CONTINUACIÓN DE POLVO Y PROMESAS Veinte años después de que Valentina y Ethan Blackwood encontraran el amor entre polvo, caballos y promesas, la historia de los Blackwood continúa. Mike Blackwood nació y creció entre los campos de su familia , no imagina una vida lejos de aquellas tierras. Alessandra es una estudiante universitaria de tercer año que llega al pueblo como parte de un intercambio académico para continuar sus estudios Inteligente, decidida y apasionada por los animales, no está dispuesta a dejarse impresionar por un cowboy engreído que parece creer que sabe absolutamente todo ( de quien lo habrá heredado?) Su primer encuentro no podría salir peor. Pero enamorarse no estaba en los planes de ninguno. Mucho menos cuando ambos están convencidos de que el otro es exactamente la clase de persona que deberían evitar. Porque algunas historias de amor comienzan con una promesa. Y otras… comienzan con una discusión. Mike Blackwood y Alessandra están a punto de descubrir que el destino también sabe ensuciarse las botas. Una nueva generación. Un nuevo amor. El mismo rancho donde todo comenzó.
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Evaluación final
Habían pasado casi cinco meses desde que Alessandra había llegado al rancho Blackwood.
Cinco meses.
Al principio había contado los días.
Después dejó de hacerlo.
El lugar que al principio le había parecido demasiado grande, demasiado tranquilo y demasiado alejado de todo había terminado convirtiéndose en parte de su rutina.
Ya conocía los horarios de los animales, sabía qué caballo se ponía nervioso cuando escuchaba determinados ruidos y podía reconocer a algunos terneros incluso desde lejos.
También había aprendido algo que jamás habría admitido durante sus primeras semanas.
Le gustaba estar allí.
Y una parte importante de que le gustara tenía nombre y apellido.
Mike Blackwood.
Aunque eso tampoco significaba que hubiera dejado de ser insoportable.
Aquella mañana, por ejemplo, estaba demostrando exactamente por qué.
—Te estoy diciendo que hice trampa —dijo Alessandra mientras intentaba recuperar una de las pequeñas herramientas que Mike sostenía sobre su cabeza.
—No hiciste trampa.
—¡Sí!
—Simplemente perdiste.
—Porque moviste la cerca.
Mike sonrió.
—La cerca estaba exactamente donde siempre.
—La moviste.
—Demúestralo.
Alessandra intentó alcanzarlo nuevamente.
Mike levantó el brazo todavía más.
—Mike.
—Alessandra.
—Dámelo.
—Pídelo por favor.
—Dámelo.
—Eso no sonó muy convincente.
Ella entrecerró los ojos.
—Voy a tirarte al barro.
—Eso ya lo intentaste.
—Y tú terminaste en el barro.
Mike soltó una carcajada.
—Porque tú me empujaste.
—Porque te lo merecías.
—No tienes pruebas.
Alessandra dio un paso hacia él.
Mike retrocedió.
—Ni se te ocurra.
—¿Qué?
—Esa cara.
—¿Qué tiene mi cara?
—Estás planeando algo.
Alessandra sonrió.
—Tal vez.
Mike retrocedió otro paso.
—No.
Ella avanzó.
—Sí.
—Alessandra…
—Dame la herramienta.
—No.
Ella se lanzó hacia él.
Mike esquivó el intento y salió corriendo unos metros entre las cercas.
—¡Mike!
—¡Atrápame!
—¡Eres un idiota!
—¡Pero tienes que admitir que soy rápido!
—¡Solo porque tienes piernas largas!
—Eso también es una ventaja.
Alessandra corrió detrás de él, riéndose a pesar de sí misma.
Mike finalmente frenó cerca del establo.
—¿Te rindes?
—Jamás.
—Entonces ven.
Alessandra volvió a acercarse.
Pero justo cuando estaba a punto de alcanzarlo, una voz desconocida se escuchó detrás de ellos.
—¿Interrumpo algo?
Los dos se quedaron congelados.
Mike bajó lentamente el brazo.
Alessandra se acomodó el cabello.
Frente a ellos había un hombre de unos cincuenta años, con una carpeta bajo el brazo y una expresión que parecía luchar entre la seriedad profesional y las ganas de sonreír.
Mike carraspeó.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió el hombre—. ¿Tú eres Mike Blackwood?
—Sí.
—Y tú debes ser Alessandra.
Ella asintió.
—Sí.
El hombre extendió la mano.
—Soy Daniel. Estoy a cargo de la evaluación final de tu período práctico.
Alessandra abrió los ojos.
—¿Hoy?
—Hoy.
Mike miró la herramienta que todavía sostenía.
Después miró a Alessandra.
Ella lo miró a él.
—Esto no es lo que parece —murmuró ella.
Daniel levantó una ceja.
—No he dicho nada.
Mike intentó contener una sonrisa.
Alessandra le lanzó una mirada de advertencia.
—No te rías.
—No me estoy riendo.
—Te estás riendo.
—Un poco.
—Mike.
Daniel carraspeó suavemente.
—Si les parece, podemos comenzar.
—Claro —respondió Alessandra rápidamente.
Mike le devolvió la herramienta.
