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Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Status: Terminada
Genre:Vampiro / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 6: Un Regalo Inesperado

La luz pálida de la mañana se filtraba suavemente a través de las cortinas de encaje de la habitación, dibujando franjas doradas sobre las sábanas de lino. Elena parpadeó despacio, despegando los párpados con una sensación de pesadez en todo el cuerpo, como si hubiera emergido de las honduras de un océano de terciopelo.

Se quedó inmóvil unos segundos, mirando el techo de molduras de su departamento. Su primer pensamiento, rápido y punzante como una descarga estática, fue para él.

Alistair.

Se llevó la mano a los labios de instinto. Le escocían ligeramente; la carne se sentía extrañamente sensible, tibiecita y ligeramente hinchada. En la penumbra de su mente dormida, los recuerdos de la noche anterior se agolparon con una nitidez tan feroz que le cortaron la respiración. La terraza húmeda, el nicho de piedra, la sombra imponente del rey rodeándola y, sobre todo, ese beso... Un beso brutal, hambriento, desesperado, que había parecido devorarle el alma y hacerle arder la sangre en las venas.

—Fue un sueño —murmuró Elena para sí misma, apoyando los codos en la cama y pasándose las manos por el rostro—. Un sueño ridículo y descontrolado provocado por el estrés de la gala, la lluvia y el vino caro.

Se sentó en la cama, dejando que la masa revuelta de su cabello castaño cayera sobre sus hombros. Tenía que haber sido una fantasía. Los hombres como Lord Alistair Vance —aristócratas multimillonarios de belleza sobrehumana, ojos de fuego ámbar y una presencia que hacía temblar la realidad— no aparecían de la nada en un museo para acorralar a las conservadoras de arte en rincones oscuros y hacerlas perder la cordura con una sola caricia.

Sin embargo, al ponerse de pie y pisar el suelo de madera fría, Elena sintió un temblor lejano en la parte posterior de sus muslos. Su cuerpo recordaba. Su piel aún guardaba la huella helada de los dedos de Alistair apretando sus caderas con una devoción posesiva.

Se dirigió a la cocina a pasos lentos, con una bata de algodón envuelta alrededor de sus voluptuosas curvas, dispuesta a preparar una jarra de café negro que borrara los residuos de aquella locura nocturna.

Pero el destino, como Elena estaba a punto de aprender, no aceptaba que se le tratara como a un simple sueño.

La llamada de la realidad

Apenas el aroma del café comenzaba a inundar la pequeña cocina, el timbre de la puerta principal resonó en el departamento con tres toques limpios, firmes y espaciados de manera metódica.

Elena se congeló con la taza de cerámica a medio camino de sus labios. Miró el reloj de pared: eran apenas las ocho y quince de la mañana. Nadie la visitaba a esa hora, y menos un sábado por la mañana tras la gala del museo.

Frunció el ceño, ajustó el cinturón de su bata alrededor de su cintura definida y caminó hacia la entrada con paso cauteloso.

—¿Quién es? —preguntó pegando la mejilla a la madera de la puerta.

—Señorita Elena Rossi —respondió una voz masculina, sobria, madura y de una corrección impecable—. Tengo una entrega personal para usted. De parte de la casa Vance.

Al escuchar ese nombre, el corazón de Elena dio un vuelco salvaje dentro de sus costillas. Thump-thump. La sangre le subió a las mejillas en una ráfaga de calor abrasador.

Con las manos temblándole levemente, Elena descorrió el cerrojo y abrió la puerta.

De pie en el pasillo se encontraba un hombre de unos cincuenta años, de postura militar, vestida con un traje de livrea gris oscuro impecable. En sus manos enguantadas en tela blanca sostenía una caja grande de madera de nogal pulida, atada con una cinta de seda negra gruesa. A su lado, en el estrecho pasillo del edificio, aguardaban dos escoltas de traje oscuro que mantenían una distancia reverencial pero vigilante.

—Buenos días, señorita Rossi —dijo el hombre, inclinando la cabeza con un respeto absoluto—. Soy Marcus, representante personal de Lord Alistair Vance. Mi señor me ha encomendado la tarea de entregarle esto personalmente en sus manos.

