Catalina sufre el abandono y rechazo de su padre desde muy temprana edad al morir su madre. Es entregada a su tía la condesa viuda dónde crece entre los niños de muchos matrimonios experimentando el amor y la pasión de los hombres que la rodean hasta llegar al mismísimo rey de Inglaterra.
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La niña olvidada
El viento se colaba por las rendijas de las viejas ventanas como un suspiro interminable. A veces, cuando despertaba antes del amanecer, imaginaba que no era el viento quien lloraba, sino mi madre. Apenas conservaba un recuerdo de ella: el roce tibio de una mano en mi cabello y una voz tan dulce que parecía una canción. Todo lo demás se lo había tragado el tiempo.
Mi nombre era Catalina Howard.
Aunque llevaba el apellido de una de las familias más antiguas de Inglaterra, nunca conocí el privilegio que ese nombre prometía. Había nacido demasiado tarde para el amor de mis padres y demasiado pronto para la indiferencia del mundo.
Después de la muerte de mi madre, mi padre desapareció de mi vida como si yo hubiese dejado de existir. Nunca vino a buscarme. Nunca preguntó por mí. Era una sombra cuyo rostro apenas lograba recordar.
Así terminé en la inmensa residencia de mi abuela política, la severa duquesa viuda de Norfolk.
Todos hablaban de la grandeza de aquella casa. Los salones estaban cubiertos de tapices flamencos, las chimeneas ardían incluso durante los inviernos más crueles y los criados recorrían los pasillos como fantasmas silenciosos.
Pero para mí era una prisión.
Nadie esperaba a una niña al despertar.
Nadie preguntaba si había dormido bien.
Nadie besaba mi frente antes de acostarme.
Las demás jóvenes que vivían allí tenían familias que, de vez en cuando, enviaban cartas, regalos o visitaban la residencia. Yo nunca recibía nada.
Esperaba cada tarde junto a la entrada principal.
Veía llegar carruajes.
Escuchaba risas.
Niñas corriendo hacia los brazos de sus madres.
Niños abrazando a sus padres.
Yo observaba desde lejos.
Cada vez que un carruaje se detenía, mi corazón daba un vuelco.
—Quizá hoy...
Pero nunca era para mí.
Los criados terminaban cerrando las enormes puertas de madera mientras yo permanecía inmóvil bajo la lluvia o la nieve.
—Señorita Catalina... entre. Se va a enfermar.
Yo obedecía sin decir palabra.
Porque ya sabía la respuesta.
Nadie iba a venir.
Las habitaciones destinadas a las niñas eran frías incluso en verano.
Dormíamos varias en la misma estancia, separadas apenas por cortinas de lino.
Algunas se burlaban de mí.
—Ahí viene la huérfana.
—Dicen que ni su padre la quiere.
—¿Será porque hizo algo malo?
Yo bajaba la cabeza.
Tenía apenas diez años y ya comenzaba a creer que quizá era verdad.
Tal vez había nacido con algún defecto invisible.
Tal vez no merecía ser amada.
Aquellas palabras dolían más que cualquier golpe.
Porque los golpes terminaban desapareciendo.
Las palabras no.
La duquesa rara vez pronunciaba mi nombre.
Era una mujer imponente.
Su espalda jamás se doblaba.
Su voz podía congelar una habitación entera.
Cuando cruzábamos los pasillos, todas hacíamos una reverencia.
—Buenos días, mi señora.
Ella apenas asentía.
No era cruel de forma evidente.
Simplemente...
No veía a los niños.
Éramos parte del mobiliario.
Algo que debía alimentarse y educarse hasta convertirse en un matrimonio conveniente.
Una tarde me armé de valor.
Mientras ella revisaba unas cuentas junto a la ventana, me acerqué lentamente.
—Mi señora...
No levantó la vista.
—¿Sí?
—¿Ha llegado alguna carta para mí?
Silencio.
Luego siguió escribiendo.
—No.
Esperé unos segundos.
—¿Y... cree que llegará alguna?
La pluma dejó de moverse.
Sus ojos grises me observaron apenas un instante.
No había maldad.
Solo indiferencia.
—No deberías hacerte ilusiones, niña.
Aquellas palabras fueron pronunciadas con absoluta calma.
Como si hablara del clima.
Pero dentro de mí algo se rompió.
Hice una reverencia.
—Sí, mi señora.
Salí caminando lentamente.
Solo cuando estuve sola me permití llorar.
Encontré refugio en el jardín.
Era el único lugar donde nadie parecía fijarse en mí.
Las rosas florecían en primavera cubriendo los senderos de rojo, blanco y rosado.
Me gustaba hablar con ellas.
Sabía que era una tontería.
Pero las flores nunca interrumpían.
Nunca juzgaban.
—Hoy tampoco vino...
Susurraba mientras acariciaba un pétalo.
—Quizá mañana...
Los jardineros fingían no escucharme.
Tal vez les daba pena.
O tal vez pensaban que estaba loca.
No me importaba.
Las rosas eran mejores compañía que muchas personas.
Había un rincón escondido detrás de un viejo muro de piedra.
Allí crecían rosales salvajes.
Nadie iba.
Era mi lugar secreto.
Llevaba un pequeño cuaderno donde dibujaba flores y escribía pensamientos torpes.
"No quiero ser rica.
No quiero vestidos hermosos.
Solo quiero que alguien me abrace."
Años después comprendería que aquel deseo era mucho más difícil de conseguir que cualquier fortuna.
El invierno llegó antes de tiempo.
La nieve cubría los tejados.
Las chimeneas apenas lograban combatir el frío.
Una noche desperté sobresaltada.
Había escuchado una niña llorar.
Me levanté descalza.
Recorrí el pasillo iluminado únicamente por velas.
El llanto provenía de una habitación cercana.
Era una pequeña criada.
No tendría más de ocho años.
Estaba sentada en el suelo abrazando sus rodillas.
—¿Qué ocurre?
Le pregunté.
Ella levantó la vista.
—Extraño a mi mamá...
Aquellas palabras atravesaron mi pecho.
Me senté junto a ella.
No sabía consolar a nadie.
Porque nadie me había consolado jamás.
Solo la abracé.
Las dos lloramos en silencio.
No por la misma madre.
Pero sí por la misma ausencia.
Aquella noche comprendí algo.
Había personas incluso más solas que yo.
Y si no podía recibir cariño...
Quizá todavía podía darlo.
Fue la primera vez que sentí que mi corazón aún conservaba algo hermoso pese a todas las grietas.
Porque incluso una niña olvidada podía convertirse, durante unos minutos, en el hogar de otra alma perdida.