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Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Status: Terminada
Genre:Maldición / Demonios / Romance / Completas
Popularitas:495
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Cuando Valeria hereda una casona colonial en ruinas, cree que su único problema serán las termitas, no el fantasma carnicero del siglo XIX que intenta arrancarle la cabeza en el baño. Sin opciones, contrata a Gabriel Thorne, un demonólogo y cazador de lo paranormal tan frío, perfecto y calculador que parece hecho de mármol. Valeria no sabe callarse la boca, actúa antes de pensar y le encanta sacarlo de su quicio profesional; Gabriel cree tener cada riesgo bajo control, hasta que descubre que la impredecible audacia de Valeria es la única fuerza capaz de derretir su armadura. Entre rituales sangrientos, monstruos grotescos y discusiones sarcásticas a medianoche, la tensión entre ambos escala de un odio racional a una pasión feroz que amenaza con consumir sus vidas antes de que lo haga la maldición.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 8: El mapa de las fisuras invisibles

El sol de mediodía caía sobre el patio trasero de la Casona de los Cedros no con la agresividad opresiva de los días anteriores, sino con una claridad dorada y limpia que revelaba cada grieta en los muros de piedra, cada teja movida y la espesa capa de musgo seco que cubría la brocal del pozo.

​Valeria estaba sentada sobre una caja de madera reforzada con tiras de acero, vistiendo unos pantalones vaqueros desgastados, botas de trabajo y una camiseta negra ajustada con las mangas remangadas. Sostenía entre las rodillas un tablero de madera compensada sobre el que había desplegado un plano arquitectónico de la casona a escala 1:50, trazado con tinta negra e indicaciones en lápiz azul.

​A unos metros, un equipo de cuatro hombres vestidos con monos grises de protección contra radiación residual instalaban un sistema de sensores piezoeléctricos alrededor del perímetro de la casa. Mateo, el chófer de Gabriel, supervisaba los trabajos desde la sombra del gran cedro que daba nombre a la propiedad, vistiendo un traje gris impecable a pesar de los veinticinco grados de temperatura y sosteniendo un maletín de comunicaciones inalámbricas.

​Gabriel emergió de la puerta trasera del piso inferior. Se había quitado la chaqueta del traje y llevaba la camisa blanca de mangas largas remangada hasta los antebrazos, revelando la cicatriz fina de su brazo derecho bajo la luz del sol. En la mano izquierda llevaba dos tazas de cerámica blanca de las que salía un humo denso y aromático.

​—La constante de atenuación en la cámara del sótano se ha estabilizado en cero coma cero cuatro microteslas —declaró Gabriel, acercándose a ella con paso firme y entregándole una de las tazas—. Eso representa una reducción del noventa y nueve coma seis por ciento respecto a las lecturas de hace tres días.

​Valeria tomó la taza, sopló suavemente sobre la superficie del café y le sonrió con esa picardía descarada que ya formaba parte del paisaje cotidiano de Gabriel.

​—Traducción para mortales: el sótano ya no intenta comerse a los visitantes, Don Frío.

​—Traducción para mortales: la casa es técnicamente habitable, siempre que no se intente perforar la pared este del sótano con una taladradora de percusión sin mi supervisión directa —corrigió Gabriel, sentándose en el borde de una segunda caja de madera a su lado y cruzando las piernas con su elegancia característica.

​—Nadie va a perforar nada, Thorne —dijo Valeria, dando un sorbo al café rico y amargo—. Los obreros del Consejo parecen bastante asustados con la simple idea de acercarse a la puerta de la bodega. ¿Se lo has dicho tú o es que huelen la ceniza consagrada a un kilómetro de distancia?

​—Les he entregado el protocolo de seguridad obligatorio de la firma —explicó Gabriel, sacando de su bolsillo posterior una libreta de notas con tapas de cuero negro y un estilógrafo de plata—. La ignorancia de los riesgos operáticos por parte del personal contratado es la causa principal de accidentes en áreas de contingencia de Nivel 2. Prefiero que sientan un respeto saludable por el entorno antes de que cometan una imprudencia por exceso de confianza.

