Todos creen conocer a Damian Varela… pero nadie conoce su verdadero secreto.
Elena solo necesitaba un tutor que la ayudara a superar una etapa complicada de sus estudios. Lo último que esperaba era descubrir que el hombre encargado de ayudarla llevaba una vida completamente diferente a la que aparentaba.
Una fotografía, una puerta entreabierta y un nombre que jamás debería haber escuchado harán que Elena empiece a investigar.
Mientras más descubre, más preguntas aparecen.
¿Quién es realmente Damian Varela?
Y, sobre todo… ¿qué hará cuando descubra que Elena conoce su secreto?
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Capítulo 18: La competencia y la ausencia
La rutina se transformó en un equilibrio delicado: días separados, miradas fugaces, horas robadas al final de la tarde donde el mundo desaparecía tras la puerta cerrada. Pero la tranquilidad duró poco. El calendario deportivo lo marcó todo: la competición regional de hockey, que se celebraría a tres horas de la ciudad. Damian partiría el viernes al amanecer y no regresaría hasta el domingo por la noche. Tres días enteros sin verse. Sin tocarse. Sin saber siquiera si estaba bien.
El anuncio cayó un martes por la mañana, ante todo el equipo. Elena lo escuchó desde su mesa, con el corazón encogiéndose poco a poco. Tres días. Parecía poco tiempo, y a la vez… una eternidad. Al terminar la clase, le cruzó una nota en el cuaderno, disimulada entre apuntes: «¿Vendrás esta tarde? Tenemos que hablar».
Llegaron las cinco y allí estaba él, esperándola cerca de la ventana, con la expresión seria y la mirada cansada. Al entrar, no perdieron tiempo: la atrajo contra sí de inmediato, enterrando el rostro en su cuello y aspirándola como si necesitara memorizar su aroma para sobrevivir a la ausencia.
—No quiero irme —murmuró contra su piel, abrazándola con fuerza como si quisiera impedir que el tiempo avanzara—. No quiero dejarte sola. Esos días se me harán siglos. Y sé que algo va a pasar. Lo presiento. No debería alejarme ahora.
Elena le acarició la nuca con dulzura, intentando calmarlo a él aunque por dentro temblara.
—Es tu trabajo. Tu equipo te necesita. No puedes faltar. Estaré bien. Tú también lo estarás. Ganarás y volverás. Y aquí te esperaré, igual que siempre.
Damian se apartó lo justo para mirarla, con una mezcla de ternura y desesperación en los ojos.
—¿Sabes cuántas personas me esperan allá? Patrocinadores, periodistas, seguidoras que aparecen en cada partido buscando una foto, un saludo… —negó con la cabeza con asco—. Odio esa parte. Odio fingir que me importa cuando lo único que quiero es estar aquí, contigo.
—Y yo seré tu secreto más valioso —le dijo ella besando suavemente su comisura de labios—. Tu refugio. Sabrás que te espero y volverás a mí. ¿No basta con eso?
—Nunca será suficiente —susurró sellando sus labios con los suyos—. Pero será lo que me mantendrá cuerdo mientras no estés.
Esa tarde la dedicaron a atesorar cada instante. Se prometieron mensajes constantes en cuanto pudiera. Encontrarían el modo de verse un momento antes de que partiera. Y se despidieron con un beso lento, largo, como si quisieran guardarlo en el pecho para los días venideros.
El viernes llegó frío y gris. Elena se levantó al alba para despedirse desde lejos. Vio cómo subía al autobús del equipo con el resto, mochila al hombro, rostro serio… y justo antes de subir, giró la cabeza hacia donde ella se ocultaba entre las sombras de un árbol. La buscó con la mirada un instante. La encontró. Y asintió, casi imperceptiblemente: «Te llevo conmigo». Elena llevó la mano al pecho y devolvió el gesto con lágrimas en los ojos: «Y yo a ti».
Los días siguientes fueron extraños y pesados. Los mensajes llegaban esporádicos, breves, llenos de anhelo y excusas de horarios llenos. «Todo bien. Te extraño. Demasiado». «Partido ganado. Mañana la final. Solo pienso en volver». Pero con cada mensaje, crecían también las publicaciones en redes sociales: fotos de Damian con chicas distintas tras cada victoria, comentarios sugerentes, etiquetas, rumores de citas. Cada imagen era una puñalada directa al corazón. ¿Era solo suyo en la sombra… o se dejaba querer en la luz?
Intentó ser fuerte. Sabía su situación. Sabía que debía ser amable, accesible, que la imagen lo era todo. Pero ver cómo otras se acercaban a él con sonrisas y confianzas que ella envidiaba en silencio… dolía más de lo que esperaba. Dolía sentir que podía reemplazarla fácilmente si se cansaba del secreto.
El domingo por la tarde el silencio se prolongó. Pasaron las horas sin respuesta. Sin foto. Sin mensaje. El corazón de Elena se encogió cada vez más a medida que caía la noche. ¿Había pasado algo? ¿Estaba herido? ¿O simplemente… había encontrado algo más entretenido allá fuera?
Casi a medianoche, el teléfono vibró en su mano desesperada. No era texto: era una nota de voz. La voz de Damian, baja, ronca, agotada, hablando desde algún lugar oscuro donde nadie podía oírlo:
«Ganamos. Pero eso no importa. Solo importa que vuelvo a casa. A ti. Perdona el silencio, amor. Me tuvieron rodeado todo el día y no podía arriesgarme a llamar. Te llevo tatuada en la piel, Elena. Solo a ti. Espera por mí. Ya casi estoy ahí.»
Elena cerró los ojos con fuerza y dejó caer el teléfono sobre el pecho, sollozando al fin, entre alivio y rabia y amor desbordado. Ya casi estaba de vuelta. Y ella no sabía si quería abrazarlo o golpearlo. Pero lo que sí sabía era que… no soportaba volver a soltarlo nunca más.