"CORAZÓN DE CRISTAL, ALMA DE FUEGO" es una historia de segundas oportunidades, de la lucha por el amor verdadero frente a la adversidad familiar y de cómo un alma ardiente puede derretir el más frío de los corazones. ¿Podrán Serena y Julián superar los obstáculos, sanar sus heridas y construir un futuro juntos, o los secretos de su pasado y la oposición de sus hijos destruirán el imperio que han construido con tanto esfuerzo? Adéntrate en un mundo de ambición, pasión y redención, donde solo el amor más puro puede salvarlos.
NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
VERDADES AMARGAS.
La salida de Ignacio de la torre corporativa fue un torbellino de rabia ciega. Montó en su vehículo y condujo a alta velocidad hasta el apartamento de su padre, convencido de que le llevaba noticias para resistir el «ataque» de Serena y Julián.
Sin embargo, al llegar y abrir la puerta con su propia llave, el panorama era desolador.
El elegante Penthouse de Guillermo estaba sumido en el desorden. Maletas a medio hacer ocupaban el centro de la sala y varias carpetas con documentos bancarios yacían esparcidas por el suelo.
Guillermo, con la camisa desabrochada y un vaso de whisky en la mano, hablaba por teléfono a gritos.
—¡Me importa un carajo la reserva! —exclamaba Guillermo con voz alterada—.
¡Necesito ese vuelo a Panamá para esta misma noche!
¡Utiliza la tarjeta internacional antes de que ordenen el bloqueo de fondos fuera del país!
Ignacio se quedó paralizado en el umbral.
—¿Papá? —alzó la voz el joven, atónito—. ¿Vuelo a Panamá? ¿De qué estás hablando?
Guillermo se giró bruscamente y colgó la llamada de golpe, visiblemente nervioso.
—Ignacio... ¿Qué haces aquí? Te dije que me esperaras en el club.
—Fui a la oficina de mi mamá —dijo Ignacio, dando un paso vacilante hacia la sala—. Me enfrenté a ella. Le exigí que retirara la demanda... me pelee con ella por ti, papá. Le dije que no la quería volver a ver en mi vida.
Guillermo soltó una carcajada amarga y corta, pasándose la mano por la cara con desesperación.
—¿Y de qué sirvió, muchacho? Tu madre es implacable.
¡Y el infeliz con el que anda no es ningún aparecido! Es el único heredero del imperio De la Vega. ¿Sabes lo que eso significa? ¡Nos van a meter a la cárcel!
—¿«Nos»? —repitió Ignacio, sintiendo un escalofrío helado recorrerle la espalda—. Papá... la demanda por difamación y fraude es contra ti. ¿Por qué dices «nos»?
Guillermo se acercó a la mesa, sirviéndose más alcohol sin mirar a su hijo a los ojos.
—Porque el documento con la información confidencial de la empresa que le entregué a la prensa... llevaba tu firma digital, Ignacio. Les dije a los periodistas que tú me la habías proporcionado como accionista para validar la nota.
El mundo de Ignacio se detuvo en seco. El aire se le congeló en la garganta.
—¿Tú... tú usaste mi acceso? —susurró el joven, con la voz quebrada por la incredulidad—. Me dijiste que solo querías revisar los números para aconsejarme. Me juraste que nos estabas protegiendo a Renata y a mí.
—¡Era la única forma de que la nota tuviera peso legal! —estalló Guillermo, perdiendo el control y tomándolo por los hombros con fuerza—. ¡Abre los ojos, Ignacio! Si la policía me detiene, tú también vas a estar salpicado. Por eso tienes que venir conmigo. Tengo un dinero guardado en una cuenta diferida a tu nombre.
Nos vamos esta noche.
Ignacio miró las manos de su padre sobre sus hombros. Por primera vez en su vida, la venda del engaño cayó por completo. No vio al padre abnegado y víctima de una mujer fría; vio a un hombre cobarde, manipulador y resentido, dispuesto a arrastrar a su propio hijo al abismo con tal de salvar su propia piel.
—No me estabas defendiendo —dijo Ignacio, soltándose del agarre de su padre con asco—.
Me estabas usando de escudo para que mi mamá no se atreviera a atacarte a ti.
—¡No seas imbécil! ¡Hice lo que tenía que hacer! —gritó Guillermo—. Si te quedas, tu madre te va a meter a la cárcel para darle una lección a todos.
—Mi mamá jamás me haría daño —respondió Ignacio, y las lágrimas de vergüenza y dolor finalmente brotaron de sus ojos—. La persona que me destruyó fuiste tú.
Sin escuchar los gritos de su padre, Ignacio dio media vuelta y corrió fuera del apartamento, dejando atrás las maletas, el alcohol y la mentira en la que había vivido atrapado durante años.
Mientras tanto, en la residencia Montemayor, la noche caía en un silencio sepulcral.
Serena estaba sentada en el gran salón, mirando hacia la chimenea apagada. A su lado, Julián le sostenía la mano, brindándole una presencia silenciosa y firme. Renata y sus abuelos, Aurelio y Eleonora, permanecían en el espacio, unidos en la preocupación.
De pronto, la puerta principal de la mansión se abrió.
Ignacio entró lentamente.
Tenía la ropa desordenada, la mirada perdida y el rostro bañado en lágrimas. Al ver a su familia reunida, sus pasos se detuvieron en el vestíbulo.
Renata se puso de pie de inmediato, pero fue Serena quien se levantó primero. A pesar del dolor y de los duros insultos que había recibido horas atrás en su despacho, la "Dama de Hielo" desapareció por completo para dar paso únicamente a la madre.
Ignacio miró a Serena y se le dobló las rodillas, cayendo de hincadas sobre el suelo de mármol.
—Mamá... —sollozó el joven, cubriéndose el rostro con las manos—. Perdóname... Por favor, perdóname... Tenías razón. Él me usó... usó mi firma para el fraude... se iba a ir del país y me dejó solo.
Un jadeo de consternación recorrió el salón. Renata se llevó las manos a la boca, mientras Aurelio apretaba los puños con rabia.
Serena caminó a pasos rápidos hacia su hijo, se arrodilló a su lado en el suelo y lo envolvió en un abrazo apretado y protector. Ignacio se aferró a los hombros de su madre como un niño pequeño, llorando desconsoladamente por la traición del hombre en quien más había confiado.
—Ya pasó, mi amor —murmuró Serena con voz suave, acariciándole la cabeza mientras sus propias lágrimas caían—. Ya estás en casa.
Julián observaba la escena desde la distancia, con una mirada profunda y comprensiva. Sacó su teléfono móvil con total discreción y envió un mensaje de texto rápido a su equipo legal:
«Cancelen la inclusión de Ignacio Fonseca en los cargos de la demanda. Centren el peso legal de inmediato sobre Guillermo Fonseca antes de que intente salir del país esta noche. Asegúrense de que no tenga escapatoria.»
Julián guardó el teléfono y miró a Serena, quien levantó la vista hacia él en medio del abrazo con su hijo. En la mirada de ella no había más que un agradecimiento infinito y la certeza absoluta de que, al fin, había encontrado al hombre correcto.