​Valeria lo miró de perfil. La luz del sol acentuaba la dureza de sus pómulos, pero la rigidez casi robótica que lo caracterizaba cuando se conocieron tres días atrás había dejado paso a una serenidad más profunda, una calma concentrada que le sentaba ridículamente bien.

​—¿Y tú qué sientes respecto al entorno, Gabriel? —preguntó ella en voz baja, cambiando el tono de broma por una curiosidad sincera.

​Gabriel detuvo el trazo de su estilógrafo sobre el papel. Se quedó mirando las líneas del plano durante un par de segundos antes de girar la cabeza hacia ella. Sus ojos azules reflejaban el verde de la hiedra que comenzaba a brotar de nuevo en los muros del patio.

​—Siento que este lugar es un recordatorio de que las ecuaciones no son finitas, Valeria —dijo con una voz suave, casi íntima, que no llegaba a oídos de los trabajadores—. Durante doce años consideré que las anomalías eran errores del entorno que debían ser corregidos o erradicados. Esta casa... y su presencia en ella... me han demostrado que algunas anomalías son simplemente estructuras que aún no comprendemos.

​Valeria sintió un cosquilleo caliente en el pecho. Estiró la pierna hasta rozar la bota de Gabriel con la suya.

​—Eso suena casi a un piropo poético, Thorne. Voy a tener que apuntar la fecha en el plano.

​Gabriel esbozó una leve sonrisa en la comisura de los labios, pero antes de que pudiera responder, el maletín de comunicaciones de Mateo emitió un pitido agudo y triple.

​El chófer contestó la llamada con un auricular de botón, escuchó en silencio durante diez segundos y luego caminó hacia ellos con paso rápido y expresión grave.

​—Señor Thorne —dijo Mateo, deteniéndose a dos pasos de las cajas—. El departamento de inteligencia de la firma acaba de interceptar un despacho prioritario de la Sede Central. El Consejo Arcano Regional ha convocado una sesión extraordinaria para las cinco de la tarde.

​Gabriel no se inmutó, pero sus dedos se apretaron ligeramente alrededor de la libreta de cuero.

​—¿El orden del día? —preguntó con voz helada.

​—El expediente de la Casona de los Cedros y el estado del sello de la falla de materia oscura —respondió Mateo—. El auditor jefe, el señor Valdemar, ha solicitado la comparecencia personal de usted... y de la heredera legal de la propiedad.

​Valeria frunció el ceño, dejando la taza de café sobre el plano de madera.

​—¿El auditor jefe? ¿Quién demonios es el señor Valdemar?

​Gabriel se puso de pie en un solo movimiento fluido, ajustándose las mangas de la camisa con una precisión que delataba el inicio inmediato del modo de combate burocrático.

​—Julio Valdemar es el burocrata más peligroso del Consejo Regional, Valeria —explicó Gabriel, mirándola con una fijeza que volvió a encender las alarmas en la mente de ella—. Un hombre que mide el valor de las personas en función de la rentabilidad de sus activos arcanos. Si ha convocado una sesión extraordinaria, significa que la noticia del cierre exitoso de la falla ha llegado a oídos de la Junta Directiva.

​—¿Y eso es malo? —preguntó ella, poniéndose de pie también—. Cerrar la falla era lo que había que hacer. Les hemos ahorrado un desastre biológico de esos que tanto les asustan.

​—Para el Consejo, una falla cerrada es un recurso inutilizado —dijo Gabriel, su voz volviéndose tan fría como el acero—. Y una heredera sin formación arcana que posee el control legal sobre ese recurso es una vulnerabilidad que intentarán expropiar mediante cualquier ardid legal de su reglamento interno.

​Valeria sintió que la rabia le quemaba las tripas. Se ajustó las botas con un golpe seco contra el suelo y miró a Gabriel a los ojos con la barbilla alzada.

​—Pues que vengan a intentarlo, Don Frío. Tengo un plano, tengo las escrituras de la tía Matilde y tengo a un especialista que me debe dos cenas. Que se preparen para la reunión.

​El edificio del Consejo Arcano Regional no parecía la sede de una organización secreta de cazadores y analistas; parecía la sede central de un banco privado de inversión en el corazón financiero de la ciudad. Un rascacielos de cristal ahumado y acero negro de cuarenta plantas que se alzaba sobre la avenida principal, con la entrada custodiada por guardias de seguridad privados con trajes oscuros y auriculares de perfil bajo.