Elena se quedó sin aliento, mirando la caja de madera que emanaba un aroma sutil pero inconfundible a madera de cedro, cuero caro y esa fragancia fresca de tormenta que pertenecía únicamente al hombre de la noche anterior.

—Yo... —Elena tragó saliva, esforzándose por recuperar la firmeza de su voz—. No puedo aceptar esto, señor Marcus. No conozco a Lord Vance lo suficiente como para recibir regalos de esta naturaleza.

Marcus esbozó una sonrisa diminuta, casi imperceptible, que no alcanzó sus ojos severos.

—Mi señor fue muy enfático en este punto, señorita. Me indicó que, si usted mostraba dotes de resistencia, le recordara que lo que hay dentro de esta caja no es un regalo de cortesía, sino una preparación necesaria para su encuentro de esta noche.

—¿Encuentro? —Elena abrió un poco más los ojos avellana—. Yo no he acordado ningún encuentro con él.

—Todo está explicado en el interior, señorita Rossi —dijo Marcus, dando un paso al frente y ofreciéndole la caja de nogal con ambas manos—. Con su permiso, nos retiramos. El carruaje privado de la casa Vance pasará por usted a las ocho en punto de la noche. Le sugiero que esté lista.

Antes de que Elena pudiera articular otra objeción o devolver el paquete, el hombre inclinó la cabeza nuevamente, se giró sobre sus talones junto a los dos escoltas y comenzó a bajar las escaleras con una rapidez silenciosa y perfecta.

Elena se quedó sola en el umbral de su puerta, sosteniendo el pesado cofre de nogal contra su pecho.

Seda, secretos y una promesa

Cerró la puerta con el pie, apoyando la espalda contra la madera mientras su respiración se volvía agitada. Llevó la caja hacia la mesa de centro de su sala de estar y la depositó con cuidado sobre la madera.

Le temblaban los dedos mientras desataba la cinta de seda negra. El nudo cedió con suavidad. Al levantar la pesada tapa de nogal, una bocanada de aroma a rosas oscuras y vainilla dulce inundó el departamento.

Dentro, envuelto en capas de papel de seda blanco, yacía una obra de arte.

Elena ahogó un suspiro, extendiendo la mano para tocar la tela. Era un vestido de alta costura confeccionado en seda líquida de color rojo borgoña, del tono exacto del vino antiguo o de la sangre concentrada bajo la luz del fuego. La textura era tan absurdamente suave que parecía deslizarse entre sus dedos como agua caliente.

Al desplegarlo con cuidado, Elena notó los detalles: el corte era una maestría de la sastrería tradicional. Tenía un escote drapeado en forma de v que realzaría la plenitud de su pecho sin caer en la vulgaridad; la cintura estaba ceñida con un corsé interno de ballenas flexibles diseñado para amoldarse a sus formas, y la falda caía en un peso fluido y majestuoso que prometía abrazar sus caderas anchas con una sensualidad desbordante.

No era un vestido comprado en un perchero de lujo. No había etiquetas ni marcas. Había sido cosido a mano, milímetro a milímetro, tomando en cuenta las medidas exactas de sus curvas exuberantes.

¿Cómo sabía mis medidas exactas?, pensó Elena, sintiendo que una corriente de escalofríos le recorría la columna. Recordó entonces la mano de Alistair anclada en su cadera la noche anterior, midiendo la carne y la curvatura de su cuerpo con la precisión de un artesano obsesionado.

Junto a la seda roja, en el fondo de la caja, reposaba una pequeña caja de terciopelo negro y un sobre de papel de hilo grueso, sellado con cera roja que llevaba estampado un blasón aristocrático: un cuervo sobre un escudo coronado.

Elena tomó el sobre y rompió el sello de cera. Dentro, una tarjeta manuscrita con una caligrafía inglesa elegante, firme y trazada con tinta negra decía:

"Elena:

Lo que sucedió anoche en la penumbra no fue un sueño. Tu piel recuerda mi toque tanto como mis labios recuerdan el sabor ardiente de tu boca.

