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El Karma del Marido Desleal

El Karma del Marido Desleal

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Completas
Popularitas:239
Nilai: 5
nombre de autor: Miss Ra

Sin dinero, sin familia y con el corazón destrozado, Valentina huyó a un pequeño pueblo donde nadie la conocía. Ahí, entre las manos ásperas de mujeres solidarias y el llanto de su hijo recién nacido, construyó desde cero lo que nadie creyó posible: un negocio propio, una nueva vida y un amor que jamás imaginó.

Mientras tanto, el karma no descansaba.

Todo lo que Sebastián le hizo se le devolvió con intereses: la traición de su amante, la caída de su imperio, la soledad más profunda. Y cuando por fin comprendió el peso de sus errores, ya era demasiado tarde para recuperar lo que destruyó.

Pero la vida guarda sorpresas para todos. Incluso para quienes no las merecen.

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Episodio 8

Esa mañana, Villa Esperanza amanecía envuelta en una neblina fina. Valentina acababa de volver del mercado con el hombro ligeramente ladeado por el peso de la charola vacía, que ahora solo conservaba unas cuantas migajas de pastel. Aunque estaba agotada, un destello de pequeña victoria le brillaba en los ojos: hoy se le habían vendido todos los pasteles más rápido que nunca.

Pero la calma se esfumó cuando vio un sedán negro y reluciente estacionado justo frente a la cerca de madera de la casa de su abuela.

Un hombre trajeado, con un portafolio de piel, esperaba ahí, visiblemente incómodo cada vez que sus zapatos lustrados tocaban el lodo.

—¿Señora Valentina Reyes? —preguntó el hombre cuando ella se acercó.

Valentina se detuvo y apretó con más fuerza la charola.

—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?

—Soy Basilio, abogado del señor Sebastián Montero. Vengo a entregarle los documentos de la demanda de divorcio y el convenio de separación de bienes —dijo el hombre con un tono formal y rígido.

Valentina guardó silencio un instante. ¿Cómo supo Sebastián dónde vivía? El corazón le latió con dolor, pero lo enterró de inmediato.

—Pase, señor. Aunque discúlpeme, mi casa no es tan cómoda como su oficina.

Se sentaron en la salita, que solo tenía un petate limpio por tapete. Basilio sacó un fajo de papeles de su portafolio y los puso sobre la mesita de madera que se tambaleaba.

—Verá, señora Valentina. Mi cliente, el señor Montero, desea que este proceso sea rápido. Ya redactó los puntos del convenio. En resumen, el señor Montero está dispuesto a otorgar una pensión durante el periodo de espera legal, pero rechaza categóricamente cualquier reparto de bienes gananciales sobre los activos adquiridos durante el matrimonio, incluidos el apartamento y los autos, argumentando que provienen del patrimonio original de la familia Montero.

Basilio miró a Valentina, esperando su reacción. Por su experiencia en divorcios de gente adinerada, la esposa solía gritar, llorar o amenazar con exigir la mitad de todo. Más aún cuando estaba embarazada de casi nueve meses: su posición legal para reclamar pensión alimenticia millonaria era fortísima.

—Mi cliente también establece que usted no tiene derecho a reclamar participación en las acciones de la empresa ni en ningún otro activo financiero —añadió Basilio, con la voz un poco más afilada, como si quisiera intimidarla.

Valentina escuchó cada palabra. Cada frase que salía de la boca de ese abogado era como un clavo martillado en el ataúd de lo que alguna vez sintió por Sebastián.

Sebastián realmente quería asegurarse de que ella cayera en la miseria. Quería garantizar que sin él, Valentina no tuviera absolutamente nada.

—¿Dónde están los papeles? —preguntó Valentina, seca.

—¿Disculpe? —Basilio frunció el ceño.

—Los papeles que tengo que firmar para que esto se acabe hoy mismo. Démelos.

Basilio se quedó de piedra. Le extendió un documento grueso y una pluma costosa. —¿No quiere leerlos primero? ¿O consultar con un abogado? Aquí se estipula que usted renuncia a todo reclamo económico a futuro.

Valentina tomó la pluma. Sus dedos, ásperos de tanto lavar trastes, contrastaban con la pluma dorada de Basilio. Sin titubear, pasó hoja tras hoja hasta encontrar las líneas con el timbre fiscal.

Firmó con un trazo absolutamente seguro. Sin manos temblorosas. Sin lágrimas mojando el papel.

