⚠️NOVELA +18⚠️🔞
Tras la explosiva revelación de su verdadera identidad, Mía ha huido de la mansión Montenegro para refugiarse bajo la protección de su tía Beatriz, dispuesta a reconstruir su vida lejos del apellido que la destruyó y de la sombra de un padre al que solo puede ver como a un desconocido. Sin embargo, liberarse del linaje más poderoso del país no será una tarea sencilla.
En la cúspide del escándalo mediático y con su vida sentimental hecha pedazos tras la partida de Aitana, Henrry se enfrenta al abismo más oscuro de su existencia. Abandonado y acorralado por la opinión pública, su mundo colapsa definitivamente con la llegada de una nueva amenaza: Norma se presenta reclamando llevar en su vientre a un nuevo heredero Montenegro, respaldada por la despiadada Leonora, quien no dudará en usar a este futuro bebé como su última pieza de ajedrez para tomar el control definitivo de la familia.
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Capítulo 14
...AITANA ...
Yo iba pegada a la puerta del copiloto, mirando hacia afuera mientras el paisaje pasaba a toda velocidad, odiándome con cada fibra de mi cuerpo.
Tenía el cabello completamente mojado, escurriéndome sobre los hombros y mojándome la blusa, porque ni siquiera me quedó tiempo para secármelo.
Salí de la casa a las carreras, con el tiempo encima y la cabeza hecha un desastre.
De verdad soy una estúpida, me repetía una y otra vez en la mente, sintiendo un nudo amargo atascado en la garganta.
Es que no tenía otra palabra para describirme.
Caí.
Otra vez.
Me dejé llevar por la rabia, por el impulso, y terminé cometiendo el fatal error de revolcarme con él en el pasillo. Ahora sí, de manera oficial y absoluta, me había convertido en la otra.
La amante.
La idiota que tanto critiqué.
Giré levemente la mirada para verlo de reojo. Henrry mantenía las manos firmes en el volante, manejando con una calma que me daba rabia.
Tampoco es que se le viera feliz o victorioso; su rostro estaba serio, tenso, pero tenía esa tranquilidad desesperante de quien sabe que logró salirse con la suya.
Supo perfectamente qué decir y cómo presionarme para convencerme de subirme a su auto y dejar que me llevara a la universidad.
Se notaba que él sabía lo incómoda que me sentía con toda esta situación. Notaba mi rigidez, mi negativa a hablarle, la forma en que ni siquiera quería rozar su brazo. Sin embargo, no decía nada. Y ese silencio no hacía más que alimentar la culpa que me estaba carcomiendo por dentro mientras nos acercábamos, minuto a minuto, a mi trabajo.
Henrry apagó el motor justo frente a la entrada de la universidad. Ajusté el agarre de mi bolso sobre el regazo, lista para abrir la puerta y salir huyendo de ese auto, pero antes de que pudiera rozar la manija, escuché cómo él soltaba un largo y pesado suspiro.
—Sé que estás arrepentida, Aitana. Se te nota en la cara —dijo, apoyando los brazos sobre el volante y mirándome de lado.
Me quedé congelada, apretando los dientes para no responderle con un insulto.
—Ya te dije que no estoy con Norma —continuó con la voz baja, casi paciente, como si me estuviera explicando algo evidente—. Solo estoy con ella porque Leonora la puso ahí y porque... porque solo quería estar presente en la primera infancia de mi hijo. No quería cometer el mismo error que cometí con Mía.
Hizo una pausa corta y apretó las manos contra el cuero del volante.
—Además, estaba muy molesto contigo por haberme dejado así, de esa manera. Pero creo que ya es hora de tomar mi propio camino. Puedo llegar a un acuerdo con Norma sobre mi hijo.
Antes de que pudiera abrir la boca para escupirle todo el remordimiento que me estaba ahogando, el movimiento de un carro estacionándose dos puestos más allá captó nuestra atención.
Henrry fijó la mirada en el retrovisor y luego hacia el frente, entornando los ojos.
—¿Será Mía? —susurró para sí mismo, con la voz cargada de una extraña sospecha.
Reconoció de inmediato el auto: era uno de los tantos de su propia colección. Sin pensarlo dos veces, Henrry abrió la puerta y bajó.
Yo lo seguí casi por instinto, dejando la puerta del copiloto abierta mientras rodeaba el vehículo para ver qué estaba pasando.
A solo unos metros de nosotros, las puertas del auto se abrieron. Mía y Camilo bajaron riendo. Camilo le extendió las manos para entregarle las llaves del carro, y en respuesta, Mía se impulsó hacia él y le plantó un beso lleno de ternura. Él la rodeó por la cintura con naturalidad y la levantó en el aire un par de segundos, haciéndola sonreír entre sus brazos.
Se veían tan ajenos a todo, tan ridículamente felices, que por un instante me quedé paralizada. Pero la tensión a mi lado volvió de golpe cuando vi a Henrry.
Lejos de alterarse o gritar, comenzó a caminar hacia ellos con una calma sospechosa, pausada y amenazante.
Lo agarré con fuerza del brazo, clavándole los dedos en la tela de la chaqueta para frenarle el paso.
—Henrry, déjalos en paz —le dije entre dientes, intentando mantener la voz baja para no montar un espectáculo en pleno parqueadero—. Ya bastante desastre hiciste hoy. Déjala respirar.
