Elisa Ramos, una brillante graduada en literatura, ve sus sueños destrozados una fatídica noche tras sufrir una brutal agresión en los suburbios que la deja atrapada en un mutismo selectivo severo. Justo cuando su humilde familia se enfrenta a la ruina y a una tragedia irreparable, en su vida irrumpe Liam Vance, un implacable y hermético CEO de la construcción. Lo que comienza como un frío acuerdo corporativo se transforma en un refugio inquebrantable cuando Liam la traslada a su mansión y se convierte en su "sombra pacífica". Mientras Elisa intenta recuperar su voz a través de las páginas de una libreta, Liam utiliza su inmenso poder para tejer una red de ingeniería legal y atrapar al culpable: Hugo Santoro, un heredero arrogante e intocable de la zona alta. Una historia magistral donde la sed de justicia y el amor más puro se unen para demostrar que los cimientos del corazón son indestructibles.
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CAPITULO 8. EL ECO DEL TRAZO
A la mañana siguiente, Liam subió a la habitación de invitados antes de marcharse a la oficina. Elisa dormía de lado, arropada hasta la barbilla. En la mesita de noche, el cuaderno de cuero permanecía cerrado, con el bolígrafo de gel descansando encima.
Liam se acercó con pasos felinos. Sabía que violar la intimidad de sus escritos era una línea peligrosa, pero la necesidad de saber si estaba bien o si necesitaba algo urgente lo empujó a abrir la libreta por la última página utilizada.
La caligrafía de Elisa era pequeña, temblorosa, muy distinta a la letra firme de los manuscritos que había rescatado de su casa. Solo había dos líneas escritas en mitad de la hoja en blanco:
«El silencio es el único lugar donde no hace frío. Gracias por traerme mis cuadernos».
Liam cerró el bloc con cuidado, sintiendo un vuelco en el estómago. No había detalles del ataque, ni mención a sus padres, pero era la primera comunicación real en meses. Dejó una nota impresa al lado: «Escribe todo lo que necesites. Nadie va a leerlo si tú no quieres. Liam». Sabía que mentirle sobre haber mirado la libreta no era lo ideal, pero prefería que se sintiera segura para seguir soltando el dolor a través de la tinta.
Dos horas más tarde, la mente de Liam tuvo que desconectarse a la fuerza del drama de la colina para regresar al frío mundo de los negocios. Vance Constructions estaba compitiendo por la licitación del nuevo puerto deportivo de la ciudad, un contrato millonario que requería una alianza estratégica con un fondo de inversión privado.
La reunión se celebró en el restaurante del club de golf más exclusivo de la zona alta. Liam llegó puntual, acompañado por su director financiero. Al entrar al reservado privado, su socio comercial, un hombre de negocios de mediana edad llamado Ernesto Santoro, lo recibió con un fuerte apretón de manos.
—Liam, qué gusto verte. El proyecto del puerto está casi en nuestras manos, pero antes de entrar en los detalles técnicos, quiero presentarte a alguien —dijo Santoro, señalando hacia los sofás de cuero del fondo—. Mi socio principal en el fondo de inversión ha querido que su hijo empiece a empaparse de los negocios familiares. Creo que tenéis edades similares.
De espaldas a la cristalera, un joven de pelo oscuro y complexión atlética se dio la vuelta mientras sostenía un vaso de whisky con hielos. Vestía un traje de sastre italiano impecable, pero su postura denotaba una soberbia y una desgana evidentes.
—Liam, este es Hugo —presentó Santoro con orgullo—. Hugo, este es Liam Vance, el director de la constructora de la que te hablé.
Liam avanzó y estrechó la mano del joven. La piel de Hugo estaba fría y su agarre fue breve, casi displicente.
—Un placer, Vance. Mi padre habla mucho de tu empresa —dijo Hugo, con una sonrisa ladeada y altiva que a Liam le produjo una instantánea e inexplicable sensación de rechazo.
—El placer es mío. Espero que podamos coordinar bien los presupuestos —respondió Liam, manteniendo su impecable máscara profesional.
Durante la hora que duró el almuerzo, Liam no pudo evitar observar los gestos de Hugo. El chico apenas prestaba atención a los gráficos financieros; se dedicaba a mirar el teléfono móvil, a contestar mensajes entre risitas y a tratar con una soberbia insoportable a los camareros que les servían la comida.
—Disculpad un segundo, tengo que atender una llamada del departamento de compras —dijo el director financiero de Liam, levantándose de la mesa.
Al quedarse solos, Hugo dejó el teléfono sobre la mesa y miró a Liam con un brillo de burla en los ojos.
—Oye, Vance, una curiosidad. Me han dicho que tu constructora ha comprado toda la manzana del viejo callejón de la calle Mayor para hacer el resort —comentó Hugo, dándole un trago a su bebida—. Menudo vertedero era aquello. El mes pasado estuve de fiesta por la zona con unos amigos y da bastante asco. Menos mal que vais a meter las excavadoras.
Liam sintió que el cuerpo se le tensaba por completo bajo el traje. La mención de la calle Mayor y el callejón encendió una alarma silenciosa en su cabeza. Miró fijamente a Hugo, registrando cada facción de su rostro: las cejas pobladas, la mandíbula cuadrada, los ojos oscuros y vacíos de empatía.
—Sí, la demolición empezó esta semana —respondió Liam, midiendo cada una de sus palabras con precisión quirúrgica—. Era una zona conflictiva. Hubo un altercado grave allí hace unas semanas, de hecho. La policía sigue investigando.
Hugo no pestañeó, pero Liam notó un levísimo y casi imperceptible temblor en la mano con la que sostenía el vaso. El joven heredero dejó el whisky sobre la mesa con un golpe seco.
—Ah, sí, algo escuché en las noticias. Gente de los suburbios metiéndose en líos, lo de siempre —soltó Hugo con desdén, restándole importancia con un gesto de la mano—. En fin, hablemos de los porcentajes del puerto deportivo, que es lo que de verdad deja dinero.
La reunión continuó, pero para Liam el ambiente se había vuelto asfixiante. Miraba a Hugo y, aunque no tenía pruebas físicas ni una descripción directa de Elisa, su intuición de negocios —esa que nunca le fallaba— le estaba gritando que aquel chico de familia rica ocultaba algo muy oscuro detrás de su fachada de trajes caros. Los dos mundos de Elisa acababan de colisionar en la mesa de un restaurante de lujo.