No intentes huir de lo inevitable. He esperado veintidós años para tenerte frente a mí y no pienso permitir que la distancia del mundo común nos separe otra noche más.

Esta noche estás invitada a mi hogar, el Palacio de las Sombras. El vestido ha sido elaborado únicamente para honrar la hermosura de tus curvas, las cuales no han dejado de atormentar mis pensamientos desde que te dejé ir.

Usa la seda. Acepta el carruaje. Ven a mí.

A.V."

Elena leyó la nota tres veces consecutivas. Las palabras no solo eran una invitación; eran un mandato impregnado de una pasión oscura, posesiva y tan intensamente honesta que hizo que sus piernas flaquearan.

Abrió la caja de terciopelo negro. En su interior reposaba un gargantilla de plata envejecida, en cuyo centro engarzaba un rubí de corte lágrima, tan profundo y brillante que parecía albergar una chispa de fuego vivo en su interior.

La batalla interna

Durante las horas siguientes, el departamento de Elena se convirtió en un campo de batalla entre su razón y su deseo.

Su mente analítica de historiadora le gritaba que esto era una locura peligrosa. Un hombre al que apenas conocía, un magnate rodeado de misterio que vivía en un castillo fuera de los límites de la ciudad, la estaba citando en su terreno. Debería llamar al museo, debería buscar a Sofia, debería devolver las joyas y quedarse resguardada en la seguridad de su rutina.

Pero cuando Elena se miraba al espejo, no veía a una mujer asustada. Veía a una mujer cuyos ojos avellana brillaban con un fuego que nunca antes había estado allí.

Recordó la sensación de los brazos de Alistair sujetándola, el choque de su cuerpo firme contra el suyo, la devoción con la que él había admirado sus formas sin juzgarla ni intentar cambiarla. Recordó la frase de la nota: "He esperado veintidós años para tenerte frente a mí". ¿Qué significaba eso? ¿Por qué sentía que él la conocía de una forma más profunda que cualquier otra persona en el planeta?

A las siete de la tarde, la curiosidad y la pasión insaciable que el rey había encendido en sus venas ganaron la batalla.

Elena entró a la ducha, dejando que el agua caliente relajara sus músculos. Se aplicó crema perfumada en la piel, dedicando especial atención a sus muslos, su cintura y su cuello. Se maquilló con elegancia: un delineado suave que enmarcaba sus ojos y un labial borgoña que combinaba exactamente con la seda del vestido.

Cuando se deslizó dentro del vestido rojo, Elena dejó escapar un gemido ahogado de pura fascinación.

El vestido no solo le quedaba bien; se sentía como una segunda piel. La seda abrazaba la curva de sus caderas con una suavidad pecaminosa; el corsé interno estilizaba su cintura sin oprimirla, haciendo que su pecho resaltara con una plenitud majestuosa. La falda caía hasta el suelo, pero una apertura discreta en el lateral izquierdo dejaba ver su pierna con cada paso, logrando un equilibrio perfecto entre elegancia regia y una tentación ardiente.

Se colocó la gargantilla de plata. El rubí frío se posó justo sobre la fosa de su cuello, encima de la vena que Alistair había acariciado con sus labios la noche anterior.

Al mirarse en el espejo de cuerpo entero, Elena apenas se reconoció. Lucía como una reina de leyenda, una visión de fuego, curvas y sensualidad refinada que no le temía a las sombras.

A las ocho en punto, el sonido del timbre volvió a resonar en el departamento.

Elena tomó su bolso pequeño de mano, exhaló un suspiro profundo para calmar el ritmo desenfrenado de su corazón y caminó hacia la puerta.

El viaje hacia las sombras

Al salir del edificio, el coche privado que la aguardaba no era un automóvil común. Se trataba de un vehículo clásico de alta gama en color negro mate, con cristales tintados que impedían ver el interior. Marcus aguardaba junto a la puerta trasera abierta, sosteniendo un paraguas negro sobre la vereda.

—Señorita Rossi —dijo Marcus, inclinando la cabeza. Sus ojos masculinos mostraron una sombra de auténtico asombro al contemplar la visión de Elena en la seda borgoña—. Luce verdaderamente majestuosa. Mi señor estará sumamente complacido.

