—La acusada es sentenciada a treinta años de prisión en el reclusorio de mujeres de alta peligrosidad, sin derecho a fianza. Su condena empieza desde hoy.
Las palabras de aquel juez pagado por la familia Herrera aún resuenan en mis oídos. En ese entonces, era apenas una joven de dieciocho años que empezaba a vivir y cuyos sueños fueron destruidos por los caprichos de una rica heredera: Victoria Herrera.
Sin embargo, hoy se cumplen exactamente cinco años desde mi encierro. Salgo de este infierno y no pienso detenerme hasta que quienes me destruyeron paguen por cada una de mis lágrimas... y, sobre todo, por la muerte de mi madre.
Cuando las grandes puertas de la prisión que me mantuvo encerrada todo este tiempo se cerraron detrás de mí, un escalofrío me recorrió la columna. Era libre. Finalmente era libre.
A lo lejos pude observar un sedán negro. De él bajó un hombre que caminó hacia mí sosteniendo un paraguas, pues el cielo amenazaba con desatar un infierno sobre la tierra, tal como el que albergaba mi corazón.
—Señora Esther, por favor, sígame —pidió con respeto.
Escuchar mi nombre fuera de esas horribles paredes me hizo sentir una extraña seguridad. Él era el abogado que llevaba los asuntos legales de mi mentora.
—Gracias, Alberto. Por favor, llévame a casa.
Alberto me abrió la puerta trasera del vehículo y fue en ese preciso momento cuando el cielo se desplomó en una tormenta. Solo al estar dentro del auto pude respirar por fin. Nadie vino a buscarme, nadie se preocupó por mí. Pero ¿quién lo haría, si la única persona que realmente me amaba ya no estaba en este mundo?
Una lágrima solitaria corrió por mi mejilla al recordar la desesperación de mi madre cuando aquel juez corrupto me sentenció. Recordé la manera en que su débil corazón no aguantó el dolor y cayó al suelo mientras a mí me arrastraban al infierno. No pude estar en su funeral; ni siquiera pude despedirme debiadame, los Herrera se habían encargado de aislarme totalmente del mundo.
Dos horas después, llegamos a una enorme villa. En otra época de mi vida esto me habría deslumbrado, pero ahora nada lograba impresionarme.
—Hemos llegado, señora —comentó Alberto, abriéndome la puerta—. El personal seleccionado para atender la residencia fue investigado minuciosamente. Nadie aquí, a excepción de mí, conoce su verdadera identidad.
Asentí, agradeciéndole a Alberto en silencio. Era un hombre mayor, de cabello canoso y con un dolor profundo reflejado en la mirada. Supongo que en eso nos parecemos.
Al poner un pie dentro de la majestuosa propiedad, el silencio sepulcral del vestíbulo me recibió. En otra época de mi vida, semejante lujo me habría deslumbrado; hoy, la cárcel solo me permitía ver esto como lo que realmente era: una fortaleza para mi guerra.
Todo esto se lo debía a Helena. Aquella mujer de carácter indomable que compartió celda conmigo durante cuatro años y que vio en mí la hija que la vida le arrebató o mejor dicho un Herrera le quitó. Ella me educó tras las rejas, pulió mis modales y me enseñó a pensar como una estratega. Antes de morir en mis brazos, me dejó como legado su red de contactos y el control de su imperio.
“No llores por mí, Esther. Usa lo que te dejo y haz que se traguen cada una de sus palabras”, recordé sus últimas palabras grabadas a fuego en mi mente.
Sin embargo, el legado de Helena no venía limpio. Para reclamar esa fortuna y construir mi nueva identidad, me vi obligada a sellar un pacto tras las rejas con el hombre que fue su socio más peligroso. Nadie le entrega un imperio a una exconvicta solo por memoria o compasión. Él me dio las armas, la libertad y la protección para destruir a los Herrera, pero a cambio, firmé una condena escrita en letras pequeñas.
Acepté pagar su precio cuando llegara el momento, sin importar cuán alto fuera. Por ahora, los Herrera celebran su imperio sobre la tumba de mi madre... pero la nueva Esther Vane ha llegado para reclamar la cuenta.
—Mañana vendré temprano para ir al registro. Helena fue clara y quiere que tomes el control de una vez —aseguró Alberto.
Él era el abogado de la familia Vane, la familia de mi futuro esposo y el hombre de confianza de Helena. Nunca entendí del todo su relación y tampoco iba a preguntar; mi mentora solo me enseñó lo necesario.
—Gracias por todo, Alberto. Y tal como se lo prometí a Helena, todos los que nos hicieron daño lo pagarán, aunque deba vender mi alma al mismísimo demonio.
Alberto asintió y se retiró, dejándome sola en aquella inmensa mansión. A los pocos segundos, una de las empleadas se me acercó con evidente nerviosismo.
—Señora, su habitación está lista. Por favor, sígame.
Caminé detrás de la mujer. Era la primera vez que pisaba aquella casa y no reconocía nada. La empleada se detuvo y, al abrir la puerta frente a ella, una enorme y elegante habitación me esperaba.
—En media hora serviré la cena —comentó con amabilidad.
—Gracias... —Dudé unos segundos, pues no sabía su nombre.
—Mi nombre es Ana y estoy para servirle en lo que desee. El señor Vane llegará hasta mañana.
Sonreí con amargura al escuchar el apellido de Felipe, el demonio al que le había vendido mi alma. Pero era un sacrificio necesario si quería mantener mi anonimato, al menos por ahora.
—Gracias, Ana. Me voy a asear y luego bajo al comedor.
Al cerrar la puerta, dejé escapar el aire atrapado en mis pulmones. La guerra que estaba a punto de desatar no tendría tregua para nadie.
Si escarban el pasado encontrarán más pruebas de la que no imagina Felipe con la muerte de Melisa.
Veremos con que artimañas salen los Linares 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓
ojalá Felipe vea venir este golpe y Erika abre los ojos tu marca de ropa está por desaparecer de tus manos