—Buena suerte.
Ella la tomó.
—La voy a necesitar por tu culpa.
—Yo creo que vas a estar bien.
Esta vez no lo dijo para molestarla.
Lo dijo completamente en serio.
Y Alessandra lo notó.
La evaluación duró varias horas.
Daniel observó cómo Alessandra trabajaba con los animales, le hizo preguntas sobre alimentación, comportamiento, manejo y prevención.
Ella respondió con seguridad.
No sabía absolutamente todo.
Pero cuando no estaba segura de algo, lo decía.
Y luego buscaba la respuesta.
Eso era precisamente una de las cosas que Ethan había aprendido a valorar de ella durante aquellos meses.
No intentaba aparentar saberlo todo.
Aprendía.
Mike permaneció cerca durante buena parte de la evaluación.
No intervino demasiado.
Solo observaba.
Cuando Alessandra terminó de revisar a uno de los terneros, Daniel miró a Mike.
—¿Trabajas habitualmente con ella?
—Sí.
—¿Qué opinas de su desempeño?
Mike cruzó los brazos.
Alessandra lo miró de reojo.
—Cuidado con lo que dices.
Mike sonrió.
—Es excelente.
Daniel esperó.
—¿Algo más?
Mike pensó unos segundos.
—Aprende rápido. Observa antes de actuar. Y cuando no sabe algo, pregunta en lugar de inventar.
Alessandra bajó la mirada, intentando esconder una sonrisa.
—Además —continuó Mike—, tiene bastante paciencia con los animales.
Daniel anotó algo.
—¿Y contigo?
Mike soltó una pequeña risa.
—Conmigo tiene menos paciencia.
Alessandra intervino.
—Porque él se esfuerza mucho en agotarla.
Daniel sonrió.
—Eso parece.
Más tarde, Ethan también dio su opinión.
—Alessandra se adaptó muy rápido. Cuando llegó tenía conocimientos teóricos, pero necesitaba experiencia práctica. Ahora puede trabajar con bastante autonomía.
Daniel cerró finalmente la carpeta.
—Creo que ya tengo suficiente información.
Alessandra se quedó quieta.
Había llegado el momento.
Daniel la miró directamente.
—Alessandra, tu evaluación es positiva. Has cumplido con los objetivos del período práctico y has demostrado un buen nivel de conocimiento y responsabilidad.
Ella sonrió.
—Gracias.
—Tanto Ethan como Mike dieron referencias muy buenas sobre tu trabajo.
Mike asintió.
—Porque se las merece.
Alessandra volvió a mirarlo.
Daniel continuó:
—Así que puedo darte el visto bueno para finalizar oficialmente esta etapa del intercambio.
Alessandra sintió una oleada de orgullo.
Lo había conseguido.
Cinco meses de trabajo.
De aprendizaje.
De madrugadas.
De animales.
De barro.
De discusiones.
De risas.
De momentos que jamás había imaginado vivir.
Pero entonces Daniel añadió:
—Eso significa que ya puedes regresar a la ciudad para continuar con la siguiente parte de tu programa universitario.
La sonrisa de Alessandra se apagó ligeramente.
Mike no dijo nada.
Ni siquiera hizo una broma.
Daniel comenzó a explicarle los pasos administrativos y las fechas que debía coordinar con la universidad.
Alessandra escuchaba atentamente.
Mike permanecía a su lado, completamente callado.
Porque hasta ese momento había existido una especie de certeza silenciosa.
Alessandra estaba allí.
Mañana también estaría.
Y probablemente pasado mañana.
Pero ahora era diferente.
Ahora había una fecha.
Una despedida que, aunque todavía no estaba fijada, acababa de convertirse en algo real.
Alessandra podía volver a la ciudad.
Podía continuar con su vida.
Y Mike acababa de descubrir que la idea de que ella se fuera le molestaba muchísimo más de lo que esperaba.
Cuando Daniel se alejó unos minutos para hablar con Ethan sobre algunos documentos, Alessandra miró a Mike.
—¿Estás bien?
Él tardó un segundo en responder.
—Sí.
Ella lo observó.
—Estás demasiado callado.
Mike bajó la mirada hacia el suelo.
—Estoy pensando.
—Eso sí que es preocupante.
Él soltó una pequeña risa.
Pero no duró mucho.
—Entonces… ¿te vas?
Alessandra respiró lentamente.
—Supongo que sí.
Mike asintió.
—Ah.
Solo eso.
Ah.
Alessandra lo miró unos segundos.
Y por primera vez desde que lo conocía, no encontró ninguna provocación, ninguna sonrisa arrogante ni ninguna respuesta ingeniosa.
Solo a Mike.
El chico del rancho que se había convertido, sin que ninguno de los dos lo planeara, en una parte demasiado importante de aquellos cinco meses.
—Todavía no sé cuándo —dijo ella suavemente.
Mike levantó la mirada.
—Entonces todavía tenemos tiempo.
Alessandra sonrió.
—Sí.
Pero ninguno de los dos dijo lo que realmente estaba pensando.
Porque ambos sabían que, por primera vez, el tiempo ya no parecía suficiente.