—Señora... ¿es consciente de lo que acaba de firmar? —Basilio estaba genuinamente atónito—. Usted tiene derecho a mucho más que esto. Legalmente, podría exigir una pensión alimenticia enorme cada mes.

Valentina levantó la mirada y clavó los ojos en Basilio con una expresión que hizo que el hombre se sintiera insignificante.

—Dígale a su cliente, señor Basilio. No firmé porque esté de acuerdo con su avaricia. Firmé porque no quiero que ni un solo centavo de su dinero corra por la sangre de mi hijo.

Valentina se puso de pie, dando por terminada la reunión.

—Sebastián Montero quizás se sienta ganador por quedarse con su fortuna. Pero avísele que con esta firma, acaba de perder el derecho a llamarse padre. Él compró su libertad con dinero, pues que la disfrute sentado sobre su montaña de billetes.

Basilio enmudeció. Guardó los documentos a toda prisa. En todos sus años de ejercicio, nunca había visto a una mujer que, siendo expulsada de su hogar estando embarazada, tuviera una dignidad que se elevara como una montaña.

—Le transmitiré su mensaje, señora Valentina —dijo Basilio en voz baja, esta vez con un tono notablemente más respetuoso.

Unas horas después, en la capital, Basilio entró al despacho de Sebastián. Ahí lo esperaban Sebastián y Clarissa, sentados cómodamente tomando café importado.

—¿Y bien? Seguro se puso como loca, ¿no? ¿Cuánto pide? ¿Cien mil? ¿Doscientos mil? —preguntó Sebastián con desdén, listo para rechazar cualquier negociación.

Basilio depositó los documentos sobre el escritorio.

—La señora Valentina firmó todo, señor Montero. Sin objeción alguna.

La sonrisa de Sebastián se desvaneció.

—¿Cómo que sin objeción? ¿No pidió el apartamento? ¿Ni una pensión mensual?

—Nada en absoluto —respondió Basilio—. Ni siquiera leyó en detalle la lista de bienes. Solo quiso que todo terminara rápido.

Clarissa soltó una risita.

—A lo mejor se dio cuenta de que no tenía cómo ganarte, cariño. Mejor así, que no estorbe.

Pero Sebastián no se rio. Tomó los documentos y contempló la firma de Valentina, rotunda y decidida. Un descontento punzante le presionaba el pecho.

Se suponía que Valentina debía suplicar. Debía llamarlo llorando, decirle que no podía vivir sin su dinero.

Esa reacción de Valentina —el silencio, la renuncia total— hacía que Sebastián se sintiera derrotado. Como si toda su riqueza, de la que tanto presumía, no valiera absolutamente nada ante los ojos de esa mujer.

—¿Dijo algo? —preguntó Sebastián, con la voz ligeramente ronca.

Basilio dudó un momento, y luego repitió las palabras de Valentina.

—Dijo... que no quiere que ni un solo centavo de su dinero corra por la sangre de su hijo. Dijo que usted compró su libertad con dinero, y que la disfrute solo.

Sebastián golpeó la taza de café con el codo y el líquido se derramó sobre los documentos. Clarissa pegó un grito, pero Sebastián se quedó inmóvil, con la mandíbula trabada.

Esas palabras... las palabras de Valentina se sentían como una bofetada en mitad de la cara. Se sentía como un criminal castigado de la forma más elegante posible.

—¡Solo está actuando de soberbia! —estalló Sebastián de pronto, haciendo que Clarissa se sobresaltara—. ¡Ya verán, cuando nazca el bebé y necesite pagar el hospital, va a venir de rodillas! ¡Vamos a ver cuánto le dura la dignidad esa que no se puede vender!

Sebastián intentó reír, pero el sonido le salió hueco. Volvió a mirar la firma de Valentina. Detrás de esos trazos, era como si pudiera ver a Valentina alejándose, adentrándose en una niebla que ya no podía alcanzar.

En el pueblo, Valentina estaba sentada en el portal de la casa, mirando el sol que empezaba a ocultarse. El vientre le pateó de nuevo. Esta vez, Valentina sonrió.

—Ya somos libres, mi amor. Solo estamos tú y yo ahora —susurró.

No sabía que detrás de esa firma, una tormenta enorme se preparaba para arrasar la vida de Sebastián en la capital. Porque a veces, las plegarias de quien sufre injusticia son el arma más letal que existe.

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