​A las cuatro y cuarenta y cinco de la tarde, el Jaguar de Gabriel se detuvo frente a la puerta principal.

​Valeria bajó del vehículo vistiendo un traje de chaqueta de corte impecable en color gris marengo que Gabriel había hecho comprar para ella esa misma mañana. Aunque le resultaba extraño no llevar sus vaqueros y sus botas de trabajo, la prenda le daba una presencia imponente que encajaba perfectamente con la mirada desafiante que mantenía fija en la fachada de cristal del edificio.

​Gabriel bajó a su lado, luciendo su esmoquin azul noche habitual, con la carpeta de cuero negro bajo el brazo y una serenidad de piedra que ocultaba la tensión contenida en cada uno de sus músculos.

​—Recuerde el protocolo, Valeria —dijo él en voz baja mientras cruzaban el vestíbulo de mármol blanco bajo la mirada curiosa de decenas de analistas y empleados que se apartaban a su paso—. En la sala del Consejo, la agresión verbal directa es considerada una debilidad táctica. Deje que yo maneje los marcos legales. Su único papel es confirmar su propiedad indiscutible sobre el terreno y mantener la calma.

​—Si algún burocrata intenta quitarme la casa de la tía Matilde, Thorne, le voy a recordar por qué la gente del barrio me llamaba "la lagartija de la navaja" —respondió ella entre dientes.

​—Procure no usar esa terminología ante el auditor jefe, por favor —pidió Gabriel con la vista al frente mientras accedían al ascensor privado de alta velocidad.

​La planta treinta y seis albergaba la Gran Sala de Vistas del Consejo. Era un espacio circular con paredes recubiertas de madera de nogal oscuro, iluminación cenital tenue y una mesa semicircular de caoba tras la cual se sentaban cinco personas vestidas con túnicas de paño negro sobre trajes de ejecutivo.

​En el centro de la mesa se sentaba Julio Valdemar: un hombre de unos sesenta años, de cabello canoso peinado hacia atrás de forma impecable, piel pálida como el pergamino y unos ojos grises y fríos que no mostraban la menor emoción.

​—Señor Thorne —dijo Valdemar con una voz suave, modulada y profundamente falsa que resonó en el silencio de la sala—. Señorita Gómez. Les agradecemos su puntualidad. Tomen asiento.

​Gabriel y Valeria se situaron frente al estrado, permaneciendo de pie junto a dos sillas de madera maciza. Gabriel apoyó su carpeta sobre el mostrador de recepción de muestras.

​—Auditor Valdemar —saludó Gabriel con una inclinación de cabeza helada—. Entiendo que la convocatoria de esta sesión responde a la presentación del informe de cierre del expediente 884-Cedros.

​Valdemar entrelazó sus dedos finos sobre la mesa, mirando a Valeria con una condescendencia que hizo que a ella se le apretaran las mandíbulas.

​—El informe de cierre es secundario por el momento, Gabriel —dijo Valdemar, usando el nombre de pila con una familiaridad calculada—. Lo que preocupa a esta Junta es la metodología utilizada en la contención de la falla subterránea. Según las lecturas preliminares recibidas por nuestro departamento técnico, se utilizó ceniza calcificada de atadura permanente sin la autorización previa del Comité de Recursos Arcanos.

​—La situación era de Nivel 4 inminente, auditor —replicó Gabriel sin elevar el tono de voz—. El protocolo de emergencia me faculta como especialista de nivel A para ejecutar acciones de atenuación definitiva si la seguridad del perímetro urbano corre riesgo de colapso.

​—Un colapso que usted mismo provocó al permitir que una civil no cualificada interfiriera en la estructura del nudo secundario —interrumpió uno de los miembros de la Junta, una mujer de rostro enjuto y gafas de montura de oro.

​Valeria dio un paso adelante, apoyando las palmas de las manos sobre el mostrador de madera con un golpe seco que resonó en la sala circular.

