En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.
Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.
Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.
Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.
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Capítulo 2: El pacto de sangre
Seraphina regresó a casa sin pronunciar una palabra.
Caminó detrás de su padre por el sendero que descendía de la colina, con la mirada fija en las piedras del camino. El vestido verde rozaba sus tobillos y la cinta que sujetaba su cabello colgaba de una de sus manos. Por dentro, sin embargo, sentía que todo estaba ardiendo.
Casarse con el emperador.
La frase se repetía en su mente como un golpe de campana.
Al llegar a la casa, su madre la esperaba junto a la puerta. Bastó con mirar el rostro de su hija para comprender que el secreto había sido revelado. Sus ojos se llenaron de tristeza, pero Seraphina no le dio tiempo de acercarse.
—¿Desde cuándo lo saben? —preguntó.
Su padre dejó el sobre imperial sobre la mesa.
—Desde antes de que nacieras.
—¿Y nunca pensaron decírmelo?
—Queríamos protegerte.
—¡Me protegieron mintiéndome durante dieciocho años!
La voz de Seraphina hizo temblar las ventanas. Su madre se llevó una mano al pecho, mientras su padre permanecía inmóvil, soportando la furia de su hija.
—No fue una mentira sencilla —dijo él—. Fue un intento de darte una vida normal.
—¿Normal? ¿Llamas normal a descubrir que fui prometida desde mi nacimiento a un hombre al que todos llaman monstruo?
Su padre abrió el sobre y sacó un documento amarillento. El papel estaba cubierto de símbolos antiguos y firmado con la sangre de dos familias. En la parte inferior se distinguía el emblema de los Devereaux: una rosa dorada atravesada por una espada.
—Tu abuelo firmó este pacto con el emperador anterior —explicó—. A cambio de protección, tierras y paz para nuestro pueblo, nuestra familia juró entregar a la primera hija nacida bajo la luna llena cuando el linaje imperial reclamara su derecho.
Seraphina observó el documento con incredulidad.
—Yo no soy una propiedad.
—Lo sé.
—Entonces quémalo.
—Si lo hacemos, el emperador enviará soldados. Nos quitará las tierras y el pueblo perderá su hogar. El pacto está protegido por magia antigua. Romperlo tiene consecuencias.
Seraphina apartó el documento.
—¿Y Aurelius aceptó casarse conmigo?
—La orden lleva su sello.
—Eso no responde a mi pregunta.
Su padre guardó silencio. Nadie sabía si el emperador había elegido aquella unión por obligación, por estrategia. Aurelius Devereaux era un hombre rodeado de rumores. Algunos decían que jamás sonreía. Otros aseguraban que su corazón estaba hecho de hielo y que, bajo sus ropas elegantes, las espinas de la maldición se extendían por su pecho.
Seraphina había escuchado historias más terribles. Se decía que, en las noches de luna llena, una sombra oscura recorría los pasillos del palacio. También se decía que el emperador no permitía que nadie tocara sus rosas doradas.
—No iré —declaró.
Su madre se acercó y tomó sus manos.
—Seraphina, si huyes, el pueblo pagará el precio.
La joven bajó la mirada. Esa era la única razón capaz de detenerla. No temía por sí misma, pero no podía soportar la idea de que familias enteras fueran expulsadas por culpa de una promesa que ella jamás había hecho.
—¿Cuándo debo partir?
—Al amanecer.
Seraphina levantó la cabeza.
—¿Tan pronto?
—El carruaje imperial ya está en camino.
Afuera, como si hubiera estado esperando esas palabras, se escuchó el ruido de cascos acercándose por el camino. La casa quedó sumida en un silencio pesado. Su madre la abrazó con fuerza, y Seraphina cerró los ojos, intentando memorizar el calor de aquel cuerpo y el aroma de las flores que siempre impregnaba su vestido.
Cuando se separaron, su madre le entregó una pequeña medalla de plata.
—Perteneció a tu abuela. Llévala contigo.
En el centro de la medalla había una luna rodeada de espinas. Seraphina la cerró en su puño.
—Volveré —prometió.
Ninguno de los dos padres tuvo el valor de responder.
Poco después, un capitán imperial golpeó la puerta. Vestía una armadura negra con detalles dorados y llevaba una capa sobre los hombros. Se inclinó ante el padre de Seraphina, pero sus ojos se dirigieron hacia ella en silencio.
—Lady Seraphina —dijo—. El emperador espera vuestra llegada.
Ella levantó el mentón.
—No soy una dama de la corte.
—Desde esta noche, vuestra posición cambiará.
Seraphina tomó su equipaje y salió de la casa sin despedirse. Si miraba hacia atrás, sabía que no tendría fuerzas para marcharse.
Al subir al carruaje, vio una última vez el jardín. Entre los rosales marchitos, una flor dorada brillaba bajo la luz de la luna.
Nadie más pareció notarla.
El carruaje comenzó a avanzar hacia el palacio imperial. Seraphina apretó la medalla contra su pecho y contempló la oscuridad del camino.
No sabía qué la esperaba detrás de aquellas murallas.
No sabía que el emperador también ignoraba la verdad.
Y no sabía que, en algún lugar del palacio, una rosa dorada acababa de abrirse por primera vez en dieciocho años.