Natalia tiene 25 años y es la exitosa CEO de un prestigioso bufete de abogados en Londres. Sin embargo, su imperio de cristal esconde un pasado oscuro: huyó de Zúrich para escapar de un matrimonio forzado impuesto por su multimillonario y arcaico padre. Cuando el patriarca la localiza y le lanza un ultimátum económico para arrastrarla de vuelta a Suiza, Natalia y su mejor amiga diseñan una solución desesperada: contratar a un marido de alquiler para blindarse legalmente.
Lo que Natalia no imagina es que el candidato enviado en secreto por su hermano es Óscar Alexander Sterling, su primer amor de la adolescencia. Nueve años de separación lo han transformado de un chico desgarbado con gafas en un imponente, musculado y sofisticado ingeniero naval. Ella no lo reconoce, y él decide ocultar su identidad para protegerla. Encerrados en una convivencia forzada dentro de un ático de una sola habitación, la pasión y los roces domésticos no tardarán en estallar.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 16 EL ULTIMATUM DE ZURICH
El silencio que quedó en el despacho tras la marcha de mi padre era denso, pesado, casi sólido. Las luces de la oficina, que por la mañana me parecían el reflejo de mi éxito, ahora herían mis ojos. Me quedé inmóvil en mi sillón ejecutivo, con la mirada fija en el espacio vacío que Arthur había ocupado frente a mi mesa de roble. Sentía el cuerpo entumecido, congelado por la misma impotencia que me había atormentado durante mi adolescencia.
María cerró la puerta con pestillo para evitar que el personal de la firma viera mi vulnerabilidad. Se acercó a mi escritorio a paso rápido, se arrodilló a mi lado y me tomó de las manos con fuerza. Sus dedos estaban cálidos, un contraste radical con el frío que yo sentía en las entrañas.
—Natalia, mírame —me pidió con urgencia, obligándome a levantar la vista—. Respira. Ese monstruo ha venido aquí solo para asustarte. Ha entrado como un huracán porque sabe que eres fuerte y necesitaba desestabilizarte. No dejes que gane la primera batalla en tu propia casa.
—No son solo asustar, María... —mi voz sonó extraña, ronca por la tensión contenida—. Conozco a mi padre. Cuando Arthur da un ultimátum, no está bromeando. Tiene la capacidad, el dinero y los contactos suficientes para cumplir cada una de sus amenazas. Si se propone destruir nuestro bufete, lo hará. Puede ahogarnos en demandas falsas, presionar a los bancos para que nos corten las líneas de crédito y asustar a nuestros clientes internacionales. Sabe que las grandes corporaciones huyen del escándalo legal. Solo con que extienda el rumor de que estamos bajo sospecha financiera, perderemos la mitad de las cuentas de la City antes del viernes.
María se puso de pie, cruzándose de brazos y comenzando a caminar de un lado a otro del despacho, con la mente jurídica trabajando a mil revoluciones por minuto. Su rostro reflejaba una mezcla de indignación y concentración absoluta.
—Tiene que haber una salida legal, Nat —afirmó, deteniéndose frente al ventanal—. Estamos en el Reino Unido. Las leyes de sociedades británicas te protegen como directora general. Él no puede embargar tus activos personales ni las acciones de esta firma de la noche a la mañana sin un proceso judicial largo y complejo que duraría años.
—¿Años? —solté una risa amarga, pasándome las manos por el rostro para despejarme—. María, mi padre no busca un juicio largo. Busca ahogarnos de inmediato. Sabe que un bufete joven como el nuestro, aunque sea muy rentable, no puede soportar los costes de una guerra legal de desgaste contra un imperio multimillonario como el de sus astilleros. Nos quedaremos sin liquidez en tres meses si nuestros clientes principales se asustan y cancelan los contratos. Nos obligará a cerrar por asfixia económica. Y entonces no me quedará nada con lo que luchar.
Me levanté del sillón y caminé hacia el rincón del despacho donde estaba el mueble bar. Me serví un vaso de agua con las manos todavía temblorosas, bebiendo el líquido de golpe. La realidad del ultimátum caía sobre mí con el peso de una losa de mármol. Mi padre me había dado veinticuatro horas. El reloj ya estaba corriendo, devorando los minutos hacia la mañana siguiente, cuando sus aviones privados me esperarían en la terminal de Heathrow para arrastrarme de vuelta a la jaula de Zúrich.