​—Esa "civil no cualificada" tiene nombre, señora —dijo Valeria con la voz resonando limpia y tajante—. Me llamo Valeria Gómez. Y si no hubiera sido por mi "interferencia", como usted la llama, esa cosa del sótano estaría ahora mismo paseándose por el centro de esta ciudad y ustedes estarían rellenando formularios de defunción para la mitad de los vecinos del distrito.

​Un murmullo incómodo corrió entre los miembros de la Junta. Valdemar alzó una mano fina para imponer silencio, manteniendo la mirada fija en Valeria con una sonrisa helada.

​—Se apreciamos su valor, señorita Gómez —dijo Valdemar con falso tono paternal—. Sin embargo, el derecho arcano regional es claro al respecto: una propiedad inmobiliaria que alberga un punto nodal de materia oscura de Clase IV pasa automáticamente a ser custodiada por el Consejo si el propietario legal no posee la titulación de Especialista de Grado 2.

​—La titulación no es requerida si la propiedad está bajo el régimen de tutoría técnica de un especialista contratado de Grado 1 —intervino Gabriel de inmediato, sacando un documento con sello dorado de su carpeta y deslizándolo sobre la mesa de la Junta.

​Valdemar tomó el documento, desdoblando las páginas con lentitud. Al leer la primera cláusula, sus cejas canosas se elevaron ligeramente en un gesto de sorpresa que no pudo ocultar.

​—Un contrato de servicio residencial exclusivo a largo plazo —leyó Valdemar en voz alta—. Firmado por usted y la señorita Gómez hace doce horas.

​—Exactamente —dijo Gabriel, dando un paso al lado de Valeria y colocándose hombro con hombro con ella—. En virtud de este contrato, la Casona de los Cedros queda clasificada como mi base operativa secundaria. La propiedad legal sigue siendo en su totalidad de la señorita Gómez, mientras que la responsabilidad técnica y la custodia arcana recaen exclusivamente sobre mi firma. El Consejo no tiene competencias legales para expropiar ni intervenir en la propiedad sin rescindir primero mi contrato de tutoría.

​Valdemar dejó el documento sobre la mesa. Su mirada osciló entre Gabriel y Valeria, evaluando la firmeza de su postura, la complicidad silenciosa pero indestructible que se respiraba entre ellos dos y las implicaciones políticas de enfrentarse al analista más eficiente de la región.

​—Un movimiento audaz, Gabriel —dijo Valdemar, perdiendo la sonrisa y dejando ver la frialdad de su verdadera naturaleza—. Arriesga usted su reputación profesional y el prestigio de su firma al vincularse legalmente con una persona sin historial en nuestra comunidad.

​—Mi reputación se basa en la consecución de resultados, auditor —contestó Gabriel sin pestañear—. La falla está sellada, la propiedad es estable y el riesgo para la ciudad es cero. Si el Consejo desea presentar alguna impugnación a mi contrato, puede hacerlo mediante el tribunal de arbitraje de la Sede Central. Estaré encantado de presentar las grabaciones de la sesión y las lecturas de campo ante el Gran Comité.

​Valdemar se quedó en silencio durante cinco largos segundos que parecieron eternos en la sala circular. Sabía que un recurso ante el Gran Comité revelaría la incompetencia del Consejo Regional para gestionar la crisis de la casona y pondría en peligro su propia posición en la Junta.

​Finalmente, el auditor jefe tomó el sello oficial de su mesa y estampó una marca de tinta negra sobre la portada del informe de Gabriel.

​—El contrato queda registrado, señor Thorne —declaró Valdemar con voz helada—. La Casona de los Cedros permanece bajo su tutoría técnica y la propiedad de la señorita Gómez. La sesión queda levantada.

​Valeria dejó escapar un largo suspiro que llevaba reteniendo en los pulmones desde que entraron en la sala, pero no se movió de su sitio hasta que Valdemar y los miembros de la Junta recogieron sus carpetas y abandonaron el estrado por una puerta lateral.

​Cuando la sala quedó vacía, Valeria se giró hacia Gabriel y lo miró con los ojos muy abiertos por la mezcla de alivio y admiración.

​—Le has puesto la bota en el cuello con cuatro papeles de mierda, Don Frío —dijo ella en un susurro sonriente.

​Gabriel cerró su carpeta de cuero, aunque la ligera tensión en la línea de su mandíbula indicaba que la batalla burocrática había consumido más energía de la que aparentaba.

