Todo comenzó cuando una joven se enamoró de un muchacho con un pasado lleno de errores. Él era conocido por meterse en problemas y vivir al margen de la ley, pero ella decidió creer que podía cambiar. Poco a poco, su amor logró transformar su manera de ver la vida, aunque el destino los puso a prueba cuando él terminó en la cárcel. Mientras él cumplía su condena, ella decidió esperarlo. Su amiga no dejaba de advertirle: «Mija deje ese hombre, usted está sufriendo demasiado». Pero, a pesar de las dudas y los obstáculos, y relaciónes íntimas aquel amor demostró ser más fuerte que cualquier distancia.
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Capítulo 5 _ El número de Leydi
Narra Cristian
Ya había pasado un mes desde aquella primera vez que vi a Leidy afuera del colegio.
Nosotros seguíamos con el encargo del jefe. Todos los días llegábamos antes de que terminara la jornada y nos quedábamos afuera, pendientes de su hija cuando saliera. No entrábamos al colegio ni nos metíamos con los estudiantes. Simplemente hacíamos nuestro trabajo y esperábamos hasta asegurarnos de que todo estuviera bien.
La rutina ya se había vuelto normal.
Pero había algo que no era tan normal para mí.
No dejaba de pensar en Leidy.
Tampoco es que supiera demasiado de ella. Apenas habíamos hablado aquella primera vez y, desde entonces, solamente la había visto algunas veces cuando salía con la hija del jefe.
Pero me había quedado con la curiosidad de conocerla un poco más.
Ese día estábamos los muchachos afuera.
—Gato, ¿todo bien? —me preguntó Kevin.
—Todo bien, ¿por qué?
—Porque lleva rato mirando pa' la entrada.
—Pues estamos aquí para estar pendientes, ¿o no?
Kevin soltó una carcajada.
—Sí, claro, parcero.
—Dejá la joda.
Seguimos hablando mientras esperábamos.
Pasó un rato hasta que finalmente comenzaron a salir los estudiantes. Entre ellos apareció la hija del jefe acompañada de varias personas.
Y ahí estaba Leidy.
La reconocí inmediatamente.
—Bueno —murmuré.
Kevin me miró.
—¿Qué?
—Nada.
Leidy venía caminando junto a su amiga. Cuando pasó cerca de nosotros, me reconoció.
—Hola, Cristian.
—Hola, Leidy. ¿Cómo estás?
—Bien.
—Me alegra.
Nos quedamos hablando un momento. La conversación fue tranquila, como cualquier charla entre dos personas que apenas se están conociendo.
Yo tenía una cosa en la cabeza desde hacía varios días.
Quería pedirle su número.
No sabía si volveríamos a encontrarnos pronto y tampoco quería quedarme esperando otro mes para poder hablar con ella.
Así que decidí preguntarle.
—Oíme, Leidy.
—¿Sí?
—¿Me pasás tu número?
Ella me miró durante unos segundos, aparentemente sorprendida por la pregunta.
—¿Mi número?
—Sí, si no hay problema.
—Ah, bueno.
Sacó su teléfono y me dictó el número.
Lo guardé en el mío.
—Listo.
—Listo —respondió ella.
—Gracias.
—De nada.
No había sido nada complicado.
Simplemente le había pedido su número porque quería poder hablar con ella alguna vez. No había ninguna historia detrás, ni ninguna intención rara. Apenas estábamos empezando a conocernos.
—Bueno, nos vemos —le dije.
—Nos vemos, Cristian.
Leidy se fue junto a su amiga.
Yo regresé con los muchachos.
Kevin me miró con esa cara de fastidio que ponía cuando quería molestar.
—¿Y entonces, Gato?
—¿Entonces qué?
—¿Ya consiguió el número?
Saqué el celular y se lo mostré rápidamente.
—Sí.
—¡Ve, pues!
—Bajale, ome.
Kevin se empezó a reír.
—Yo sabía que usted estaba esperando la oportunidad.
—Pues sí. ¿Y qué tiene?
—Nada, hermano. No dije nada.
Guardé nuevamente el teléfono.
El contacto decía simplemente:
Leidy.
Me quedé mirando la pantalla un segundo y después guardé el celular en el bolsillo.
No sabía prácticamente nada de ella.
No sabía exactamente cuántos años tenía, dónde vivía ni qué planes tenía para su vida.
Solo sabía que era amiga de la hija del jefe y que se llamaba Leidy.
Eso era todo.
El resto lo iría conociendo con el tiempo, si se daba la oportunidad.
—Gato, vámonos —me llamó Kevin.
—Ya voy, parcero.
Me alejé con ellos mientras la tarde comenzaba a caer sobre Cali.
Ese día no había pasado nada extraordinario.
Había cumplido con el encargo del jefe y, además, había conseguido el número de una persona que me daba curiosidad conocer un poco más.
Para mí, eso era suficiente.
Al menos por ese momento.