A los veintitrés años, Luna sobrevive con tres empleos, durmiendo poco y soñando con algo tan simple como que alguien la ame y la deje descansar. Lo único que pide es una vida distinta. Nunca imaginó que el universo la tomaría tan al pie de la letra.
Una fría noche de invierno, todo termina… y todo empieza. Luna despierta en el cuerpo de una princesa, con una corona sobre la cabeza, un palacio a su alrededor y un hombre imposiblemente guapo que la mira como si fuera lo único que existe en el mundo. Dice ser su marido. Y no es un hombre cualquiera: es Leon, el príncipe que sería capaz de incendiar un reino entero con tal de protegerla.
Pero adaptarse a una corte donde todos hablan como salidos de un libro de historia no es tan fácil cuando tu cabeza sigue pensando en wifi, café y ocho horas de sueño. Y menos cuando alguien te quiere fuera del camino: Moyra, la protegida de la familia real, esconde tras sus sonrisas y sus lágrimas una obsesión peligrosa. Está convencida de que el lugar de Luna —y el corazón de Leon— le pertenecen por derecho, y hará lo que sea para recuperarlos.
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Capítulo 14 - Buenos Días, Mi Marido
Desperté antes de que saliera el sol. Por unos segundos me quedé confundida, tratando de entender por qué me sentía tan cómoda.
Entonces lo sentí. El brazo de Leon alrededor de mi cintura. Su pecho contra mi espalda. La respiración lenta y tranquila en mi cabello.
Por primera vez desde que desperté en aquel mundo, no sentí extrañeza.
Sentí paz.
Me permití quedarme inmóvil unos minutos, solo escuchando el sonido de su corazón. Era raro pensar que aquel hombre había esperado años por una noche de amor con su esposa, sin saber siquiera que yo me perdería en el camino y ocuparía su lugar.
Me volví lentamente entre sus brazos. Leon todavía dormía. Su cabello oscuro estaba un poco revuelto, y había algo casi injusto en la forma en que seguía siendo hermoso incluso dormido.
Pasé varios minutos observando su rostro.
—Esto debería ser ilegal —susurré.
—¿Qué cosa?
Casi me caigo de la cama. Leon abrió los ojos despacio, claramente divertido.
—¿Hace cuánto que estás despierto?
—El tiempo suficiente para oír que me acusan de cometer crímenes.
—No puedes verte como un príncipe de cuento de hadas apenas al despertar.
Acercó su rostro al mío.
—Sí puedo. Soy un príncipe.
No pude evitarlo. Me eché a reír. Leon observó mi rostro en silencio, como si aún se estuviera acostumbrando a la idea de que yo me reía de aquella manera.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada.
—Ese fue un "nada" sospechoso.
—Solo pensé que extrañaba ese sonido.
El corazón se me encogió. Todavía no sabía qué hacer cuando decía cosas así.
—Tienes la pésima costumbre de emocionarme apenas amanece.
—Y tú tienes la costumbre de observarme mientras duermo.
—Eso pasó una sola vez.
—Suficiente para quedar registrado.
Puse los ojos en blanco.
—Creído.
—Mi amor.
La palabra me tomó desprevenida.
Mi amor.
Como si fuera la cosa más natural del mundo. Leon tocó un mechón de mi cabello.
—¿Te arrepientes de lo de ayer?
—No.
La respuesta salió tan rápido que los dos nos quedamos en silencio.
—¿Ni un poco? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—Creo que ese es el problema.
—¿Y cuál sería?
Sonreí.
—Estoy empezando a acostumbrarme a ti.
Sus ojos se suavizaron de inmediato.
—Espero que eso no sea algo malo.
—Todavía lo estoy decidiendo.
Leon se acercó un poco más.
—¿Y tienes alguna pista?
—Tal vez.
Su mirada bajó hacia mis labios. El corazón enseguida empezó a latirme más rápido.
—Luna…
—¿Sí?
—Bésame.
—Eso no fue una petición.
—Tienes razón.
Me sostuvo el rostro con cuidado.
