En la noche de su cumpleaños número veintitrés, Camila Alcázar descubre que Diego, el hombre al que amó durante tres años, la engaña con la mujer que juró no significar nada para él.
Humillada, furiosa y decidida a elegir por sí misma al menos una vez, Camila le entrega la llave de una suite al desconocido más imponente del antro.
—Dime que estás segura —le exige él.
—Lo estoy. Esta noche te elijo a ti.
Lo que debía ser una sola noche termina convirtiéndose en el encuentro más intenso de su vida.
Pero al despertar, Camila descubre que aquel desconocido es Maximiliano Montalvo: un poderoso empresario de treinta y cinco años, doce mayor que ella… y el padre adoptivo de Ximena, su mejor amiga.
Camila intenta huir y enterrar lo ocurrido. Maximiliano, en cambio, no piensa dejarla escapar.
—Me voy a casar contigo.
—¿Por una noche?
—No. Porque llevo cuatro años sin poder olvidarte.
Cuando dos latidos inesperados aparecen en una pantalla, el matrimonio secreto que debía protegerla empieza a convertirse en algo mucho más peligroso: una relación llena de deseo, celos y sentimientos que ninguno de los dos puede seguir fingiendo.
Ahora Camila tendrá que enfrentarse a un ex dispuesto a destruirla, una familia que quiere vender su futuro y una rival capaz de atentar contra sus hijos.
Pero Maximiliano ya tomó una decisión.
Camila será su esposa, la madre de sus hijos y la única mujer autorizada a incendiar su cama.
Y piensa consentirla hasta que ella deje de tener miedo de pertenecerle.
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Capítulo 8
Capítulo 8
—Ándale, Cami, que se hace tarde y a mi papá le choca esperar.
Ximena me jaló de la muñeca por el patio de la residencia como si tuviéramos otra vez quince años y estuviéramos escapándonos de clase. Yo iba con la carpeta pegada al pecho, el blazer nuevo que me quedaba un poquito grande, y el estómago hecho un nudo desde las seis de la mañana. Primer día de prácticas. Ensueño Media. Debía estar temblando de emoción.
Temblaba, sí. Pero no de emoción.
El Rolls-Royce esperaba frente a la escalinata, negro, callado, con Saúl de pie junto a la puerta trasera. Ximena la abrió antes de que él pudiera y me empujó adentro con un "sube, sube" cantado.
Y ahí, en el asiento del fondo, con el celular en una mano y una fruta a medio pelar en la otra, iba él.
El señor Montalvo.
Se me cortó el aire. Todo el discurso que había ensayado —buenos días, gracias por la oportunidad, no lo voy a defraudar— se me borró de un solo golpe. Porque lo último que yo sabía de ese hombre era el peso de un saco sobre mis hombros y un olor a madera en unas sábanas que llevaba semanas tratando de olvidar.
—Buenos días —dije. La voz me salió estrangulada, con una mano invisible cerrada en la garganta.
—Buenos días, Camila.
Me tuteaba. Claro que me tuteaba. Para él yo era la amiguita de su hija, la recomendada, la muchacha que subía al coche. Nada más.
Ximena se acomodó a su lado, le dio un beso en la mejilla —"hola, pa"— y se puso a contarle no sé qué de una fiesta. Yo me hundí en el asiento del rincón y clavé los ojos en la ventanilla, en el tráfico de las Lomas, de pronto lo más interesante del mundo.
El coche arrancó suave, sin ruido, como si flotara.
—¿Desayunaste? —preguntó él.
Tardé en darme cuenta de que me hablaba a mí.
—¿Perdón?
—Que si desayunaste. —No levantó la vista del celular—. Bajaste con Ximena a las siete y cuarto. La cocina abre a las siete y media.
Se me subieron los colores. ¿Cómo sabía a qué hora había bajado? ¿Me estaba vigilando?
—No... no tenía hambre, señor Montalvo.
Entonces sí levantó los ojos. Terminó de pelar la fruta —una pera, con una navajita de bolsillo, en gajos limpios— la puso en una servilleta y me la pasó por encima de las piernas de Ximena.
—Come.
No fue una orden de jefe. Fue otra cosa. Una que no supe nombrar y que me dio más miedo que cualquier grito.
—No, de veras, no...
—Camila. —Bajó un poco la voz—. Nadie trabaja bien con el estómago vacío. Come.
Ximena me miró de reojo con una sonrisita rarísima y me dio un codazo. Tomé la servilleta. Los dedos me temblaban tanto que un gajo casi se me cae, y él, sin decir nada, ya me estaba tendiendo un pañuelo doblado en cuatro para que no me manchara el blazer.
Un pañuelo. Un magnate dueño de medio país tendiéndome un pañuelo en un Rolls-Royce.
Comí la pera en silencio, mirando la nuca del chofer, con el corazón dándome de topes contra las costillas. "No lo mires. No pienses en el antro. No pienses en la suite. Es el papá de Xime. Es tu jefe. No pasó nada. No pasó nada."
Había pasado todo.
