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La Luz En La Tormenta Del Príncipe

La Luz En La Tormenta Del Príncipe

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8: Un Ángel Indefenso en la Cuna

El eco del portazo en el ala oeste todavía vibraba en los oídos de Caitlyn mientras subía los escalones de caracol que conducían a la torre norte de la mansión. Dejar a Alexander en la penumbra de su propia furia no había sido una retirada, sino una tregua táctica. Sabía que no podía rescatar al hombre de sus recuerdos si primero no aseguraba el bienestar del tesoro más frágil y desatendido de Blackwood: la pequeña lady Diana.

A medida que ascendía, la atmósfera de abandono mutaba. Si el ala oeste olía a ceniza y resentimiento salvaje, el pasillo de la guardería olía a un vacío desgarrador. No había flores, no había juguetes tirados en el suelo, no había el murmullo dulce de las canciones de cuna que debían arrullar los primeros meses de una heredera. Era el silencio de un rincón del mundo que todos habían decidido olvidar por miedo a desatar las iras del señor de la casa.

De repente, un sonido rompió la quietud sepulcral del pasillo superior. Era un llanto. Pero no era el llanto fuerte y exigente de un bebé con hambre; era un quejido bajito, entrecortado, agudo por el cansancio y apagado por la más absoluta soledad. El sonido atravesó el pecho de Caitlyn como una aguja helada, activando un instinto protector que barrió con cualquier rastro de la fatiga del largo viaje.

Apresuró el paso, haciendo que sus botas de cuero fino golpearan con firmeza las losas de piedra, y empujó la puerta de la guardería.

El cuarto era inmenso, de techos altos y vigas de roble visto, pero resultaba desolador. Las ventanas orientadas al este estaban semicerradas con pesadas cortinas de lino gris que apenas dejaban pasar una luz mortecina y descolorida. En el centro de la habitación, sobre una alfombra de lana que acumulaba polvo en los bordes, se alzaba la cuna. Era una pieza de ebanistería colosal, tallada en madera fina de nogal con relieves de querubines y hojas de hiedra, un mueble digno de la dinastía Blackwood. Sin embargo, la madera lucía opaca, desprovista del brillo del aceite, y una de las mantas de seda blanca colgaba torcidamente hacia el suelo, descuidada por las sirvientas que hacían el trabajo a las apuradas antes de huir.

Caitlyn se acercó a la cuna con pasos suaves, conteniendo el aliento. Al asomarse al interior, su corazón dio un vuelco de pura ternura y dolor.

Allí dentro, hecha un pequeño ovillo entre sábanas de lino que le quedaban demasiado grandes, se encontraba la bebé de Alexander. Lady Diana tenía casi un año, pero su cuerpo era menudo y delicado. Vestía un ropón de batista blanca, pulcro pero arrugado, y sus pequeños puños estaban apretados contra su pecho. Tenía el cabello escaso, de un castaño finísimo que brillaba como la seda bajo la luz gris, y sus mejillas estaban coloradas y surcadas por el brillo de las lágrimas secas. En ese momento, sus ojos estaban cerrados mientras soltaba otro quejido lastimero, agotada de llorar en un cuarto donde nadie acudía a su llamado.

—Oh, mi pequeña... mi pobre angelito —susurró Caitlyn, y su voz, rica, redonda y cargada de una calidez vibrante, pareció encender una chispa de vida en la habitación.

Al escuchar aquel sonido desconocido y dulce, la bebé dejó de quejarse por un instante. Abrió los ojos despacio. Caitlyn ahogó un gemido. Los ojos de Diana eran de un azul grisáceo idéntico al de Alexander, pero desprovistos del dolor inyectado en sangre de su padre; eran dos ventanas limpias y curiosas que miraban el mundo con una inocencia desamparada. Pero también eran, tal como su abuela le había advertido, el vivo retrato de la difunta esposa de Alexander, la razón por la cual el hombre se negaba a subir esos escalones. Alexander no odiaba a la niña; odiaba el espejo de su propia culpa que la niña cargaba en la mirada.

Caitlyn no lo pensó dos veces. Se inclinó sobre la alta barandilla de nogal. Sus manos, largas y seguras, se deslizaron con una suavidad infinita bajo el pequeño cuerpo de la bebé, sosteniendo su cabecita y su espalda con una firmeza innata. Al levantarla, el contraste físico fue inmediato. Diana era ligera como una pluma de cisne; Caitlyn, en cambio, era la personificación de la abundancia, de la tierra fértil y del refugio.

Apegó a la niña directamente contra su pecho. El busto firme y pleno de Caitlyn, contenido bajo el vestido de lana verde oliva, sirvió como el primer colchón de seguridad que la pequeña había conocido en meses. Caitlyn se sentó en una mecedora de mimbre cercana y acomodó a la bebé en el regazo de sus amplias y seguras caderas. Las formas voluptuosas y redondeadas de su silueta curvy envolvieron a la criatura por completo, eliminando cualquier espacio para el frío o la soledad. Era una cobija de carne y hueso, un nido de calidez biológica que emanaba el perfume frutal y fresco que Caitlyn traía de los campos exteriores.

Al principio, Diana se tensó, desacostumbrada al contacto físico prolongado. Sus pequeños dedos rozaron la tela verde del vestido de Caitlyn hasta tropezar con el prendedor de plata en forma de mariposa. Los zafiros de la joya capturaron el hilo de luz de la ventana, destellando en un azul eléctrico. La bebé fijó su mirada en el brillo, y Caitlyn comenzó a mecerse con un ritmo pausado, constante y arrullador.

—Ya estás a salvo, mi vida —le canturreó de manera sumamente suave, acariciándole la espalda con la palma de la mano, sintiendo la respiración agitada de la niña que poco a poco comenzaba a ralentizarse—. Ya no estás sola en esta torre. El torbellino está aquí para cuidarte, y nadie, ni siquiera esa bestia testaruda de tu padre, va a dejarte en las sombras otra vez.

La calidez del cuerpo de Caitlyn actuó como un bálsamo milagroso. El calor que despedían sus curvas generosas penetró en los miembros rígidos de la bebé, que empezó a relajarse de manera nítida. Diana soltó un largo suspiro, un hipido final que marcó el fin de su tormenta infantil, y escondió su carita húmeda en el hueco del cuello de Caitlyn, buscando la suavidad de su piel tostada. Sus manitas se aferraron a la tela del vestido, justo al lado de la mariposa de plata, como si hubiera encontrado un ancla en medio del océano del abandono.

Caitlyn continuó meciéndola bajo la luz gris de la guardería, sintiendo cómo el pequeño corazón de la heredera Blackwood latía ahora en perfecta sincronía con el suyo. Una determinación nueva, más profunda que el amor romántico de su infancia, se asentó en las facciones de la hermosa mujer. No solo iba a salvar al príncipe de su reclusión; iba a obligarlo a subir esos escalones para que viera el milagro que sus sombras estaban intentando destruir.

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Nancy Monterrosa
me encanta una historia distinta de amor y reencuentro
Nancy Monterrosa
es hermoso una historia fuera de la linea de hipocresías de envidia de una mujer con otra
Massiel Aguirre
Excelente Bendiciones
Saysa
Hermosa!!!
Yessica Yanina Carrasco Curay
🥰 muy buena la historia y corta
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