Sinopsis:
A los trece años, Bianca D’Amico conoció el verdadero significado de la crueldad. El chico que era su protector y su norte, Andrew Ballesteros, la rechazó públicamente con palabras letales que destrozaron su autoestima, llamándola gorda e inmadura, antes de huir al extranjero. Andrew no solo la dejó atrás; la fragmentó en varios pedazos.
Seis años después, el heredero del imperio Ballesteros regresa a Nueva York. Convertido en un implacable y frío tiburón de los negocios, Andrew carga con las culpas de un oscuro secreto familiar y una obsesión fija en la mente: recuperar a su dulce y sumisa Bianca. Él asume, con la arrogancia corporativa de su apellido, que encontrará a la misma niña inocente que dejó en el pasillo de la mansión, lista para ser moldeada y reclamar su lugar en su vida.
Qué maldito error. La realidad lo golpea con una fuerza devastadora.
La niña indefensa murió la noche en que él la rompió.
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Capítulo 1: El peso de la sangre y las dagas de acero
A los diecisiete años, el orgullo de Andrew Ballesteros era tan alto como los rascacielos de Manhattan. Admiraba profundamente a su padre, Liam Ballesteros, el patriarca de la familia, y se sentía bendecido por pertenecer a un linaje impecable junto a su madre adoptiva Zoe D'amico y sus hermanos menores, los trillizos Matteo, Thiago y Alessia. Pero toda esa perfecta estructura se vino abajo en un maldito segundo, por culpa de una verdad, de la cual no debía enterarse jamás.
Buscando unos documentos en el despacho de su padre, Andrew encontró un informe confidencial archivado bajo llave. Al abrirlo, el mundo se rompió en mil pedazos. Nombres, registros policiales y una verdad devastadora: su madre biológica se llamaba Tiffany Olsen, era la autora intelectual del atentado, que casi le cuesta la vida a su padre años atrás.
—No... No, no, no... Esto no puede ser cierto. ¡Dios mío, no! —susurró Andrew, sintiendo que el aire se le congelaba en los pulmones mientras releía los papeles con desesperación.
El golpe fue letal. La sangre que corría por sus venas ya no era motivo de orgullo; era una maldición por ser hijo de Tiffany. Sintiéndose indigno de llevar el apellido Ballesteros, asqueado de su propio origen materno y carcomido por una culpa ajena, Andrew se encerró en un muro de frialdad absoluta. Decidió que la única forma de no contaminar a los suyos, era huyendo al extranjero. Olvidó el dolor de sus padres, ignoró a sus hermanos y decidió arrancar de raíz el único rincón limpio que le quedaba en el alma: su adorada prima Bianca. Para asegurarse de que ella no lo extrañara, decidió romperla. Tenía que ser tan cruel que ella lo odiara para siempre.
—¡Andrew! ¡Espera! —la voz de Bianca, que apenas tenía trece años, resonó en el pasillo de la mansión.
Andrew apretó los puños y se giró, abrazando por la cintura a una chica de la alta sociedad que había llevado a la casa a propósito, solo para usarla como escudo. Bianca, lidiando con las inseguridades propias de la pubertad, lo miró con los ojos llenos de lágrimas. Ella no entendía el repentino cambio de su primo.
—¿Te vas? ¿Por qué no me hablas? ¿Qué hice mal? —preguntó ella con la voz rota.
Andrew la miró de arriba abajo con una frialdad ensayada, clavando cada palabra como un puñal en el pecho de la niña.
—No tengo tiempo para tus caprichos de niña consentida, Bianca —soltó él, con deliberado desprecio—. Mírate. Estás gorda, tienes el pecho plano y solo eres una niñita de papi y mami. Me das lástima. Tengo una vida real afuera, con verdaderas mujeres, no con una chiquilla inmadura con sobrepeso, que tiene que adelgazar, si pretendes que alguien te mire.
Bianca dio un paso atrás, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones. El rechazo físico, la humillación de ver a la otra mujer sonriendo a su lado y la crueldad de Andrew, fragmentaron su corazón en mil pedazos. Andrew subió al auto y se marchó rumbo a coger un avión para Europa, convencido de que la estaba protegiendo de su oscuridad. Lo que no imaginaba era que, seis años después, regresaría esperando encontrar a la misma niña ingenua... sin saber que Bianca vendría a destruir cada una de las perfectas estructuras que él construyó.
Seis años después.
En la residencia D'Amico, la paz se había esfumado hacía mucho tiempo, pero esa mañana el caos era total.
—¡Te lo dije, Dominic! ¡Te lo repetí mil veces! —el grito de Sara resonó desde el baño principal, mientras salía sosteniendo tres pruebas de embarazo con un clarísimo signo positivo—. ¡Tenías que hacerte la vasectomía! ¡Te juro que la culpa es tuya por tus calenturas! ¡Tengo cuarenta y cinco años, por Dios!
Dominic D'Amico, a sus cuarenta y siete años, se rascó la nuca entre divertido y asustado, tratando de calmar a su esposa.
—Mi amor, asúmelo, vamos a ser padres otra vez. Un descuido lo tiene cualquiera...
—¡¿Un descuido a los cuarenta y cinco?! —Sara dijo con sarcasmo, indignada—. A esta edad yo debería estar pensando en nietos, cremas para las arrugas, no en cambiar pañales. Y encima, mira a Bianca. Esa niña me tiene al borde de un ataque. Dejó de sonreír el mismo día que Andrew se fue. Pasó de ser una niña dulce a una mujer completamente amargada. No sabemos con quién se junta, ni qué hace cuando sale. ¡Solo sabemos que estudia para ser chef y ya!
Dominic suspiró, compartiendo la preocupación de Sara. En el piso de abajo, ajena a la divertida discusión de sus padres sobre la vasectomía y el nuevo embarazo, Bianca entró a la casa dando un portazo.
A sus diecinueve años, la Bianca del pasado había desaparecido. Su cuerpo, antes blanco de burlas, ahora era un espectáculo de curvas firmes y trabajadas con obsesión en el gimnasio, vestida siempre con vaqueros negros ajustados, franelas holgadas y sus inseparables botas de combate. La madurez la había transformado en una mujer imponente, pero seria. Su tía Zoe era su único cable a tierra, la única en la que confiaba un poco, aunque Bianca ya no confiaba del todo en nadie de su familia. Tenía demasiados secretos ocultos.
Bianca sacó su teléfono y una notificación de prensa le congeló la sangre: “Andrew Ballesteros regresa a Nueva York tras seis años en Europa.
La foto de Andrew, ahora un hombre de veintitrés años, imponente, elegante y de mirada calculadora, observaba su foto desde la pantalla de su teléfono.
Bianca apretó el teléfono, sintiendo el rencor vivo en sus venas. Una sonrisa gélida se dibujó en sus labios.
—Crees que vas a encontrar a la niña que rompiste, Andrew —susurró para sí misma—. Pero te vas a topar con una pared.