Henrry ni siquiera se inmóvilizó por mi agarre. Simplemente frenó un segundo y me miró de reojo.
—Tú sabes perfectamente por qué nunca voy a aceptar que ese idiota esté con Mía, Aitana —me soltó con una voz seria, zafándose de mi agarre con un movimiento firme pero controlado—. No es orgullo. Camilo trae la muerte con él. Dónde va, arrastra problemas y tarde o temprano la va a hundir a ella también.
Antes de que pudiera volver a frenarlo o procesar lo que acababa de decir, Henrry reanudó la marcha. Sus pasos eran lentos, pesados y decididos, acortando los metros que lo separaban de la pareja.
Apreté los dientes y me crucé frente a Henrry, plantándole las manos en el pecho para frenarlo por completo.
—¡Ya basta, Henrry! No vas a armar un show aquí —le exigí con voz firme, sin moverme de su camino.
Mía nos miró unos segundos, con cansancio. No quería una escena. Se despidió rápidamente de Camilo, subió al carro y encendió el motor. Camilo se quedó de pie en la acera, alzando la mano para despedirse con una sonrisa serena mientras el auto se alejaba.
Pero al voltear y cruzarse con nosotros, su expresión cambió de golpe al vernos discutir.
—¡Apártate, Aitana! —me gruñó Henrry, zafándose de mí con un manotazo.
Sin perder un segundo, caminó a pasos agigantados directamente hacia Camilo.
—Te lo advierto, muchachito —le soltó Henrry al llegar a él, acorralándolo con la mirada y señalándolo fijamente con el dedo a escasos centímetros de la cara—. Apártate de mi hija. Estás metido en el lodo hasta el cuello y no voy a permitir que arrastres a Mía a tus deudas ni a las culebras que traes detrás. Si le pasa algo por tu culpa, no te va a salvar nadie.
Camilo no dio ni un solo paso atrás. Le sostuvo la mirada con una frialdad increíble, dando un paso al frente para encararlo.
—A Mía la cuido yo mucho mejor de lo que usted lo ha hecho en toda su vida —le respondió Camilo con la voz grave, apretando los puños—. Y sus amenazas me tienen completamente sin cuidado. No le tengo miedo, Señor Montenegro.
La tensión entre los dos estalló en un segundo, los dos al borde de los puñetazos.
El corazón se me salió del pecho. Me metí de golpe entre el pecho de Henrry y la postura defensiva de Camilo, empujando a Henrry hacia atrás con todo mi peso.
—¡Ya no peleen, por favor! —les grité desesperada, mirando a ambos con el rostro desencajado—. ¡Esto no soluciona nada! ¡Compórtense como adultos de una puta vez!
Camilo dio un paso atrás por instinto al verme interponerme, pero no bajó la guardia. Mantenía la mandíbula apretada y la mirada fija en Henrry, quemándolo con los ojos.
Henrry, por su parte, respiraba agitadamente por la nariz, ajustándose la chaqueta como si el simple roce de Camilo lo hubiera ensuciado.
—No te metas en esto, Aitana —me advirtió Henrry, con esa voz baja y áspera que presagiaba lo peor—. Esto es entre este infeliz y yo.
—¡Es conmigo con quien estás haciendo el ridículo en el parqueadero de la universidad! —le respondí, plantándome frente a él para taparle la visibilidad hacia Camilo—. Mía ya se fue. No lograste nada más que demostrar otra vez que solo sabes resolver las cosas a la fuerza. ¡Ya basta!
Camilo soltó una risa corta y despectiva, acomodándose la correa del bolso sobre el hombro.
—Déjelo, Aitana —dijo Camilo, sin perder esa postura desafiante pero mucho más aplacada que la de Henrry—. El señor está acostumbrado a que todo el mundo le tenga miedo y le obedezca. Pero conmigo se equivoca. Yo no le debo nada ni le tengo que rendir cuentas. Ya le dije que voy a cuidar a Mia.
—¿Cuidarla? —retó Henrry, intentando dar un paso alrededor de mí, pero lo volví a empujar del pecho con rabia—. ¡Si no puedes ni cuidarte la espalda tú mismo, idiota! Sé muy bien en lo que estás metido. Sé los tipos que te están buscando. Si crees que no me entero de las amenazas que tienes encima, eres más imbécil de lo que pensaba.
Vi cómo la expresión de Camilo se tensó por un milisegundo; la mención de sus acreedores lo había descolocado, aunque intentó disimularlo de inmediato apretando los puños dentro de sus bolsillos.
—Aitana, por favor, entra a la facultad —me pidió Camilo, desviando los ojos hacia mí por primera vez, con la voz extrañamente tranquila—. No vale la pena que te desgastes con esto.
—Ninguno de los dos va a seguir con esta estupidez —sentencié, mirando a Henrry a los ojos con todo el desprecio y el cansancio que llevaba acumulado desde la mañana—. Tú te vas a subir a tu carro y te vas a ir ahora mismo. Y tú, Camilo, camina hacia tu clase antes de que esto se vuelva peor.
Henrry me sostuvo la mirada unos segundos, midiendo hasta dónde estaba dispuesta a llegar. El ambiente entre los tres se sentía espeso, a punto de explotar de nuevo, mientras varios estudiantes que pasaban cerca comenzaban a voltear para murmurar sobre la escena.