Pasamos las siguientes cuatro horas encerradas en el despacho, revisando minuciosamente cada documento de constitución de la firma, analizando los contratos de nuestros clientes clave y buscando cualquier resquicio en el derecho internacional que pudiera frenar un ataque financiero directo de los astilleros familiares. María revisaba las pantallas de su ordenador con los ojos entrecerrados por el cansancio, devorando normativas bancarias y regulaciones comerciales, mientras yo tachaba opciones en un bloc de notas que se llenaba de líneas inútiles.
La realidad era demoledora. Ninguna ley de comercio, ninguna estructura corporativa y ninguna normativa británica podían impedir que un hombre con la fortuna de Arthur comprara influencias, presionara de forma privada a los consejos de administración de nuestros clientes o financiara una campaña de desprestigio que arruinara nuestra reputación en los círculos financieros de la City. No era una cuestión de leyes; era una cuestión de poder puro y duro. Mi padre jugaba con las reglas de los tiburones, y nosotras seguíamos siendo dos abogadas jóvenes intentando protegernos tras un escudo de cristal.
A las siete de la tarde, la oficina se había quedado completamente vacía. El personal de administración y los asesores se habían marchado a sus casas, dejando la planta veinticuatro sumida en una penumbra silenciosa. Las luces de los rascacielos de Londres se encendieron al otro lado de los ventanales, parpadeando de forma indiferente ante nuestro drama.
María se apartó del teclado con un gesto de absoluta frustración, dejándose caer hacia atrás en su silla y tapándose los ojos con las manos.
—Maldita sea... —susurró con impotencia—. Todo está demasiado limpio en su estrategia. Si ataca de forma indirecta, a través de terceros inversores o fondos de capital que él controla en la sombra, no podremos demostrar el origen del sabotaje a tiempo para salvar el bufete. Legalmente, estamos atadas de pies y manos frente a un boicot de esa magnitud, Natalia. Las amenazas económicas son reales.
Me acerqué a mi mesa de roble y me apoyé contra el borde, contemplando el bloc de notas lleno de líneas tachadas. La sensación de acorralamiento era asfixiante. Miré el pequeño cajón cerrado con llave donde guardaba la reliquia de mi adolescencia. En mitad de esa ruina inminente, ni siquiera el recuerdo desgastado de Óscar podía ofrecerme un consuelo real. Estaba completamente sola ante el veredicto del patriarca.
—Entonces, el juego se ha terminado —dije en un hilo de voz, sintiendo que la rabia se transformaba en una fría aceptación de la derrota—. Si me quedo y lucho, destruyo el bufete y arrastro tu carrera conmigo al fondo del pozo, María. No puedo permitir que pierdas todo lo que has trabajado por mi culpa. Si me subo a ese avión mañana, cumpliré con el pacto arcaico de mi padre, me casarán con un extraño en Zúrich y me convertiré en la esposa sumisa que siempre quisieron que fuera. He tardado nueve años en levantar esta fortaleza solo para ver cómo se desmorona en un solo día.
María se quitó las manos de la cara y me miró fijamente. En sus ojos castaños ya no había frustración, sino una chispa de rebeldía salvaje, esa misma energía que la había llevado a subirse conmigo al autobús de la huida en Ginebra. Se puso de pie con determinación y me plantó cara a través de la mesa.
—No, Natalia. No nos vamos a rendir, y tú no te vas a subir a ese maldito avión —sentenció María con una voz firme que cortó el silencio del despacho—. Tu padre cree que lo tiene todo controlado porque piensa como un empresario de la vieja escuela. Cree que tu único punto débil es este bufete y que el dinero lo compra todo. Pero se equivoca. Las leyes de su contrato matrimonial se basan en una premisa muy sencilla: eres una hija soltera y disponible para una transacción comercial entre dos familias. ¿Qué pasaría si esa premisa dejara de ser cierta? ¿Qué pasaría si rompemos su tablero de ajedrez con un movimiento que no puede prever?
La miré sin comprender, frunciendo el ceño ante la seriedad de su rostro.
—¿A qué te refieres, María? No hay forma de anular el pacto de Zúrich a menos que...
—A menos que dejes de ser una pieza útil para su fusión —interrumpió María, inclinándose hacia delante con una sonrisa afilada—. La única forma legal, rápida y absoluta de blindarte contra ese matrimonio forzado y proteger esta firma de sus garras es que ya estés casada. Si tu padre se encuentra con un documento civil británico que certifica que eres la esposa de otro hombre, su contrato de hace diecisiete años se convierte en papel mojado de forma automática ante cualquier tribunal europeo. Necesitamos un escudo con alianzas, Natalia. Necesitamos contratar a un marido de alquiler.
Felicidades autora que sigan los éxitos!!! ☺️