En el reino de Aethelgard, Jasmín, una joven reina de ancestral estirpe de brujas, sufre el tormento del distanciamiento de su esposo, el frío y calculador rey Dante. Tras un mes de matrimonio intacto y un lecho compartido solo en apariencias, la desesperación la lleva a suministrarle un elixir de amor supremo para someter su corazón. Al ver la repentina y desenfrenada voracidad pasional de Dante, Jasmín celebra su triunfo creyendo haber tomado el control. Lo que ella ignora es que el brebaje no tuvo efecto alguno: Dante la amaba con una obsesión despiadada desde antes de coronarla, y la poción solo fue la excusa perfecta para desatar su verdadera e insaciable devoción.
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CAPÍTULO 14: La Escapada al Mercado Nocturno
La luna llena ascendía sobre los picos de las montañas cuando la villa comercial ubicada a los pies de la fortaleza de Aethelgard comenzó a iluminarse con miles de farolillos de papel de colores. Era la noche del Festival de las Luces de Otoño, una festividad popular donde los artesanos, mercaderes y taberneros llenaban las callejuelas de piedra con música de laúdes, puestos de especias y dulces fritos.
En los aposentos del Pabellón del Lago, Jasmín se miraba al espejo. No vestía sedas ni coronas de plata; llevaba una túnica sencilla de lino azul oscuro con bordados rústicos y una amplia capa con capucha para ocultar su rostro entre la multitud.
—Dante, dijiste que haríamos esto —recordó ella, volviéndose hacia su esposo, que observaba la villa iluminada desde la terraza con evidente reticencia.
—Me parece un desatino desprotegido, Jasmín —refunfuñó el rey, ajustándose un jubón de cuero marrón sin insignias nobles—. Hay campesinos borrachos, mercaderes de reinos lejanos y la multitud es caótica. Si alguien intenta apretarse contra ti...
—Iremos de incógnito —lo interrumpió ella, acercándose para arreglarle la capucha a él también—. Jeison estará entre la multitud a cincuenta pasos. Nadie sabrá que los reyes de Aethelgard caminan por el mercado. Solo tú y yo, disfrutando una noche como cualquier pareja común.
Dante la miró con severidad, pero la chispa de súplica juguetona en los ojos esmeralda de ella destruyó su resistencia.
—Si un solo hombre se cruza en tu camino de forma imprudente, nos retiramos de inmediato —advirtió él, aunque atrapó la mano de ella y entrelazó sus dedos con una firmeza que no admitía espacio entre sus palmas.
Descendieron a la villa por el camino privado de los jardines. Al mezclarse entre el bullicio del mercado nocturno, la atmósfera cambió por completo. El aire olía a vino caliente con canela, carne asada, cera de velas y flores secas. Los músicos ambulantes tocaban melodías alegres mientras la gente bailaba en las plazas.
Para Jasmín, la experiencia era embriagadora. Hacía años que no caminaba entre la gente común sin la pesada carga de los protocolos reales. Pero lo más emocionante de la noche no era el mercado, sino la actitud de Dante.
El rey caminaba a su lado como una sombra protectora. Su brazo rodeaba los hombros de Jasmín de manera continua, pegándola a su costado para evitar que el roce de los transeúntes la tocara. Cada vez que la multitud se densificaba cerca de los puestos de orfebrería, Dante se posicionaba detrás de ella, envolviéndola con su cuerpo masivo mientras ella examinaba las baratijas de cristal.
En una de las callejuelas más estrechas, apartada del centro de la plaza principal por donde bajaba una pequeña cascada de agua cristalina, Dante la arrastró bruscamente hacia el arco de piedra de una antigua bodega abandonada.
—¿Dante? —susurró ella, sorprendida al verse acorralada contra la madera vieja de la puerta.
Dante no respondió con palabras. La capucha de la reina había caído sobre sus hombros, dejando al descubierto su cuello bajo la luz dorada de los farolillos lejanos. El rey se inclinó y capturó sus labios con una urgencia renacida, aprisionando sus caderas contra las suyas.
—No puedo concentrarme en este mercado —murmuró él contra la boca de ella, mientras sus manos se colaban bajo la capa para acariciar la curva de su cintura con ferocidad—. Llevo toda la noche viendo cómo los hombres se giran a mirarte bajo la capucha. Me está volviendo loco no poder reclamarte frente a todos ellos.
Jasmín sintió una descarga de calor recorrerle las entrañas. La adrenalina de estar en un callejón público, con la música del festival resonando a pocas calles de distancia y con su rey devorándola en las sombras, la llevó al límite de la excitación.
—Hazlo aquí... —provocó ella en un susurro audaz, clavando las uñas en los hombros de cuero de Dante—. Reclámame aquí, en las sombras de tu villa.
Dante dejó escapar un gruñido sordo y posesivo. Alzó las faldas de lino de la reina y la levantó levemente, apoyándola contra la puerta de madera mientras reclamaba su boca en un beso que sofocó cualquier posibilidad de protesta. La pasión que los envolvió en aquella calleja oscura fue tan rápida, salvaje y desesperada como el deseo que quemaba las venas del monarca.
Cuando finalmente regresarón al Pabellón en las primeras horas de la madrugada, Jasmín caminaba apoyada en el brazo de Dante, con las piernas temblorosas y el corazón henchido de un éxtasis adictivo.
Al acostarse en el enorme lecho del pabellón, viendo a Dante dormir a su lado con el brazo descansando protectoramente sobre su vientre, la reina sonrió en la penumbra. Si esta obsesión era el resultado de su magia de sangre, no tenía el menor deseo de volver a la cordura.