CONTINUACIÓN DE POLVO Y PROMESAS Veinte años después de que Valentina y Ethan Blackwood encontraran el amor entre polvo, caballos y promesas, la historia de los Blackwood continúa. Mike Blackwood nació y creció entre los campos de su familia , no imagina una vida lejos de aquellas tierras. Alessandra es una estudiante universitaria de tercer año que llega al pueblo como parte de un intercambio académico para continuar sus estudios Inteligente, decidida y apasionada por los animales, no está dispuesta a dejarse impresionar por un cowboy engreído que parece creer que sabe absolutamente todo ( de quien lo habrá heredado?) Su primer encuentro no podría salir peor. Pero enamorarse no estaba en los planes de ninguno. Mucho menos cuando ambos están convencidos de que el otro es exactamente la clase de persona que deberían evitar. Porque algunas historias de amor comienzan con una promesa. Y otras… comienzan con una discusión. Mike Blackwood y Alessandra están a punto de descubrir que el destino también sabe ensuciarse las botas. Una nueva generación. Un nuevo amor. El mismo rancho donde todo comenzó.
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El restaurante
El camino hacia el restaurante transcurrió entre bromas y silencios cómodos.
Alessandra miraba por la ventana, observando cómo las luces del pueblo aparecían poco a poco entre las calles.
Mike conducía con una mano sobre el volante.
Parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
—¿Siempre conduces así? —preguntó ella.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras intentando demostrar que sabes conducir.
Mike sonrió.
—Sé conducir.
—Eso no responde mi pregunta.
—Entonces sí.
Alessandra negó con la cabeza.
—Eres imposible.
—Y aun así aceptaste venir.
—Porque quería conocer ese famoso restaurante del que tanto hablabas.
Mike la miró de reojo.
—Yo no hablé tanto.
—Me dijiste que era bueno tres veces.
—Porque lo es.
—También dijiste que era el mejor lugar para una cita.
Mike tosió.
—Para una buena cita.
—Ajá.
—No contigo.
Alessandra giró lentamente la cabeza hacia él.
—Eso sonó peor de lo que pensabas.
Mike hizo una mueca.
—Ya sabes lo que quise decir.
—Sí, sí.
Ella volvió a mirar por la ventana, escondiendo una sonrisa.
Mike también sonrió.
Definitivamente necesitaba aprender a pensar antes de hablar.
El restaurante estaba en una esquina tranquila del pueblo, con grandes ventanales y pequeñas luces cálidas alrededor de la entrada.
No era elegante de manera exagerada.
Era acogedor.
Mesas de madera, plantas, música suave y el olor delicioso de comida recién preparada.
Alessandra miró el lugar con curiosidad.
—Está bonito.
Mike sonrió con cierta satisfacción.
—Te dije que era bueno.
—Todavía no hemos comido.
—Confía en mí.
—Ese es un consejo peligroso viniendo de ti.
—Qué poca fe me tienes.
Mike abrió la puerta y dejó que ella entrara primero.
Una camarera los recibió y los llevó hasta una mesa cerca de una ventana.
Alessandra tomó asiento.
Mike se sentó frente a ella.
Durante unos segundos ninguno habló.
Y entonces ambos miraron el menú.
—Esto es extraño —dijo Alessandra.
—¿Qué cosa?
—Nosotros.
Mike levantó la mirada.
—¿Nosotros?
—Sí.
—¿Por qué?
—Normalmente estamos discutiendo.
—Podemos empezar si quieres.
Ella soltó una risa.
—No.
Mike sonrió.
—Entonces podemos tener una conversación normal.
—¿Sabes hacer eso?
—A veces.
—No te creo.
—Qué cruel eres.
—Realista.
La camarera llegó para tomar sus pedidos.
Alessandra eligió un plato de pasta y una bebida.
Mike pidió prácticamente lo mismo.
—¿Vas a pedir lo mismo que yo? —preguntó ella.
—No.
—Acabas de pedir lo mismo.
—Es coincidencia.
—Claro.
Cuando la camarera se marchó, Alessandra apoyó los brazos sobre la mesa.
—Entonces…
—Entonces…
Ambos hablaron al mismo tiempo.
Se quedaron mirándose.
—Habla tú —dijo Mike.
—No, tú.
—Insisto.
Alessandra sonrió.
—Bien.
Hizo una pequeña pausa.
—¿Siempre quisiste quedarte en el rancho?
La expresión de Mike cambió ligeramente.
Ya no tenía esa sonrisa provocadora.
—Sí.
—¿Desde niño?
—Desde siempre.
Miró hacia la ventana.
—Mis padres hicieron que este lugar se sintiera como mi casa desde que tengo memoria. Crecí aquí. Aprendí a montar, a cuidar animales, a arreglar cercas… incluso las cosas que odiaba hacer terminaron gustándome.
Alessandra lo escuchaba atentamente.
—Se nota.
Mike volvió a mirarla.
—¿Qué?
—Que amas tu vida allí.
—Sí.
Sonrió.
—No sé si algún día querré hacer algo diferente.
—No tienes que saberlo todavía.
—Tú tampoco sabes dónde quieres quedarte.
Alessandra bajó un poco la mirada.
—No.
—¿Te gustaría quedarte?
Ella pensó unos segundos.
—Me gusta estar allí.
—¿En el rancho?
—Sí.
Mike intentó disimular la satisfacción que sintió.
—Entonces no está tan mal.
—Nunca dije que estuviera mal.
—Dijiste que yo era insoportable.
—Eso sí lo mantengo.
Mike soltó una carcajada.
—Ahí está la Alessandra que conozco.
Ella sonrió.
Y durante un momento se quedaron simplemente mirándose.
Sin discutir.
Sin provocarse.
Solo mirándose.
Hasta que Mike apartó la vista.
—Esto sigue sin ser una cita.
Alessandra sonrió.
—Claro que no.
La comida llegó poco después.
Hablaron de la universidad, de los animales, de las cosas que Alessandra extrañaba de su país y de las pequeñas diferencias entre su vida anterior y aquella nueva.
Mike incluso consiguió hacerla reír varias veces.
Y ella descubrió algo que no esperaba.
Detrás de aquel chico arrogante había alguien que hablaba de su familia con un cariño enorme.
Alguien que se preocupaba por sus hermanos.
Alguien que quería profundamente su hogar.
Y quizá…
Alessandra estaba empezando a entender por qué todos en el rancho parecían quererlo tanto.
Cuando terminaron de cenar, Mike dejó la tarjeta sobre la mesa.
—Yo pago.
—Puedo pagar mi parte.
—Te invité.
—Pero no es una cita.
Mike sonrió.
—Exactamente. Así que déjame pagar la cena de una amiga.
Alessandra levantó una ceja.
—¿Amiga?
Mike se quedó quieto.
Había elegido esa palabra sin pensar.
Ella sonrió lentamente.
—Interesante.
—¿Qué?
—Nada.
—Alessandra.
—Nada, Mike.
Él negó con la cabeza.
—Eres peligrosa.
—Y tú sigues siendo arrogante.
—Pero te caigo mejor que el chico de las manzanas.
Ella soltó una carcajada.
—No sé.
Mike la miró.
—¿No sabes?
—Tendrás que esforzarte más para averiguarlo.
Y por primera vez durante toda la noche, Mike no tuvo ninguna respuesta ingeniosa.
Solo pudo sonreír.
Porque quizás esa cena no había sido una cita.
Pero definitivamente había sido el comienzo de algo.