Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias
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La Gran Adaptación
Un decenio después de la tragedia, Eldamar había experimentado una transformación urbanística y social sin parangón. Frente a la inestabilidad de Manuel, los ciudadanos y los gremios comerciales mostraron una notable capacidad de resiliencia. La sociedad se reorganizó en función de la psicología del monarca.
La innovación más destacada fue la fundación del Gremio de los Barómetros Reales. Se erigieron observatorios en las torres más elevadas del palacio, equipados con catalejos de largo alcance. Los observadores no examinaban las estrellas, sino los gestos del rey.
—¡Alerta en todos los sectores! —gritó el capitán Dorian desde el puesto de la Torre Sur, mirando por el lente hacia los balcones reales—. El rey ha fruncido el ceño y se lleva la mano a la sien tras leer el informe de aduanas. ¡Avisen a la ciudad!
De inmediato, el vigía tiraba de la soga de una gran campana de bronce. Dos toques breves y uno prolongado significaban "Ira contenida / Tormenta eléctrica inminente". Al escuchar las campanas, los mercaderes recogían los toldos, los campesinos resguardaban al ganado en establos reforzados y los vecinos aseguraban las mallas protectoras sobre las ventanas.
La arquitectura del reino cambió radicalmente. Las viviendas sustituyeron las tejas de arcilla por cubiertas de madera reforzada con planchas de zinc retráctiles. Se instalaron redes de canalización subterránea que conducían el calor generado durante los episodios de entusiasmo real hacia los cimientos de las casas, manteniéndolas calientes durante las heladas provocadas por sus momentos de desánimo.
Los agricultores seleccionaron variedades híbridas de grano capaces de soportar oscilaciones térmicas extremas en cuestión de horas.
Incluso la economía adoptó un ritmo dinámico. Si el rey despertaba de buen humor tras un descanso apacible, la luz solar bañaba la ciudad. De inmediato, las transacciones se multiplicaban, las rutas comerciales se llenaban de carromatos y los talleres trabajaban a ritmo acelerado para aprovechar la "Ventana de Calidez". Si el cielo se tornaba plomizo por la melancolía real, los mercados ajustaban sus precios y la actividad se trasladaba a espacios cubiertos.
El pueblo de Eldamar aprendió a interpretar el clima como la lectura pública del estado anímico de su gobernante.
A los veinticuatro años, Manuel era un monarca de constitución esbelta pero porte firme, aunque marcado por una mirada cansada. Físicamente era alto, de cabello oscuro que caía sobre la frente y ojos grises que mudaban a azul cobalto antes de una tempestad o a matices verdosos cuando experimentaba cierta serenidad.
A diferencia del distanciamiento de su padre o de la inestabilidad de su madre, Manuel poseía una profunda empatía. Era consciente de que cada acceso de rabia, cada pesadilla o cada lapso de soledad no permanecía en su mente, sino que afectaba directamente la vida de miles de familias.
—Majestad, las pérdidas causadas por la granizada de anoche en el cantón pesquero —dijo el ministro de hacienda, extendiéndole un pliego durante la sesión matutina.
Manuel leyó el documento: veinte embarcaciones dañadas y dos muelles destruidos. El rey apretó los puños por debajo de la mesa de nogal. Afuera, una ráfaga de viento seco hizo crujir las vigas del techo.
—Disponed de tres mil monedas de oro del tesoro de la corona —ordenó Manuel con voz contenida pero firme—. Eximid de tributos a las familias afectadas durante el resto del año. Y enviad a los carpinteros reales para colaborar en la reparación de las naves.
—Pero Sire, las reservas de la corona... —reclamó el ministro.
—Las reservas existen para reparar los daños que mi mente causa a este reino, ministro —interrumpió Manuel poniéndose en pie—. Si no puedo ofrecerles una atmósfera serena, al menos les daré un gobierno justo.
Manuel trabajaba jornadas agotadoras. Inspeccionaba los planos de las defensas fluviales, supervisaba los depósitos de grano y procuraba que nadie pasara privaciones por causa de sus episodios de amargura. A menudo vestía una túnica sencilla y recorría de incógnito las calles de la capital para comprobar el estado de las obras y escuchar las inquietudes de los vecinos.
Sin embargo, esta responsabilidad continua alimentaba un ciclo complejo. La culpa por los trastornos climáticos le provocaba ansiedad; la ansiedad desataba vendavales sobre la ciudad; los vendavales ocasionaban desperfectos; y la noticia de los daños alimentaba su sentimiento de pesadumbre, lo que helaba las aguas del río al día siguiente. Se hallaba prisionero de su propio sentido del deber.