​—Le he recordado el reglamento, Valeria —dijo él, mirándola con una suavidad que contrastaba radicalmente con la dureza que había mostrado ante la Junta—. Valdemar es un depredador burocrático. Si huele la debilidad, te devora. Si le muestras una pared de legalidad perfecta, busca otra presa más fácil.

​—Pues esta "presa" le ha dejado bien claro que no se deja comer —sonrió ella, pasándole el brazo por el suyo mientras caminaban hacia la salida de la sala—. Ahora vámonos de este rascacielos de vampiros antes de que se me olvide cómo se habla como una persona normal.

​A las ocho de la tarde, la ciudad volvía a estar envuelta en esa penumbra violeta que precedía a las noches de otoño.

​El Jaguar de Gabriel estaba aparcado en un mirador elevado en las afueras de la ciudad, desde donde se contemplaba todo el valle iluminado por miles de puntos de luz dorada y el trazo oscuro del río cruzando el centro urbano.

​Valeria estaba sentada en el capó del vehículo, vistiendo la chaqueta del traje de Gabriel sobre sus hombros para protegerse del viento fresco de la noche, con las piernas cruzadas y una lata de cerveza fría en la mano que habían comprado en una gasolinera del camino.

​Gabriel estaba de pie a su lado, apoyado contra el lateral del coche, vistiendo solo la camisa y el chaleco de su traje, con la pajarita deshecha y colgando a los lados del cuello como una cinta negra suelta. Sostenía su propia lata de cerveza, aunque apenas había probado un sorbo.

​—Tengo que admitir que tienes estilo, Thorne —dijo Valeria, mirando las luces de la ciudad por encima del borde de su lata—. Tu contrato de tutoría ha sido una jugada maestra. Aunque me vas a tener que explicar qué significa la cláusula catorce. Esa que dice que debo permitir la inspección mensual del dormitorio principal.

​Gabriel no sonrió, pero sus ojos azules brillaron con esa luz cálida que Valeria ya había aprendido a descifrar perfectamente.

​—La cláusula catorce es un estándar de atenuación pasiva, señorita Gómez —explicó con voz tranquila—. El dormitorio principal se encuentra directamente sobre el eje vertical de la falla. Requiere verificar que la masa de aire no sufra fluctuaciones de ionización.

​—Claro, claro. "Ionización" —se burló ella, dándole un empujoncito suave con la bota en la pierna de él—. Siempre tienes un término científico para justificar que quieres estar cerca de mí.

​Gabriel dejó su lata sobre el capó del coche, se giró hacia ella y se colocó entre sus piernas abiertas, apoyando las manos sobre la chapa a ambos lados de las caderas de Valeria. La cercanía entre sus rostros fue inmediata, tan densa que el aire entre los dos pareció elevar su temperatura varios grados en un segundo.

​—No necesito justificaciones científicas para querer estar cerca de usted, Valeria —susurró Gabriel, rozando con los labios la piel tibia de su cuello, justo donde el perfume de bergamota continuaba flotando suavemente.

​Valeria dejó caer su lata de cerveza sobre la chapa del coche con un golpe sordo, echó la cabeza hacia atrás y le enredó los dedos en el cabello oscuro, despeinándolo con esa familiaridad descarada que a él le volvía loco.

​—Pues demuéstramelo sin usar ninguna palabra del diccionario de tu firma, Don Frío —desafió ella en un murmullo agitado.

​Gabriel no dudó. La tomó por la nuca con la firmeza posesiva que la hacía estremecerse y la besó con una intensidad profunda, lenta y hambrienta que hizo que la noche, la ciudad iluminada y los recuerdos de la falla subterránea se disiparan en una marea de calor puro. Sus manos recorrieron la tela del traje de ella, bajando por sus caderas hasta levantarla levemente sobre el capó del vehículo, pegando su cuerpo contra el de él con una desesperación que no tenía nada de calculada ni de metódica.

​Cuando se separaron para tomar aire, Valeria tenía los labios rosados y los ojos oscuros brillando con una chispa de triunfo absoluto.

​—Cero palabras en latín, cero números y cero protocolos —dijo ella, con el aliento agitado contra la mejilla de Gabriel—. Te pongo un diez en la evaluación, especialista.