—Gracias, Marcus —respondió Elena, subiendo al vehículo.

El interior del automóvil era un santuario de lujo y opulencia: asientos de cuero negro cosidos a mano, luz tenue de color ámbar en el techo y el aroma característico de Alistair llenando el ambiente.

El vehículo arrancó en silencio, deslizándose por las calles iluminadas de la ciudad antes de tomar la autopista del norte. A medida que los minutos avanzaban, las luces urbanas comenzaron a desvanecerse, sustituidas por los contornos oscuros de los bosques de pinos y las colinas cubiertas por la niebla nocturna.

Elena miraba por la ventana, viendo cómo la civilización quedaba atrás. El viaje duró casi cuarenta minutos, adentrándose en un camino privado de adoquines que serpenteaba a través de una montaña tupida.

De pronto, los árboles se abrieron, revelando la silueta de la estructura.

Elena ahogó un suspiro y pegó la mano al cristal de la ventana.

Frente a ella se alzaba el Palacio de las Sombras.

Era una fortaleza gótica impresionante, construida en piedra oscura y mármol negro sobre la cumbre de un acantilado. Muros gigantescos, torres ojivales que tocaban las nubes de la tormenta y ventanales majestuosos iluminados desde el interior por el fuego cálido de decenas de chimeneas. La arquitectura combinaba la grandeza medieval con una elegancia aristocrática aterradora y bella a la vez.

El vehículo cruzó un portón de hierro forjado adornado con gárgolas esculpidas y se detuvo en el patio de honor frente a las escalinatas de mármol principal.

Dos sirvientes vestidos con trajes formales abrieron la puerta del coche inmediatamente.

Elena descendió del vehículo. El viento helado de la montaña agitó la falda de su vestido de seda borgoña y abrió la apertura de su pierna, pero el frío apenas pareció tocarla. La adrenalina y el calor de la expectación hacían arder su cuerpo desde el interior.

Subió las escalinatas de mármol con paso firme, el sonido de sus tacones resonando en la noche tranquila como el latido de un tambor.

Al llegar a las puertas gigantescas de roble del palacio, estas se abrieron de par en par hacia el interior sin que nadie las empujara visiblemente.

Elena dio un paso hacia el gran vestíbulo.

El interior del palacio era un espectáculo de riqueza y antigüedad: techos abovedados de quince metros de altura con frescos barrocos, lámparas de araña de cristal de murano que derramaban una luz dorada y cálida, alfombras persas en tonos carmesí y una gran chimenea de piedra donde arrollaban troncos de roble crujiendo con fuerza.

Y al final del vestíbulo, al pie de una escalinata doble de mármol negro que conducía a los niveles superiores, aguardaba él.

Alistair Vance no vestía el traje de etiqueta de la noche anterior. Llevaba una camisa de seda negra suelta en los puños y ligeramente abierta en el cuello, revelando la firmeza de su garganta y su pecho, junto con un pantalón de vestir oscuro que acentuaba la longitud de sus piernas y su porte majestuoso.

Estaba apoyado casualmente en el pasamanos de mármol, sosteniendo una copa de cristal.

Cuando la vio entrar, cuando la seda roja borgoña brilló bajo la luz de las arañas de cristal amoldándose a sus curvas exuberantes y el rubí destelló en su cuello, el rey vampiro se congeló.

Sus ojos ámbar se encendieron con una luz dorada tan salvaje, tan cargada de hambre, devoción y un deseo primitivo, que el aire del Gran Vestíbulo pareció subir diez grados de temperatura en un solo instante.

Alistair dejó la copa en la mesa lateral con una lentitud deliberada. Comenzó a descender los escalones de mármol hacia ella, paso a paso, sin quitarle los ojos de encima, pareciendo un dios antiguo que bajaba a reclamar a la única criatura capaz de hacerlo caer de rodillas.

Elena mantuvo la mirada en sus ojos de fuego, sintiendo que su corazón golpeaba su pecho con la fuerza de un volcán a punto de estallar.

El encuentro privado en el Palacio de las Sombras acababa de comenzar.

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karen S
Hasta yoo me perdi junto con ellos
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