Anna creyó que era huérfana y pobre, pero en realidad es Leah, la heredera perdida del imperio mafioso de León. El día que su propio hermano Theo la encuentra, su pasado empieza a cobrarle factura.
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Capítulo 4: Cansada del camino
—¿Algo más me puede pasar?
Ana ya no sabía qué pensar.
*Mis tíos me odian. Y una de mis tías, que no vive con mi abuela, tiene una hija de mi edad y ella también me desprecia.*
*No lo entiendo.*
*Ella tiene a sus padres. Tiene una habitación propia, comida rica y todo lo que necesita. Y, sin embargo, me mira como si tuviera algún resentimiento hacia mí.*
*¿A mí?*
*¿Por qué? Si yo no tengo nada.*
*No tengo padres.*
*Soy pobre.*
*Uso la ropa que ella ya no quiere y las zapatillas que me da están rotas.*
*Apenas tengo útiles para la escuela y, a veces, tengo que pedirlos prestados.*
*No lo entiendo...*
Anna se quedó unos segundos en silencio.
Había algo que sí entendía.
Su abuela Margareth era la única persona que le demostraba cariño.
Cada noche, antes de dormir, Margareth le acariciaba la cabeza, le daba una caricia y le cantaba suavemente hasta que el cansancio terminaba venciendo a la anciana.
Dormían juntas en una pequeña habitación sin baño.
Para ir al baño tenían que cruzar un campo y utilizar el que se encontraba afuera.
Anna miraba todo aquello y no podía evitar preguntarse:
*¿Por qué mi vida tiene que ser así?*
*¿Qué hice mal para que mis papás no me quieran?*
Pero las cosas tampoco eran fáciles en la escuela.
Algunos chicos se burlaban de ella porque decían que era huérfana.
Los profesores muchas veces la miraban con desprecio, y algunos padres lo hacían con lástima.
Anna sentía que todos sabían que era diferente.
Y eso le dolía.
Una noche, acostada junto a su abuela, miró hacia el techo y comenzó a hablar en voz baja.
—Diosito... si estás escuchando, ¿esto algún día va a mejorar?
Tenía apenas ocho años.
Y ya estaba cansada.
Cansada de caminar sola.
Cansada de sentirse diferente.
Cansada de que nadie la eligiera.
En su casa, muchas veces tenía que comer las sobras que dejaban sus tíos.
Margarethe estaba demasiado ocupada y cansada para darse cuenta de cómo trataban a Anna.
Pero Anna tampoco quería contarle.
No quería preocuparla más.
*Ya está grande...*
*Trabaja tanto...*
*No quiero que se enferme.*
Cuando no estaba en la escuela, Anna hacía pequeños mandados para los vecinos. Con el poco dinero que conseguía, intentaba comprar algún libro o los útiles que le pedían en la escuela.
Porque en su casa ni siquiera había dinero para eso.
A veces volvía cansada, con las manos frías y los pies doloridos.
Pero seguía adelante.
No tenía otra opción.
Esa noche, antes de cerrar los ojos, volvió a rezar.
—Dios, ¿me estás escuchando?
Hizo una pequeña pausa.
Luego juntó sus manos y pidió algo que, para ella, era mucho más importante que cualquier juguete, ropa o comida.
—Dale fuerzas a mi abue Margareth para que no se enferme.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Porque sin ella... yo estaría sola en este mundo.
Y mientras Margareth dormía a su lado, Ana cerró los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo, una lágrima recorrió su mejilla.
Pero incluso siendo tan pequeña, había algo dentro de ella que todavía se negaba a rendirse.
**Tal vez algún día las cosas cambiarían.**