—Entonces permíteme corregirlo. Por favor, bésame.
No sé en qué momento me volví incapaz de negarle algo a aquel hombre. Me incliné y lo besé.
A diferencia de los otros besos, aquel no cargaba nostalgia ni desesperación. Era tranquilo. Íntimo. Como si estuviéramos aprendiendo, poco a poco, a existir en la vida del otro otra vez.
Leon profundizó el beso lentamente, como siempre hacía, dándome tiempo para retroceder. Nunca retrocedí. Esa era la parte más aterradora.
Entre risas suaves, promesas susurradas y el calor de sus brazos rodeándome, comprendí que mi corazón ya había tomado una decisión mucho antes de que mi mente la aceptara.
Cuando volvimos a recostarnos, me quedé abrazada a él, escuchándolo hablar de cosas pequeñas. Historias de su infancia, de la primera vez que me vio y de cómo casi se batió en duelo con un noble que insinuó que yo no era lo bastante buena para convertirme en princesa.
—¿Que hiciste qué?
—Consideré un duelo.
—¡Leon!
—Al final desistí.
—Gracias a Dios.
—Tú me pediste que no lo matara.
Sonreí.
—Suena a algo que yo diría.
—También dijiste que necesitaba que me revisaran la cabeza.
—Sigo estando de acuerdo conmigo misma.
Él se rió.
Más tarde, durante el desayuno, me encontré contándole a la reina sobre el paseo que Leon había prometido darme en el festival.
—Mi marido dijo que habrá linternas por toda la ciudad.
Me di cuenta demasiado tarde. La reina Claire levantó lentamente la taza. El rey Leonard sonrió. Leon se quedó absolutamente inmóvil a mi lado.
—¿Qué? —pregunté.
—Dijiste "mi marido" —comentó la reina.
Sentí que la cara se me encendía de inmediato.
—Fue un accidente.
—Un accidente adorable —respondió el rey.
—No fue adorable.
—Fue bastante adorable —concordó la reina.
Miré a Leon buscando ayuda. Pésima idea. Me observaba como si acabara de entregarle el reino entero.
—No digas nada —le advertí.
—No pienso decir nada.
—Tu cara lo está diciendo.
—Mi cara está sumamente satisfecha.
—¡Leon!
Mis suegros se echaron a reír. Pasé el resto del desayuno intentando ignorar las miradas divertidas que recibía. Por desgracia, resultó imposible.
Durante toda la tarde me sorprendí repitiendo las palabras en mi mente.
Mi marido.
Era raro. Pero también parecía… correcto.
Al caer aquel día, me encontré parada en el balcón de nuestros aposentos, contemplando la puesta de sol. El cielo estaba teñido de tonos anaranjados y dorados, y el viento jugaba con mi cabello.
Todavía era difícil creer todo lo que había pasado.
Yo había muerto. O casi había muerto.
Y, de algún modo, desperté en un mundo donde existía un hombre que me amaba con una intensidad capaz de atravesar años, guerras e incluso la pérdida de mis recuerdos.
—¿En qué piensas?
Sonreí antes incluso de darme la vuelta.
—Estoy empezando a creer que tienes algún tipo de habilidad sobrenatural para aparecer detrás de mí.
Leon se acercó.
—Todavía no respondiste.
Volví a mirar el horizonte.
—Que tal vez renací para encontrarte.
El silencio que siguió fue tan largo que pensé que había dicho algo malo. Entonces sentí sus brazos rodearme por detrás. Leon apoyó el mentón sobre mi hombro.
—Y yo te habría esperado en cualquier mundo.
Cerré los ojos. Tal vez nunca recuperaría todos los recuerdos de la mujer que fui para él, por no ser ella. Tal vez algunas respuestas jamás se encontrarían.
Pero, en aquel momento, envuelta por los brazos del hombre que me amaba en cualquier vida, comprendí una cosa.
Algunas personas no entran en nuestras vidas por casualidad. Son el destino que encuentra la manera de llevarnos a casa.
Y en ese instante, desde que desperté en aquel reino, tuve la certeza de que ya había encontrado la mía.