​Gabriel dejó escapar una risa suave y grave que le hizo vibrar el pecho contra el de ella. Le acarició el pómulo con el pulgar, limpiando un mechón de pelo suelto de su cara.

​—Es usted la peor distracción que le ha ocurrido a mi carrera profesional, señorita Gómez —murmuró él con un afecto que hizo que a ella le diera un vuelco el corazón.

​—Y tú eres el mejor dolor de cabeza que me ha regalado la tía Matilde —contestó ella, apoyando su frente contra la de él.

​Se quedaron allí arriba, en el mirador sobre la ciudad, abrazados contra la chapa del coche mientras la brisa de la noche movía las hojas de los pinos y las luces lejanas dibujaban la geografía de un mundo que, por primera vez en muchos años, parecía estar en absoluto y perfecto orden.

​A las once de la noche, regresaron al departamento del último piso.

​La gran estancia estaba en penumbra, salvada únicamente por el resplandor anaranjado de las farolas que se filtraba por las cortinas de lino. El silencio del lugar era acogedor, una burbuja de aire limpio y ordenado en mitad de una ciudad que nunca dormía del todo.

​Valeria se quitó los zapatos de tacón en el vestíbulo y caminó descalza sobre la madera de roble, dejando la chaqueta del traje sobre el respaldo del sofá. Se acercó al gran ventanal y contempló la lluvia que comenzaba a caer de nuevo de forma fina y constante sobre los tejados.

​Gabriel se acercó a ella por detrás, desabrochándose los botones superiores de la camisa y rodeándole la cintura con sus brazos largos. Apoyó la barbilla en su hombro, respirando el aroma de su cabello húmedo por la llovizna del mirador.

​—El equipo de restauración empezará a trabajar en el tejado de la casona el lunes por la mañana —dijo Gabriel en un murmullo bajo contra su oído—. Calculo que la obra durará unas tres semanas.

​Valeria se reclinó contra su pecho, disfrutando de la firmeza y el calor de su cuerpo rodeándola por completo.

​—Tres semanas... —repitió ella con tono pensativo—. Eso significa que voy a tener que aguantarte aquí tres semanas más, Thorne.

​—Significa que durante tres semanas tendré que asegurarme personalmente de que usted no intente reparar las tuberías de la casona con cinta aislante ni intente alimentar a los pájaros del patio con tónico consagrado —corrigió él con imperturbable seriedad.

​Valeria soltó una risita suave y se giró entre sus brazos para mirarlo de frente en la penumbra del salón.

​—¿Y después de esas tres semanas qué pasa, Gabriel?

​Gabriel la miró a los ojos con una intensidad serena que no dejó lugar a ninguna duda sobre la respuesta.

​—Después de esas tres semanas, la cláusula catorce del contrato seguirá estando vigente, Valeria. Y la Casona de los Cedros seguirá siendo nuestra base operativa.

​Valeria le sonrió, alzándose sobre las puntas de los pies para darle un beso corto en los labios.

​—Me parece un trato justo, Don Frío. Pero te recuerdo que aún me debes la tercera cena del contrato. Y esta vez pienso elegir yo el sitio.

​—Miedo me da su criterio gastronómico, señorita Gómez —dijo Gabriel, aunque su brazo alrededor de la cintura de ella se apretó con más fuerza, atrayéndola hacia el dormitorio principal mientras la lluvia nocturna repicaba suavemente contra los cristales de la ventana.

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Martha Divas Delgado
🥰woooooo me encantan Valeria y don frío 🤭
Martha Divas Delgado
🥰 me encantó k don friosiempre midiendo todo
Martha Divas Delgado
wooooo espero no termine esta historia aqui
Isabel Sandoval
Jaaaa esa es buena jajaja/Facepalm/
Martha Divas Delgado
ooooooo me encanta 🤭
Martha Divas Delgado
siiiiiiiiiiiii
Martha Divas Delgado
o autora sentí k nuestro hombre frío ahora sí se iba a quedar bien frío
Martha Divas Delgado
autoraaaaa me gusta 🤭 k Valeria sea así y creo esto no acaba AKI con ese demonio verdad
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