Una noche. Un desconocido. Una vida que cambia para siempre.
Amara tiene 22 años y acaba de descubrir que su novio la engañaba. Herida y sin ganas de nada, se deja arrastrar por su mejor amiga Cléo a una fiesta. Ahí, entre shots de vodka y una conexión imposible de ignorar, pasa la noche más intensa de su vida con un hombre cuyo nombre ni siquiera conoce.
Dos meses después, la realidad la golpea: está embarazada. Sin familia que la apoye, con una beca universitaria en riesgo y sin idea de quién es el padre de su hijo, Amara intenta seguir adelante como puede. Pero el destino tiene otros planes: el primer día de clases descubre que el desconocido de aquella noche no es otro que Ethan Almeida, sobrino del director de la facultad, estrella del equipo de basquetbol y heredero de una de las familias más poderosas de la ciudad.
Ethan también la reconoce. Y también está furioso.
Lo que sigue es una tormenta de secretos, confrontaciones, amenazas familiares y una atracción que ninguno de los dos puede controlar. Entre la ex obsesiva de Ethan, una madrastra manipuladora, un padre ausente y un ex que se niega a desaparecer, Amara tendrá que luchar no solo por su futuro sino por el de la vida que crece dentro de ella.
Porque hay noches que no se olvidan. Y hay consecuencias que te cambian para siempre.
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Capítulo 14
— ¿Estás llorando? —me sujetó el rostro para verme.
— N... no —mi voz salió temblorosa. Culpa de las hormonas.
— Estoy aquí —me besó la frente—. Solo no huyas de mí.
— No podemos... —y antes de terminar de hablar me besó, suave, ligero—. No puedes hacer eso —susurré sobre sus labios.
— ¿Y por qué no? —sus labios estaban tan cerca.
— No está bien.
— Besarte es lo más correcto que he hecho en mi vida —dijo.
— Ethan... —dije.
— Amara... —escuchar mi nombre de su boca así me hizo estremecer.
Me aparté de él por no aguantar toda esa intensidad que venía de él, y sabía que algunos nos estaban mirando. Caminé hacia la barra de nuevo y noté que venía detrás. Pedí otra agua y no pude disimular la mano temblándome al abrir la botella.
— ¿Qué está pasando? —se acercó de nuevo y me sujetó la botella para abrirla.
— ¿Qué pasó con tu padre para que estés tan nerviosa? —¿cómo decirle que el motivo del nerviosismo era él?
Él no soportaba las mentiras.
Yo le había mentido.
— Solo nos distanciamos un poco.
— ¿Por qué?
— Mi madrastra y yo no nos llevamos bien. Y ahora todo empeoró —mi voz tembló y él me sujetó la mano.
— ¿Empeoró?
— Déjalo así. Tengo que irme —me tomé el agua y me levanté.
— No vas a salir así. Necesitas calmarte —me sujetó en el lugar.
Lo vi servir un poco de alguna bebida en un vaso y ponerlo a mi lado.
— Te va a calmar. Toma un poco.
— No puedo —sentí su mirada cambiar—. Quiero decir que la última vez que me pasó esto terminé en un cuarto de hotel con un desconocido —se rio, y los hoyuelos que aparecieron me dejaron hipnotizada.
— No te preocupes, no voy a beber, pero si sirve de algo —se acercó mucho a mi oreja—, ya no soy tan desconocido —se alejó riéndose, y me puse roja solo con ese acercamiento.
Y antes de que pudiera responder, sentí el olor de la bebida y fue como si un huracán pasara por dentro de mí y las náuseas subieron. Como siempre, en el peor momento. Debió ser el nerviosismo, o todavía no estaba cien por ciento para haber salido de casa. Me levanté sin decir nada y pasé entre la gente buscando un baño. Por eso no me gustaban las fiestas: nunca encontrabas nada. Hasta que vi un letrero señalizándolo y entré sin tiempo de cerrar la puerta, yendo directo al inodoro.
Ya había pasado un buen rato sin vómito ni náuseas, pero todo el estrés de hoy me había afectado demasiado, y lo peor, el perfume de ella me daba arcadas con solo recordarlo.
Vomité todo lo que había comido antes de la fiesta.
— ¿Estás bien? Te voy a ayudar —sentí que ponía las manos en mi cintura y vi que traía mi bolsa; debí haberla dejado en la barra.
— No hace falta. Quiero estar sola —me aparté con la cabeza gacha.
— No te voy a dejar sola. Ven conmigo, te llevo a casa.
— Pásame mi celular, por favor —fui al lavabo y me limpié.
Me entregó el celular y rápidamente le llamé a Cléo.
— ¿Dónde estás, Amara? —contestó de inmediato con voz preocupada.
— En el baño del pasillo. ¿Podrías venir?
— Ya voy para allá.
Colgué y me recargué en el lavabo. Ethan se acercó enseguida, tomó mi celular y tecleó su número. Vi cuando se hizo una llamada a su propio celular y me lo devolvió.
— ¿Por qué hiciste eso?
— Para saber si llegaste bien a casa. Ya que me estás alejando de nuevo.
— ¡Perdón! Es mejor así —no podía mirarlo a la cara.
— ¿Hablas en serio? ¿Amara? —me miró tenso.
Pero antes de que respondiera, la puerta se abrió y una Cléo desesperada entró, seguida de Noah.
— ¿Estás bien? Sabía que no debíamos haber venido —apenas reparó en Ethan mirándome.
— Sí, solo quiero irme.
— Estaba vomitando —dijo él, haciendo que los dos notaran que realmente estaba ahí.
— Está bien. Gracias por ayudar, pero nos vamos ahora —dijo Noah, rígido y serio.
— ¿Entonces es eso? No quisiste mi ayuda ni que te llevara a casa... Espero que sepas lo que estás haciendo —suspiró y salió del baño.
En pocos minutos salí de ahí al lado de Noah y Cléo, y pasé junto a él en la barra, al lado de Maya. Sentí su mirada sobre mí, pero no volteé a verlo.
Y me fui.