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Mi Ex Me Perdió — Ahora Soy La Reina Del Campus

Mi Ex Me Perdió — Ahora Soy La Reina Del Campus

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: patricia sinisterra

Elisa Raven pesaba 127 kilos y vivía invisible… hasta que el chico que amaba y su novia la humillaron públicamente, rompiendo su corazón y su dignidad. Pero aquel día no terminó su historia: comenzó su transformación. Con esfuerzo brutal, disciplina de hierro y la guía inesperada de un ex-militar que vio en ella lo que nadie supo ver, Elisa se reconstruyó: cuerpo, mente y alma. Ahora ya no es la misma. Brilla, lidera, inspira… y quienes la despreciaron hoy miran hacia arriba, desde donde ella ya no los ve. Ella no buscó venganza: buscó ser ella misma. Y lo logró. Su ex la perdió… y el mundo entero la encontró: la reina que nació para reinar.

NovelToon tiene autorización de patricia sinisterra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13: Miradas que empiezan a cambiar

El cambio no llegó de golpe, como un amanecer repentino que ciega de inmediato. Llegó lento, silencioso, casi sin que me diera cuenta… hasta que un día levanté la vista y el mundo ya no me miraba igual.

Empezó con pequeños gestos que al principio pasaba por alto: en la fila de la cafetería, alguien me cedía el paso sin dudar; al pedir un libro en la biblioteca, el bibliotecario me miraba a los ojos y me sonreía de verdad; chicos que antes cruzaban la calle para no coincidir conmigo ahora sostenían la puerta o soltaban un “hola” distraído al pasar. Ya no era invisible. Y lo que era mejor: ya no era un estorbo. Era una persona.

Pero lo más revelador ocurrió un martes por la mañana, en pleno pasillo principal. Caminaba con paso tranquilo, libros contra el pecho, disfrutando de la ligereza con la que ya me movía, cuando escuché mi nombre pronunciado no con burla, sino con… asombro.

—¿Es Elisa Raven? —susurró una chica a su amiga, bajito pero lo suficientemente claro para que lo oyera—. ¿Te diste cuenta? Está… distinta. Se le nota mucho la cara. Y la postura. Parece otra.

—Sí, dicen que ha bajado muchísimo —respondió la otra, sin apartar la vista de mí—. Pero no es solo eso… brilla. ¿Te das cuenta? Antes se veía apagada, como si quisiera desaparecer. Ahora… ahora se impone.

Esas palabras me acompañaron todo el día. Brillo. ¿Sería posible? ¿Que mi transformación ya irradiaba hacia afuera, incluso antes de estar terminada?

Lo confirmó pronto alguien más importante. Salía del entrenamiento, con el cabello recogido y las mejillas encendidas por el esfuerzo, cuando vi a Cristóbal apoyado en el marco de la puerta, observándome con esa intensidad suya que solía ponerme nerviosa y ahora… ahora me gustaba.

—Caminas diferente —dijo, sin saludarme, como siempre—. Ya no esquivas miradas. Las sostienes. ¿Te has dado cuenta?

—Me lo han dicho hoy —admití, limpiándome el sudor de la frente con una sonrisa que se escapó sola—. Dicen que brillo. ¿Será posible? ¿Que se note tanto?

Cristóbal dio un paso hacia mí, reduciendo la distancia entre ambos, y su voz bajó de volumen, íntima, directa al corazón:

—No es el cuerpo lo que ven, Elisa. Es lo de adentro. La seguridad, el propósito, la paz que has ganado a pulso. La belleza atrae miradas, pero la determinación las retiene. Eso es lo que los tiene desconcertados: ven que sabes quién eres, aunque ellos todavía no sepan cómo llamar lo que ven.

Esas palabras me hicieron elevar la barbilla un poco más. No era vanidad: era certeza.

Sin embargo, no todas las miradas eran amables. Cuando el sol brilla más fuerte, las sombras se alargan y se vuelven más oscuras. Noté cómo grupos que antes ni me registraban ahora me vigilaban. Susurros se apagaban al llegar yo. Miradas se clavaban con una mezcla de curiosidad y envidia. Estaba ocupando un espacio que otros creían reservado para ellos solos. Y a algunos no les gustaba ceder ni un centímetro.

Lo sentí con claridad un jueves en la cafetería. Al entrar, el ruido bajó un instante. Luego volvió, pero con un tono distinto: expectante. Y al fondo, en su mesa habitual, lo sentí antes de verlo. Adrián.

Levantó la vista de su plato al mismo tiempo que yo entraba. Se detuvo con el tenedor en el aire, los ojos muy abiertos, recorriéndome de arriba abajo despacio, como si no terminara de reconocerme. Mía, a su lado, le dio un codazo al notarlo, frunció el ceño y me lanzó una mirada afilada como cuchillos. Pero Adrián no apartó la vista. No podía.

Sentí una satisfacción fría y deliciosa despertar en mi pecho. No me aceleré. No bajé la vista. Caminé con la misma calma hasta una mesa libre, me senté con la espalda recta y abrí mi libro como si nada. Pero por el rabillo del ojo lo vi: él no volvió a comer. Seguía mirándome. Y cada pocos minutos, sus ojos buscaban los míos como si algo le faltara y no supiera qué era.

Mía hablaba animada, tocaba su brazo, reía… pero Adrián no respondía. Su atención estaba aquí, conmigo. Y supe entonces: la primera grieta apareció en su armadura. Ya no solo me ve. Se da cuenta de que está perdiendo algo que nunca supo valorar hasta que empezó a escapársele entre los dedos.

Esa noche, frente al espejo, me miré larga y detenidamente. Todavía faltaba camino, sí. Pero el cambio era real. Las miradas lo confirmaban. Las suyas también.

—Solo está empezando, le susurré a mi reflejo. Disfruta cada segundo. Porque cuando termine… no sabrán dónde mirar.

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Sylvia Farias
deja una hermosa enseñanza para las personas que tenemos unos cuantos kilos demás
🥀 ✨ 𝓟𝓪𝓽𝓻𝓲𝓝𝓸𝓿𝓪 ⋆: ¡Gracias de todo corazón! Me hace inmensamente feliz saber que la historia te dejó una enseñanza tan bonita — esa era exactamente mi intención: que nos sintamos orgullosas y valiosas siempre. Gracias por tu apoyo y por tu corazón tan grande 🤗
total 1 replies
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