—
Ensueño Media ocupaba tres pisos de un edificio de cristal. Olía a café caro y a alfombra nueva. Ximena me dejó en la recepción con un "te veo al rato, madrastra" que me hizo querer matarla, y a los dos minutos bajó por mí una mujer alta, de tacón de aguja y labios rojos, que me midió de arriba abajo antes de saludar.
—Tú eres la recomendada —dijo. No fue una pregunta.
—Camila Alcázar. Mucho gusto, soy la nueva prac...
—Bárbara Sandoval. Directora. —Me estiró la mano dos segundos y la retiró enseguida, con un gesto de fastidio—. Mira, muchacha, aquí todos entraron por méritos. Currículum, exámenes, años. Tú entraste porque alguien hizo una llamada. —Sonrió con la boca, no con los ojos—. Así que no esperes trato especial. Al contrario.
—No espero nada, señora. Vengo a trabajar.
—Directora. —Ladeó la cabeza—. Te vas al equipo de producción. Con los que cargan cables. A ver si aguantas la semana.
Y se dio la vuelta sobre el tacón, dejándome ahí parada con mi carpeta y mi blazer grande.
No bajé la barbilla. Eso no. Apreté la carpeta y me fui a producción, a cargar cables, a demostrarle a la directora Sandoval que la recomendada aguantaba lo que fuera.
Aguanté hasta las once y media. A las once y media un practicante me pasó un recado: que subiera al piso ejecutivo, que el señor Montalvo requería apoyo con unos archivos.
—
El piso ejecutivo de la Torre Montalvo estaba a dos calles, conectado por un puente de cristal. Otro mundo. Silencio, madera, ventanales del piso al techo con toda la ciudad tirada abajo. César, el secretario, me llevó a una sala y me dejó con una caja de folders "para ordenar por fecha". Del señor Montalvo, ni sus luces.
Llevaba diez minutos ordenando cuando me vibró el celular.
Diego.
Debí ignorarlo. Contesté por reflejo, por esos tres años que todavía traía metidos en el cuerpo.
—¿Qué quieres?
—Ah, o sea que ya te crees mucho. —Su voz venía pastosa, con ese tono de cuando quería lastimar—. Me contaron que andas de arrimada en casa de los Montalvo. De prácticas y todo. ¿Ya te acuestas con el viejo o apenas vas empezando?
Se me heló la mano en el folder.
—Diego...
—Porque otra explicación no hay, Cami. Tú sola no llegas ni al elevador. Acuérdate quién te pagó la carrera. Me debes hasta el aire que respiras. —Bajó la voz, venenoso—. Una llamada mía y todos ahí saben qué clase de muchachita eres. La que se ofrece en los antros. ¿O ya se te olvidó?
No se me había olvidado. Ese era el problema.
—Cállate —dije, y me odié porque me salió tembloroso.
—Uy, se enojó. —Se rió—. Piénsalo bien, mi reina. Regresas conmigo por las buenas, o te reviento la vida por las malas. Tú decides.
Colgué. Me quedé con el celular apretado contra el pecho y el folder abierto y las fechas bailándome enfrente sin ningún orden. El temblor me subió de las manos a los hombros, a la mandíbula. No lloré. No pensaba llorar. Pero el cuerpo hacía lo que quería y yo ya no lo mandaba.
—¿Camila?
No lo había oído entrar. El señor Montalvo estaba en el marco de la puerta, sin saco, la corbata floja, mirándome con esa calma que asustaba. Debió verme la cara, porque cerró la puerta detrás de él sin prisa y se acercó.
—Estoy bien —dije rápido—. Ya casi termino con los...
—Camila.
Se sentó en la orilla de la mesa, frente a mí, sin invadirme. Sacó del bolsillo un pañuelo —otro pañuelo, blanco, planchado— y me lo tendió, igual que en el coche.
—Respira —dijo, muy bajo—. No pasa nada. Respira conmigo. Despacio.
No sé por qué le hice caso. Respiré. El temblor de la mandíbula empezó a ceder.
—¿Quién era?
—Nadie. Un... un asunto viejo.
Él no preguntó más. Se quedó ahí, cerca, sin tocarme, hasta que las manos se me quietaron sobre la mesa. Y cuando por fin levanté la cara, él me miraba como aquella noche en el antro: como quien reconoce algo que creía perdido.
—Te quedas aquí —dijo entonces. No en la sala. En el piso—. Conmigo. Producción no es lugar para ti.
—Señor Montalvo, la directora Sandoval dijo que...
—La directora Sandoval trabaja para mí. —Se puso de pie, se acomodó la corbata—. Tú te reportas a esta oficina desde mañana. ¿Quedó claro?
Asentí sin entender del todo lo que estaba pasando. Solo sabía una cosa: por primera vez en semanas, con Diego amenazando de un lado y Bárbara humillándome del otro, alguien acababa de poner una pared entre el mundo y yo.
Guardé el pañuelo en el bolsillo del blazer. Pensé, tonta de mí, que por fin me estaba escapando del pasado. Que subir a este piso de cristal era dejar atrás el antro, la foto, la suite, la deuda.
No sabía que el secreto apenas empezaba a alcanzarme.
Ni que, mientras respiraba despacio con el pañuelo de él en la mano, algo ya estaba creciendo dentro de mí.