Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.
En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.
Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent
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Prólogo: El fuego del valle
El fuego bailaba en la palma de mi mano, pequeño y obediente, mientras los gritos de la tribu de los Huesos Rojos retumbaban en todo el valle. El olor a sangre, humo y pino quemado me llenaba los pulmones, y el viento frío de la tarde me azotaba la cara con la misma fuerza con la que la vida me había azotado los últimos seis meses.
Seis meses atrás, yo era Ha-jun: 18 años, asistente médico en Seúl, año 2026. Vivía en un piso 12, pagaba el arriendo a fin de mes, me moría de hambre en los turnos de guardia y mi mayor problema era que se me acabaran las barritas energéticas antes de terminar la noche. Ahora… ahora llevaba un collar de dientes de lobo, tenía cicatrices en los brazos que no me avergonzaban, callos en las manos que antes solo sostenían jeringas, y siete personas dependían de que yo no me equivocara ni un segundo.
—¡Ha-jun! ¡Vienen por el lado del río! ¡Son más de veinte! —gritó Rian, el chico que mi primer día me había empujado al suelo llamándome inútil, ahora mi hermano en todo menos en sangre, corriendo con la lanza que yo mismo le había enseñado a afilar mejor que nadie en el valle.
Atrás lo vi seguir a toda la familia: Mara, la mujer que durante semanas no me habló por creerme mala suerte, cargaba a Nia en la espalda con un cuchillo en cada mano, lista para matar quien se acercara a su hija. Turi corría a su lado, agarrando fuerte del cuello al lobo bebé que habíamos curado juntos de una mordedura de serpiente, el mismo que ahora dormía en su cama de musgo todas las noches. El abuelo Gorn caminaba lento, apoyado en su bastón, mirándome con esa sonrisa de quien siempre supo que yo vendría, de quien guardaba un secreto sobre la fuente de piedra que todavía no me había querido contar.
Y ella. Lira. De pie a mi lado, el cabello castaño revuelto por el viento, las mejillas sonrojadas por el frío, un arco en una mano y una flecha en la otra, lista para pelear y morir por mí como yo lo había hecho por ellos tantas veces. La chica que me había enseñado a hablar su lengua, a conocer cada árbol del valle, a no tener miedo de la oscuridad… la chica de la que me había enamorado sin darme cuenta, sin permiso, sin saber si algún día podría tocarla sin que el tiempo me lo arrebatara.
—¿Te acuerdas lo que me dijiste el primer día? —me preguntó, sin quitarle los ojos de encima a los enemigos que bajaban corriendo de la colina, sus lanzas brillando con el sol que se ocultaba—. Que querías volver a tu mundo, a tu casa, a todo lo que habías perdido.
A lo lejos, entre los árboles del río, vi brillar la piedra mojada de la fuente: la misma que me había traído hasta aquí desde el 2026. La misma que, si saltaba a ella en la hora exacta en la que había caído, podía llevarme de vuelta. Volver a mi cama caliente, a la clínica, a mi madre, a los kdramas los viernes. A la vida normal.
El fuego en mi mano creció un poco más, calentándome los dedos helados.
Miré a Lira. Miré a los siete que se habían convertido en mi familia, que me habían odiado, que me habían cuidado, que habían aprendido de mí y yo de ellos. Miré a los Huesos Rojos que querían robarles todo, matarlos, apagar el fuego que yo les había dado.
Y sonreí.
Nadie me dijo que viajar en el tiempo sería fácil. Nadie me dijo que la decisión más difícil de mi vida no sería cómo sobrevivir en la Edad de Piedra, ni cómo curar heridas que nadie sabía curar, ni cómo luchar contra bestias que solo existían en los museos.
La decisión más difícil sería elegir: volver a la vida que me habían robado… o quedarme para defender la vida que me había encontrado.
Los gritos llegaron más cerca. Las lanzas chocaron contra los escudos de madera.
Levanté la mano, y todo el valle, por un segundo, se quedó en silencio al ver la llama.
Había llegado la hora de demostrar de qué estaba hecho.