En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.
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La asamblea que se descontroló
El primer lunes de cada mes, sin falta, a las seis de la tarde, se reúne la junta de vecinos en el patio común. Don Beto ya tenía todo preparado: una mesa vieja, una libreta con hojas sueltas y un silbato que sonaba peor que un gato pisado.
—¡Silencio, vecinos! —gritó, soplando el silbato tan fuerte que el loro de la familia Pérez, llamado "El Bocón", gritó al instante: —¡Silencio, inútiles! ¡Silencio!
Todos soltaron la risa. Don Beto se puso serio, ajustó sus gafas que se le caían por la nariz y empezó:
—El orden del día es: primero, el cuidado del jardín; segundo, el ruido excesivo; y tercero… —se detuvo, miró su libreta y frunció el ceño—. Bueno, el tercero se me perdió, pero ya se me acordará.
Doña Eustaquia, que estaba sentada con los brazos cruzados y el ceño fruncido, intervino de inmediato:
—Pues yo empiezo yo mismo, Don Beto. Ese jardín es un desastre. Las hierbas crecen más altas que los niños y ayer me encontré una hormiga que parecía un pollo. Y del ruido… ¡ni me hable! La señorita Lidia cantando a medianoche, los Pérez corriendo de un lado a otro, y el Charly martillando cosas a las tres de la mañana sin decir qué.
—¡Yo no martillo a las tres! —protestó el Charly, levantando la mano—. ¡A las tres todavía estoy pensando cómo empezar! Empiezo a las cuatro.
—¡Pues menos mal! —dijo doña Eustaquia, y todos rieron.
La señorita Lidia se sonrojó y dijo con voz suave:
—Yo solo canto para practicar… y además dicen que mi voz relaja.
—¡Relaja a los que están sordos! —soltó doña Eustaquia, y Don Beto tuvo que golpear la mesa para imponer orden.
—¡Basta! ¡Aquí se respeta! Ahora, sobre el jardín: propongo que cada uno cuide un pedazo. ¿Quién empieza?
Silencio absoluto. Nadie quería regar, ni arrancar hierbas, ni mucho menos lidiar con los bichos. Entonces El Bocón, el loro, gritó: —¡Que lo haga Don Beto! ¡Que lo haga Don Beto!
—¡Eso! —dijo el Charly—. ¡El presidente debe dar el ejemplo!
Don Beto abrió la boca para protestar, pero vio que todos asentían. Suspiró hondo.
—Está bien… Yo empiezo. Pero si encuentro una serpiente, les aseguro que la meto dentro de cada casa.
Las risas se elevaron tanto que se asomó Don Casimiro por la ventana, sonrió levemente y volvió a cerrar. Nadie sabía qué hacía Don Casimiro, pero siempre parecía divertirse en silencio.
La asamblea siguió así, saltando de un tema a otro como saltan los grillos. Del jardín pasaron a la puerta que chirriaba, de la puerta al precio del pan, del pan a por qué el perro de los Pérez le robaba las medias a doña Eustaquia. Al final, nadie recordó qué se había acordado, pero se fueron todos riendo, llevándose un poco de café y pastel que trajo la señora Pérez.
Don Beto se quedó solo en el patio, mirando las hierbas altas. Sacó una hoz que apenas servía, la agitó en el aire y tropezó con una maceta. Cayó sentado en el pasto, con la cabeza llena de hojas secas. Y mientras se sacudía, pensó: “Bueno… al menos nos reímos. Eso vale más que todos los acuerdos del mundo”.
Y así terminó la primera asamblea: sin decisiones escritas, sin jardín arreglado, pero con esa alegría cálida que ya empezaba a unir a todos.